viernes, 17 de agosto de 2007

Capítulo3

Charlas, Comida y Sexo

- ¿Aiko duerme?

- Como un bebe - ¿Querés té o sake?

- Los dos. Pero dejá... Yo los preparo.

Boris se puso de pie con su acostumbrada dificultad pero silencioso como un gato, miró de reojo a Ayumi que estaba cubierta por la cobija del simpático, aunque un tanto inexpresivo gatito blanco de “Hello Kitty”. Ella le sonrío y se sentó con las piernas recogidas y apoyo su mentón sobre las rodillas. Él se colocó el pantalón. Del bolsillo trasero asomaba el mango de un puñal antiguo, caminó apoyándose suavemente en las paredes.

La habitación de Ayumi, en la cual descansaba Aiko, tenía la puerta entreabierta, se la podía ver durmiendo boca abajo. Las cobijas se habían deslizado de lado y permitían ver la espalda y parte de su bien contorneado trasero desnudo. Boris la miró por unos instantes y luego desvió la mirada hacia Ayumi que le indico con un gesto que guardara silencio. Siempre como una sombra Boris se deslizó hasta el lado de Aiko y levanto los cobertores dejando un poco más al descubierto las nalgas de su amiga. Ayumi se desasía en gestos intentando persuadirlo de que se alejara, pero la tentación de risa mutaba los movimientos a los de un malabarista de circo. Boris, sonriendo, acarició las cachas de la jovencita que se movió en sueños. Ayumi, fingiendo enojo, le arrojo un conejo de peluche con pasmosa puntería golpeando de lleno la cabeza de Boris, rebotando y cayendo directamente sobre su amiga. Con formidables reflejos Boris lo tomó a centímetros de que el muñeco tocara la piel de la jovencita.

Extendiendo el pulgar en señal de aprobación Ayumi movió varias veces la cabeza asintiendo. Boris formo un circulo con el pulgar y el índice y guiño un ojo como muestra de entendimiento y luego, igualmente, dejó caer el juguete sobre las posaderas de Aiko que no se inmutó.

Ayumi tuvo que taparse la boca con las dos manos para no reír a carcajadas.

Cuando el té estuvo listo lo colocó al lado de la botella de sake y se sentaron en el piso con las piernas cruzadas, permitiendo que el aroma de la infusión los envolviera durante unos instantes. Un observador ajeno hubiese creído que la pareja se hallaba en un profundo trance de meditación.

Finalmente fue Boris el que rompió el silencio.

- Es peligroso... –

- Lo sé...

- No. No creo que sepas que tan peligroso.

- ¿Que sabes de esto?

Boris inspiró profundamente, contuvo el aire por un momento y luego lo soltó con un inaudible silbido. Bebió en silencio un sorbo de su té y luego un largo, larguísimo trago de zake. Miró con los ojos turbios a Ayumi en un gesto de interrogación. Ella se limitó a tomarle una de sus manos, beso su palma y luego se la froto con energía e hilaridad incitándolo a hablar. Con una sonrisa triste Boris se rindió y comenzó a hablar.

- ¿Por empezar que sabes de esta leyenda?

- Bien... Que es... Un, una... un...

- Bien. No sabes nada.

- No. Nada.

- No es una persona. No es una entidad, no es un monstruo, ni una enfermedad venérea... Se trata de una joya.

- Y... si... Me imaginé... – Boris le dirigió una mirada gélida, y agregó rápidamente como para salir del paso- ¿Tanto lío por una joya?

- Revive a los muertos.

- Ah...

Un ruido bajo procedente del cuarto de Ayumi los interrumpió. Aiko se quejaba en sueños.

- ¿Qué aspecto tiene esa joya?

- Nadie lo sabe, siempre esta dentro de una pequeña bolsa de terciopelo azul.

- ¿Y entonces...? ¿Cómo se sabe que es una joya? ¿Quién la vió? Si es que alguien la vió alguna ves... Por que alguien la vió alguna ves ¿No?

- Si. Los muertos que resucitaron...

- ¿Conoces alguno?- Pregunto en tono de sorna Ayumi, pero la sonrisa se le desdibujo de la cara al ver el rostro taciturno de Boris.

-El tema es por que el señor Ishikawa tiene interés en esa leyenda...- replico Boris evadiendo la pregunta.

- Tal ves tenga que resucitar a algún muerto. Eso si la leyenda es verdad... ¿La leyenda es verdadera Boris?

Boris la miró seriamente. Algo negro y pegajoso se debatía en el interior de sus ojos cavilando antes de dar una respuesta. Cuando abrió la boca para contestar una voz soñolienta lo interrumpió.

-Tengo hambre – Dijo Aiko, solo vestida con unas medias de red hasta la cintura y un revolver Colt, calibre 357, se frotaba los ojos con pereza.

Kenzo Ishikawa, caminaba por el cuarto como en un trance ceremonial, vestido con un kimono rojo sangre, toco una de las molduras de acero del sótano de su descomunal mansión. La puerta trampa dejó a la vista un complejo sistema de cerraduras electrónicas. Escáner óptico, escáner digital más una serie de nueve dígitos de números y letras. Luego de accionarlos todos una puerta se deslizó soltando un silbido de aire, permitiéndole el paso a un ascensor que lo llevaría cuarenta metros debajo de la casa con suma velocidad.

Cuando las puertas volvieron a silbar le brindó acceso a la enorme sala, fría y solitaria. Una tenue luz azul alumbraba el único objeto de la vasta habitación.

Ishikawa permaneció unos instantes mirando directamente al frente sin bajar la vista al elemento que descansaba sobre una aséptica mesa de acero inoxidable.

Finalmente deslizó los ojos lentamente hacia abajo e inmediatamente se le llenaron de lagrimas...

Lagrimas que se estrellaron como pequeñas granadas sobre la superficie del ataúd.

Aiko, en la misma sartén, aprovechando la grasita de la panceta que había freído hacia unos instantes, agregaba carne picada y la sazonaba con sal, pimienta y ajo. Incorporó la cebolla y rehogó un rato moviendo la sartén con asombrosa habilidad. La imagen de Aiko cocinando casi desnuda en donde por momentos para alcanzar algunos de los ingredientes abría las puertas de las alacenas inferiores con los pies o acuclillándose con rapidez para tomar alguno de los elementos o poniéndose de puntillas para alcanzar los estantes más altos permitiendo que de esa manera se le viera el trasero atrapado en esas medias de red era a la ves ágil y sensual.

- ¿Como puede tener hambre? Son las tres de la mañana – Exclamo fingiendo fastidio Ayumi cuando en realidad era más una mezcla de admiración e incredulidad.

- Tal ves se trate de un desayuno prematuro – Exclamó Boris en vos baja.

Ambos cambiaron una mirada de entendimiento y escondieron sus sonrisas. Sabían muy bien lo que la amiga de ambos deseaba.

Aiko añadió una cucharadita de aceite de oliva a los huevos con panceta y a las zanahorias y se siguió rehogando un rato más, incorporo el jengibre y se dio vuelta contenta con una cuchara de madera en la mano embadurnada de la preparación...

- Ya va a estar list... – Pero la frase le quedó colgada de los labios al ver que Ayumi y Boris hacían el amor sobre la manta de “Hello Kitty”. Aiko se sonrió, bajó el fuego de la preparación y se quitó las medias para unirse al acto de los amantes.

Lo que más le gustaba en la vida a Aiko era cocinar y hacer el amor con sus mejores amigos.

Ayumi se despertó abrazada a Aiko. Como siempre Boris había desaparecido.

Una nota enrollada en la brevísima bombachita de lycra que había usado ayer, como era acostumbrado según el extraño sentido del humor de Boris decía lo siguiente.

“Buscá La Casa Embrujada... En Riobamba 144, entre Bartolomé Mitre y Perón. Andá armada

Andá armada...

Bueno, La cosa es grave. Boris no se alarmaba muy fácilmente que digamos como para mandarla a armarse para hacer una investigación.

Se sentó frente a su tocador y busco la caja de zapatos que contenía una pequeña caja azul industrial con combinación de seguridad. Tecleó los cuatro números y extrajo una pequeña pistola calibre cuarenta de acero inoxidable con cachas de nácar. A diferencia de Aiko que prefería las armas grandes como esa 357 que la acompañaba a todos lados, ella estaba enamorada de su “Bersa”, una arma nacional que superaba ampliamente a las importadas. Las cachas de nácar las había tallado especialmente Boris agregándole sus iniciales.

Tomó una ducha y revisó su cajón de ropa interior; tomó un conjunto verde limón, se colocó unos jeans muy ajustados, zapatillas, una musculosa y un suéter amarillo. Miró por la ventana y comprobó que la lluvia había amainado pero no cesado, eso la decidió por una campera resistente al agua con capucha.

Se colocó la mochila de “Pucca” con las cosas que inseparablemente la acompañaban a todos lados y su celular. Colocó el arma en la parte posterior de su espalda y la cubrió con el suéter.

- ¿Qué hora es? – La vos adormecida de Aiko la detuvo antes de salir.

- Las 10 de la mañana. El café hay que hacerlo.

- ¿Vos no desayunas?

- Mi amor... Comimos “chau mien” a las cinco de la mañana...

- Ah... Cierto... ¿Quedó...? – Preguntó mientras se frotaba la parte de atrás del cuello y giraba la cabeza para ver que le aguijoneaba en ese sitio – Boris me dejó un flor de chupón.

- Con una sonrisa Ayumi exclamó a forma de despedida – Boris no fue... Fuí yo – y cerró la puerta.

Tal como presintió la lluvia comenzaba y se detenía con la misma pericia durante todo el día. Pasó unas tres veces frente a la casa que le había indicado Boris pero nada en ella logró llamarle la atención salvo por que parecía anacrónica en ese lugar rodeada de edificios de departamentos.

Una casa en impecable estado de comienzo de siglo. Una entrada principal a la cual se llegaba por una escalera de mármol. A la derecha de la misma una pequeña entrada de garaje con grandes ventanas de cortinados blancos y postigos verdes. Toda la casa estaba cercada por una verja que terminaba en puntas de lanzas curvas y una gigantesca palmera inclinada que daba sombra a todo el frente de la casa. Si no estuviese tan cuidada parecería espectral, pero era obvio que estaba habitada por la gente que entraba y salía del lugar.

Afortunadamente en la esquina frontal había un bar desde el cual podía vigilarla perfectamente sin llamar la atención. Entró se pidió un té y sacó un libro de historietas de Masakazu Katsura.

Al mediodía sabía que no podía pasar más tiempo solo con un té, además el lugar se estaba llenando de gente que ingresaba a almorzar, la mayoría oficinistas que le dedicaban una mirada apreciativa. Llamó al mozo y le pidió el menú. Aparentemente el joven decidió que la sola mención del menú implicaba que Ayumi iba a almorzar ya que además colocó un pequeño mantel de papel, una cestita con pan, una copa, cubiertos y servilletas. Ayumi selecciono lo único que pensó que su estomago podría aceptar luego del temprano banquete de Aiko y se pidió un file de merluza a la romana con puré y una Coca.

Cuando el movimiento de comensales se fue diluyendo afortunadamente ya eran las tres de la tarde y eso le permitió tener un registro bastante claro del movimiento de la casa.

Aparentemente funcionaba una especie de institución, ignoraba de que, pero parecía algo legal, normal, al menos en apariencia.

Cuando llamó al mozo por tercera o cuarta ves en el día este pareció aliviado de escuchar que le trajera la cuenta.

Fastidiosa salió a la calle y el frió polar le corto brevemente el aliento. No camino más de media cuadra cuando una lluvia de grandes gotas heladas se desató con furia.

Perfecto.

¿Celos?

- ¿Qué hacías con Boris?

- ¿Qué te pasa nena? ¿Estás celosa?

- Mmnoo... –

¿Celosa de Aiko? No, jamás... No eran celos. Era otra cosa. Como un escozor que daba bronca y placer a la ves. ¿Por que su mejor amiga tenia que estar con su amante a sus espaldas? Pero si en más de una ocasión los dejo a solas en su departamento con toda intención ya que le había dejado especificas instrucciones a Aiko de encontrarla haciendo el amor con Boris por que le fascinaba la idea de “llegar” y verlos a los dos en su cama y desvestirse lentamente mientras se servia un sake, prendía un sahumerio y se sentaba un momento a observarlos a la par que sentía el licor caldear su cuerpo y la excitación caldear su mente. Y luego, finalmente, sumarse a ellos con un placer superlativo, libre de prejuicios, dominado solo por el goce en un éxtasis de cariño y placer. Sabia que Aiko sería capaz de cortarse una mano antes de hacerle daño y Boris... Bueno, Boris era la cosa más impredecible del planeta y por supuesto eso lo hacia especial. Lo que sentía era puramente perversa diversión. Le encantaba su fastidio y le encantaba sentir esos celos infantiles.

-Ahora, prestame atención. Mirá la casa con detenimiento.

- Estoy mirando – Resopló Ayumi.

Solu una hora antes y sin saber que hacer, Ayumi caminó unos minutos por la vereda de enfrente a la mansión bajo una incipiente pero taladrante lluvia, luego volvió a su casa y se chocó en la puerta con Aiko a la ves que sonaba su celular. La llamada era de Aiko que al verla comenzó a reírse mientras cortaba. Se dirigía a toda velocidad precisamente a encontrarla y la estaba llamando por teléfono.

La dos jóvenes volvieron al bar frente a la casa “embrujada” ya pasada la tarde y empezando a caer la noche. El mozo la reconoció y le sonrió con cara de entendimiento y se atrevió a formular sus pensamientos en vos alta “Encontraste a tu amiga... Pobre, hoy te estuvo esperando un montón” Las dos chicas sonrieron con cortesía pero no hicieron comentario alguno y tomaron asiento en el mismo lugar que Ayumi ocupara durante el día.

- Fijate bien y decime que notás – Exclamó Aiko llevándose una papa frita cubierta en ketchup que el mozo les había alcanzado junto con un tostado que pidió Ayumi.

- Que ahora no hay gente entrando y saliendo – Dijo Ayumi con la boca llena.

- Bien, Sherlock – Si es una oficina seguramente deja de atender a las cinco o seis de la tarde como mucho y ahora son las siete... –

- Si... ¿Y...? – Ayumi se servia Coca-cola en un vaso con fingida indiferencia. Odiaba cuando Aiko se ponía en “maestrita”.

- Mirá bien. No estas mirando.

- ¿Qué tengo que ver...?

- Mirá esa hoja de papel, ese envoltorio de alfajor, creo...

- Si, lo veo ¿Qué tiene? -

- ¿Para donde lo lleva el viento? -

- Ehh... Para el lado de la avenida, supongo...

- Correcto. Ahora mirá las hojas de la palmera...

Acomodar sus ojos de la luz de la calle y el tráfico a la oscuridad reinante en la copa del árbol le llevo unos segundos pero cuando lo logro, un delgado escalofrío, como una gota de cristal liquido le recorrió lentamente la columna vertebral de Ayumi desde la base del cuello hasta sus nalgas. Se extendió por su espalda como un tentáculo espeluznante que la rodeo y se detuvo en sus mejillas provocándole un fuerte rubor.

-Inquietante... ¿No es verdad? – Aiko se llevó otra papa frita a la boca. Sonreía pero sus ojos estaban fríos como un témpano.

Las hojas de la palmera se movían frenéticamente en sentido contrario al viento.

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