Una charla realmente a solas
- Le sugiero que se coloque esas cositas con las que escuchan música.
- ¿Se refiere a esto? –Ayumi le mostró unos minúsculos auriculares.
- Correcto. Pero no los conecte. Así podrá escucharme y la gente no pensará que está tan loca cuando me conteste o quiera preguntar algo.
“¿Tan loca?” Pensó. Pero a esta altura de los acontecimientos Ayumi hacía caso a casi todo lo que Jerónimo Sebastián le decía.
Caminando por la avenida Rivadavia le llevó tres cuadras comprobar que nadie notaba la presencia del poeta. Incluso paró a un policía y le preguntó una dirección que ya conocía y le pidió por lo bajo que la ayudara ya que pensaba que la venían siguiendo. El oficial la miró con unos serenos ojos celestes y luego observo por encima del hombro derecho de Ayumi y le espetó: “Si alguien la seguía ya no lo está haciendo” Ayumi giró y vió como JS se había sentado sobre el capot de un auto estacionado y tomaba notas en un cuaderno de tapas marrones, al notar que lo miraba saludo alegremente volviéndose a quitar su sombrero imaginario. Ayumi le agradeció al policía y cruzó la avenida viendo que el oficial la seguía con la mirada durante unos instantes y luego volvía a su ronda habitual.
Convencida se sentó en el Mac Donald de Uriburu y Rivadavia, se pidió una hamburguesa con queso y una coca y por puro reflejo se le escapo un “vos querés algo” que maldijo inmediatamente al saber que la cajera la miraba atónita y mientras JS le contestaba que “No gracias” la cajera le decía lo mismo en un perfecto dueto bizarramente sincronizado.
Se sentó en una mesa apartada en el piso superior y mientras fingía comer hablaba con su fantasmal amigo.
Jerónimo Sebastián Griballdi era un poeta advenedizo de comienzo del siglo veinte. En el año 1902 se enamoró de Doña Florencia Maria De Marquez y Terra que no era más que una chiquilla de dieciséis años que, ya estaba prometida a Elindo Marquez y Terra, un exportador de cueros vírgenes y pieles. Comerciante de circunspecta pero abundante fortuna. La joven no podía, según las leyes tácitas de los códigos morales de la época, darle su amor al poeta para el resto de la eternidad, pero si podía, digamos, prestárselo un ratito de tanto en tanto. Naturalmente los amantes comenzaron sus aventuras con precaución, pero el amor o la desidia hizo que cada vez más a menudo flaquearan las normas de seguridad.
Los encuentros emprendieron con sendas lecturas de poemas desde el balcón, luego en el living, finalmente en la alcoba y por último la lectura fue suplida por la practica de otras artes, la situación duró unos meses hasta que finalmente don Elindo los sorprendió en plena faena amorosa.
Elino Marquez y Terra era un hombre bueno según la leyenda y un perezoso
de primera según Jerónimo Sebastián, para cualquiera de los dos casos en lugar de lavar la afrenta con sangre solo se limitó a pedirles a los amantes que se despidieran y se largó a vivir a Europa con su amada mujercita dejando a JS solo y con un montón de poemas que leerle y más aún de ejercicios amatorios sin practicar.
Sin saber como reaccionar JS amenazó con matarse, pero esto no impresionó en lo absoluto a don Elindo y por cierto tampoco sobrecogió a doña Florencia que se hallaba ampliamente entusiasmada ante la posibilidad de conocer París la ciudad luz.
Por ende JS se suicido sin modificar mucho la vida social del Buenos Aires del momento, ni la de Doña Florencia Maria De Marquez y Terra que esa misma tarde embarco rumbo a Europa.
Inspirado en viejos relatos de “muertes blancas” JS se cortó las venas en el jardín del frente de la casa de Doña Florencia, sin tener la precaución de comprobar si la dueña de casa se hallaba habitándola aún.
De nada valieron los baladros de dolor emitidos por la angustiada garganta del poeta clamando por su amada. Cuando casi perdíó la conciencia por completo comprobó que su cortejada había emigrado en el día.
Por sus pocas fuerzas no pudo ni traspasar el portón de calle y entre convulsiones falleció en silencio.
Abrió los ojos y comprobó que las cosas no habían cambiado mucho, salvo que su cuerpo se hallaba tirado en un inmenso charco de sangre, se sentó atónito a observar mientras su cerebro le indicaba que finalmente había enloquecido de amor o de cualquier otra cosa y lo que estaba ocurriendo era solo jugarretas de su azolado cerebro.
Pero Siguiendo los procesos predecibles, es decir: la vecina que descubrió el cadáver y dio aviso a la policía, estos llegando al lugar, el carro con los enfermeros y el medico que dio constancia de su muerte, los sirvientes lavando todo y nuevamente la normalidad.
Todo ante un boquiabierto Jerónimo Sebastián que por fin comprendía que su existencia se había transformado en una no-entelequia.
Luego la historia es aún más sencilla. Decidido a purgar su amor durante toda la eternidad pasó un tiempo sentado en las escalinatas llorando y pensando en su amada, al menos hasta que descubrió que existían otros seres como él y su curiosidad como escritor pudo más que su alma de poeta dedicada a un amor frustrado y comenzó a deambular por donde se le permitía, que no era mucho, solo las tierras originales que pertenecían al oneroso Elindo que por otra parte decidió vender todo y radicarse en Francia.
Ayumi lo miraba con los ojos redondos como platos y obligándose a mirar hacia otro lado cada tanto y a mover la cabeza como si escuchase música. Pero por momentos se quedaba embelesada mirando a su “amigo” fantasmal y sin poder centrarse.
Desde que lo conocía a Boris que las cosas sobrenaturales se habían vuelto habituales, pero ya desde sus orígenes, su pueblo era muy creyente de esas cosas – Acusados de supersticiosos – pensó con ironía – Donde quedaran ahora las risas occidentales si les dijera que estaba en Mc Donald placidamente charlando con un fantasma.
-Así que antes de que lo pregunte joven niña: Si. Acaecen otros fantasmas – La sacó de sus cavilaciones Jerónimo Sebastián- Conozco a la “Joya que Ríe” y también puedo responderle si Dios existe o no. ¿Qué desea saber puntualmente?
- ¿Qué...? – Una azorada Ayumi miraba, para el espectador foráneo, la vacía silla enfrente suyo, con la boca semiabierta que contenía un pedazo de hamburguesa a medio masticar. Un cuadro no del todo encantador.
JS la miró por unos momentos con una clara mirada inquisitiva en los ojos, ambos permanecieron así por unos largos minutos. Finalmente elevando los ojos al cielo JS dejó escapar un suspiro, se cruzo de piernas y acomodando los volados de su camisa que asomaban por debajo de la manga de sus saco exclamó de forma afectada.
- Mi querida joven. En lo que a mi refiere, ya estoy muerto hace muchos años y por lo visto serán mucho más los que tendré que afrontar antes que mi situación se defina. Pero usted, pequeña niña, parece ser uno de esos seres conocidos como mortales y creo realmente que apreciaría saber que su tiempo, por más subjetivo que le parezca, es limitado. Y si me dice que es lo que desea saber, tanto usted como yo, podremos volver a nuestros asuntos. Y no es que no disfrute de su compañía, pero es por su tiempo que hago la aclaración.
- ¡Oh, por Dios! – Ayumi se apresuró a mascar el pedazo de comida que se hallaba en su boca con la velocidad de un ratón y casi antes de tragar preguntó -¿Existe la Joya que Ríe?
- ¡Por cierto que si! – Retomó con entusiasmo Jeremías – La “joya” posee la fascinante condición de devolver la vida a los muertos y si convenimos que a la mayoría que les sorprende la parca no desean abandonar aún el mundo mortal, su valor se vuelve mucho más gravoso todavía.
- ¿Cómo funciona?
- No estoy completamente seguro – Jeremías se rascó la barbilla soñadoramente y luego con un gesto teatral de socarronería agregó: “Pero si le puedo asegurar algo mi nipona amiga... Solo los muertos la pueden usar...”
-No me imagino a una persona viva pidiéndole a la joya que le dé vida... –comentó Ayumi con una mira vidriosa.
- Oh, no me refería a eso mi bella oriental. Solo los muertos la pueden usar por que... Si tocas la joya... Te mueres...
Ayumi caminó deambulando por las calles desiertas de Congreso tratando de acomodar sus ideas.
La charla con su primer fantasma la había dejado agotada y no de decidía volver a su casa aún. Tenía mil preguntas en su mente y no sabría como contarle algo a Aiko o que preguntarle a Boris si lo encontraba.
Jeremías le contó lo suficiente para saber como funcionaba la “Joya que Ríe” y donde encontrarla.
Aparentemente su origen era Egipcio pero sospechaba que era mucho más antigua aún.
Talismán perenne en el cuello de “Anubis”, el dios chacal. Era una ofrenda entregada por “Osiris” el dios de los muertos. Pero las hadas de las artes negras dicen que en realidad “Anubis” se lo robó a “Osiris” y que por eso la “guerra de las pirámides” terminaron con la existencia de los Faraones sobre la tierra y su capacidad de revivir, al romper la divina trinidad de “Osiris”, “Isis” y “Horus” cuando este hallo el equivalente a la muerte para un inmortal en mano de “Anubis”
Luego la joya fue robada una y otra ves, no por su valor monetario que ya de por si era abrumador sino por la incondicional fortuna de volver a la vida a los muertos.
Según escuchó Jeremías la conversación de los muertos “La Joya que Ríe” tenia el tamaño de una pequeña moneda con un orificio en el medio, que al levantarla al cielo al comenzar el ceremonial de inmortalidad, el viento que pasaba por su centro provocaba un sonido similar a la risa de pequeños niños.
“Si deseas encontrar la Joya, la puedes buscar tu misma Ayumi” – le dijo con una sonrisa magnánima Jeremías – “Pues no está lejos... En Recoleta. En el cementerio.
Algo se movió en la oscuridad detrás suyo.
Andá armada... La vos de Boris se deslizó por su mente como la lengua ansiosa de un gato.
Apretó el paso hacia la iluminada avenida cuando sintió el brazo enorme y fuerte cerrarse alrededor de su cuello.
No pudo ver a su atacante, la sujetaba con una ímpetu titánico dominándola por completo. Tal era su poderío que le costaba respirar. Ayumi pataleaba, daba codazos, y trataba de escabullirse de ese abrazo mortal, pero no lograba nada en absoluto salvo perder rápidamente su fuerzas. Pequeños puntos azules comenzaron a danzar frente a su ojos y comprendió que si no se desprendía de su agresor pronto moriría.
Los sonidos de la avenida comenzaron a volverse más distantes y apagados, respirar no le pareció de repente tan importante y de alguna forma oscura comprendió que estaba perdiendo la batalla. Entonces escucho, o creyo escuchar, con total claridad la voz de Boris gritando : ¡Ayumi, el arma, ahora!
Y con las pocas fuerzas que le quedaban pudo tomar la “Bersa” de la parte posterior de su cintura, la apoyo sobre el grueso antebrazo que parecía una tenaz boa alrededor de su cuello y disparó.
Un alarido semejante al de un ave prehistórica sonó en la noche como un enorme vidrio estrellándose contra el pavimento, la presión cesó de inmediato y Ayumi cayó de rodillas semidesvanecida, respirando a grandes bocanadas sintiendo como el aire que le entraba a los pulmones le quemaba la garganta como leche caliente.
Cuando tubo fuerzas suficientes para ponerse de pie y mirar su atacante había desaparecido sin dejar el menor rastro.
Asustada, se limpio las lagrimas del rostro y miro hacia la bóveda nocturna. Las nubes de tormenta comenzaban a cernirse nuevamente en una amenaza de lluvia torrencial que se desató de forma implacable y cruel. Entre las oscuras nubes, una forma pavorosa se alejaba volando silenciosamente.
Llegó a su departamento en un profundo estado de extenuación, abrió la puerta y la imagen que vió la hizo paralizarse en el acto.
Aiko completamente desnuda fornicaba con un ser indescriptible, mezcla de ser extraterrestre se las revistas “pulp” de los años 50 y humanoide. Cerro los ojos y sacudió la cabeza conciente de que sus ojos la habían engañado. Pudo sentir la exclamación de sorpresa de Aiko y el sonido de sus movimientos presurosos buscando su ropa.
- No... No pensé que ibas a llegar tan rápido... ¿Estas bien? – Preguntó acaloradamente Aiko mientras trataba de vestirse apresuradamente pero solo logrando enredarse más con la ropa.
- ¿Con quien estás? – Ayumi se dirigió directamente al mueble en el cual guardaba la botella de sake y se sirvió una generosa ración en un vaso de plástico que encontró y consideró medianamente limpio.
- Ah... una amiga... No pensé que ibas a venir tan rápido... Estaba preocupada...
- ¡Se nota!- Los ojos de Ayumis despedían chispas - ¿No podías irte a coger a tu casa...? Estoy cansada quisiera acostarme...
La cara de Aiko se nubló de pena pero no contesto. La interrumpió la aparición de la bellísima y misteriosa mujer que la habían interceptado en la calle.
Esta caminó desnuda hasta la parte de la mesada que oficiaba muchas veces de bar o de comedor diario y sin mediar palabra tomó la botella de sake y comenzó a beber directamente del envase.
Ayumi la observo con atención borrando de su mente la imagen anterior, de extraterrestre no tenia nada. Era la mujer más hermosa que había visto en su vida.
-No importa... _ Contestó Ayumi, furiosa sin entender muy bien por que,
pero supuso que muy intrínsecamente estaba celosa.
- No juzgues a tu amiga con tanta dureza – Exclamó repentinamente la extraña – Te ama más de lo que te imaginás... – caminó lentamente hasta una azorada Ayumi la tomó con firmeza pero con dulzura de los cabellos y la obligo a levantar el rostro para poder besarla con intensidad.
El beso fue prolongado y absolutamente delicioso. Ni aún Boris la había besado de esa forma, dejándola mareada y a punto de perder el equilibrio.
Ayumi no supo cuanto tiempo estuvo con los ojos cerrados pero pensó que no había sido más que unos segundos pero indudablemente fue más de lo que imaginó ya que la extraña estaba completamente vestida y a punto de marcharse.
La bella mujer volvió a beber un largo trago de la botella de licor y se la extendió a Ayumi sin decir palabra, esta la tomó y se abrazo al vidrio como para rescatar un poco del calor perdido por la falta de continuidad de el beso anterior.
La mujer miró a Aiko que le devolvió la mirada y sintió con la cabeza. Tomó las llaves y bajó a abrirle la puerta de calle a la extraña.
La mujer antes de irse, solo le dirigió un mirar evaluativo y tórrido a Ayumi y un guiño de ojos, un tanto obsceno a modo de despedida.
Pensando que había tenido demasiado por una noche Ayumi solo de dejó caer boca abajo en su cama.
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