Un nueva entrevista
El mozo les llevo, sorprendido, el pedido de las jóvenes. Dos tequilas dobles.
-¿Eso te contó Boris? – Preguntó Ayumi luego de un trago a su bebida.
- Si celosa. Me dijo que le prestara atención a las cosas que los demás pasan por alto. Es una calle céntrica, la mayoría de la gente esta de paso y los vecinos viven demasiado acostumbrados al “centro” y se mueven con la misma vertiginosidad como para notarlo.
- ¿Por qué te lo dijo a vos?
- Estas hinchapelotas ¿He? – Replicó de buen humor y bebió un trago - ¿Lo ves a Boris moviéndose de día o llamándote por celular?
- No.
-¿Entonces? Esta noche vamos a hacer algo mejor que estar mirando desde acá.
- ¿Qué...? ¿Entrar...? ¿Con que excusa?
- Con ninguna. No vamos a entrar. Vamos a hablar con uno de los inquilinos de la casa pero eso solo lo podemos hacer a la noche, bien tarde.
- Estas loca. Estamos locas.
- Ajá. Señal de que me vas a acompañar. ¿Vamos a cenar? Tengo hambre.
- ¿Pero que tenés nena , “la lombriz” que no paras de comer? ¿No estarás embarazada, no?
- No sé... Preguntale a Boris...
- ¡Pelotuda!
- ¡Ja, ja, ja, ja... Vamos a buscar un bodegón que quiero comer fideos con tuco.
- Que estúpida... ¿Por qué no haces esos chistes delante de Boris?
- Ay... Cortala.
- Que idiota...
- Basta...
- Idiota...
- No podes dejar que la última palabra la tenga la otra persona ¿no?
- Imbécil...
- Anda...
Ayumi permaneció mascullando largo rato maldiciones y otras yerbas ante el cada ves más creciente buen humor de Aiko.
Caminaron por Bartolomé Mitre hasta Callao y luego tomaron Sarmiento hasta casi la esquina de Montevideo en donde Aiko cambió la idea de los fideos por la de una pizza y optaron por el Paseo la Plaza.
El tequila le había abierto el apetito a una Ayumi más calmada, y comió gustosa dos porciones de una “chica” de jamón y morrones mientras que Aiko daba alegre cuenta de casi todo el resto.
Luego caminaron un poco por Corrientes mientras fumaban un cigarrillo, cosa que raramente hacían. Para ellas fumar no era un habito, mucho menos un vicio. Pero las veces que bebían un poco más de la cuenta disfrutaban uno o dos. En este caso Ayumi ufanamente hubiera deleitado un poco más de licor de cualquier tipo. No por el frío reinante, ni por la lluvia que amenazaba con recomenzar en cualquier momento, ni para sentirse más alegre, ni para fumarse un paquete entero de cigarrillos... La cosa era que tenía un poco de miedo sin saber muy bien por que. Pero su olfato nunca le fallaba, sabía que algo estaba por ocurrir esa noche. Algo como para que Boris le dijera que fuese armada. Algo a lo que no sabía si estaba dispuesta a soportar o a temer... Tocó disimuladamente la culata de su arma que descansaba en la parte posterior de su cintura justo por debajo del brazo de Aiko para buscar un poco de remota tranquilidad.
- Sigue ahí, no te preocupes no va a ir a ningún lado solita – pareció leerle la mente su amiga – Y además no la vas a necesitar. No si lo que dijo Boris es verdad.
Si, pero Boris también me dijo que venga armada...
-¿Vos tenés tu cañón encima como siempre?
- Si mi vida. Cerquita de mi tetita izquierda, calentito y dispuesto.
Ayumi ignoró la broma de doble sentido y solo rescató el hecho que su amiga también llevaba su arma. Aiko era una tiradora excelente (además de cinturón negro de karate) cualquiera que se metiera con ella se metía en un enorme problema inversamente proporcional a su menudo cuerpo.
Caminaron por la Avenida Corrientes deteniéndose en cada librería. Aiko revolvía los volúmenes con total despreocupación y cada tanto se detenía para ojear alguno; en cambio Ayumi miraba para todos lados constantemente como una ladrona a punto de cometer una fechoría.
Un tanto embarazada de su propia actitud Ayumi se decidió a concentrarse en los libros para desatascar su cabeza de los lóbregos pensamientos que la atiborraban. En un momento un libro en particular le despertó su curiosidad. Su atención se dirigió por completo a el: “Paroles” de Jaques Prevert. Lo había visto asomado en el morral de Boris pero nunca preguntó nada sobre él.
Una noche que caminaban por la Av. Costanera Rafael Obligado cerca del Club de Pescadores por propia iniciativa él le habló del libro.
Lo hizo porque a Boris le llamó su interés un banco en el cual había un anciano sentado, este miraba el piso y estaba completamente inmóvil. Era una bella noche de verano. Las olas del Río de la Plata golpeaban rítmicamente las paredes del malecón. Las parejas caminaban abrazadas y los grupos de jóvenes reían y jugaban entre ellos vestidos con típicas ropas livianas de estío. El anciano en cambio vestía con un largo y andrajoso sobretodo negro, era el único que se lo veía tan abrigado. Bueno... Salvo Boris que siempre vestía de la misma manera, invierno o verano.
- Le desespoir est assis sur un banc – exclamó con un perfecto acento francés que Ayumi reconoció en el acto.
- Le vieillard bleme? Preguntó a su ves Ayumi, con un acento igual de perfecto.
- ¿Humm...? Oh, perdón... Es que me acorde de un poema de Jaques Prevert: Le desespoir est assis sur un banc...
- Decime como es.
- Largo y aburrido...
- No, dale...
Boris se detuvo lentamente y miro hacía la oscura bóveda de cielo en donde río y firmamento se fundían en una sola línea. Al cabo de unos segundos comenzó a recitar en francés, con un acento que hubiera convencido a cualquier parisino y una vos tan bellamente articulada que no parecía suya.
<En una plaza en un banco
Hay un hombre que nos llama cuando pasamos por allí
Lleva gafas y un viejo traje gris
Fuma un pucho y está sentado
Y nos llama cuando pasamos por allí
O simplemente hace señas
No hay que mirarlo
No hay que oírlo
Hay que pasar de largo
Hacer de cuenta que no se lo ve
Que no se lo oye
Hay que pasar de largo y apretar el paso
Si se lo mira
Si se lo escucha
Hace señas y nadie puede evitar que vayamos a sentarnos a su lado
Entonces nos mira y sonríe
Y sufrimos atrozmente
Y el hombre continua sonriendo
Y sonreímos con la misma sonrisa
Exactamente
Cuanto más sonreímos más sufrimos
Atrozmente
Cuanto más sufrimos más sonreímos
Irremediablemente
Y nos quedamos allí
Sentados tiesos
Sonrientes en el banco
Los niños juegan alrededor de nosotros
Los paseantes pasan
Tranquilamente
Los pájaros vuelan
Dejando un árbol por otro
Y nos quedamos allí
En el banco
Y sabemos que nunca más jugaremos
Como esos niños
Sabemos que nunca más pasaremos
Tranquilamente
Como esos paseantes
Que ya nunca más volaremos
Dejando un árbol por otro
Como esos pájaros.> *
* Traducido del francés( n. del a.)
Luego Boris se dio vuelta y miró por un largo momento al anciano y solo exclamó un lacónico “vamos”. Ayumi tardó en seguirlo, se quedó pensando en el poema y mirando al anciano. Revolvió en su pequeña cartera con la forma de Pokemón buscando algunas monedas y preguntándose si el anciano las aceptaría o se ofendería por su actitud. Pero al levantar la vista el viejo estaba silenciosamente de pie delante de ella, a escasos centímetros de su cara. Le sonreía con una sonrisa sin labios, permitiendo ver las encías negras y los escasos dientes podridos. Los ojos casi sin párpados la miraban fijamente. Era el rostro de una calavera, de un cadáver. De todo su cuerpo desprendía un hedor insoportable a humedad y defecación.
Ayumi paralizada por el terror lo miraba encogida extendiendo lo único que encontró en su cartera, un arrugado billete de cinco pesos.
- ¿Podrías arreglar mi linterna Miriam...? Donde voy es muy oscuro y créeme que me haría falta una... Tal ves Santiago te dé algo... La voz del viejo sonaba como si gotas de agua helada cayeran sobre una superficie muy caliente y asentía con la cabeza una y otra ves mientras un ruido bajo y profundo similar a un gorgoteo se escapaba de su estomago...
- Lo... ún-único que tengo es esto... – Tartamudeo Ayumi extendiéndole el dinero hecho un bollo.
Los ojos descarnados bajaron lentamente hacia la mano de Ayumi y luego volvieron a subir con la misma lentitud hacia sus ojos. Su sonrisa se ensancho un poco más, abrió la boca y una roja lengua larga y puntiaguda se asomó por unos segundos. Luego sus ojos se detuvieron mirando algo por detrás de Ayumi y un velo de rencor nublo su mirada confiriéndole al fin algo de humanidad. ¿Qué había visto detrás de ella? Giró rápidamente, más por pánico que curiosidad, pero solo se encontró con Boris que miraba serenamente al anciano. Una oleada de aire fresco la invadió trayéndole el inconfundible aroma del río. Volvió a voltear pero el viejo, como si jamás se hubiese movido de allí, ya se hallaba sentado nuevamente en su banco.
Se abrazó instintivamente a Boris.
- ¿Qué fue eso? – Casi grito con la vos quebrada.
- Solo un viejo – Dijo quedamente Boris y Ayumi supo que mentía por primera vez... Pero no la última.
Desde el banco, el viejo levantó lánguidamente la cabeza y la miró. Ayumi abrazada a Boris comenzó a caminar alejándose del lugar. Cuando volteó al cabo de unos minutos pudo ver que el viejo continuaba mirándola. A pesar que solo pudo ver sus ojos flotando en la noche, como dos lunas ambarinas.
Lanzó un grito que resonó en toda la librería provocando que algunos clientes levantaran la vista sorprendidos. Aiko le había estado hablando y ella concentrada en sus recuerdos no le contestaba por lo cual su amiga decidió pellizcarle la nalga derecha. El chillido provocó un incontenible ataque de carcajadas en Aiko que mientras se desternillaba de la risa la arrastraba hacia fuera del local ante la mirada simpática de todos los clientes.
- Pará demente que quiero comprar este libro.
- Bueno – exclamó Aiko mientras se limpiaba las lágrimas del rostro – Te espero afuera.
“Hoy la mato a esta yegua” Pensó con tirria mientras abonaba el libro a una joven cajera.