En Casa
Solo vestida con su ropa interior, miraba pensativa por la ventana tratando de poner en orden sus pensamientos. Sobre la pequeña mesa de la sala
descansaban como un extraño abanico los papeles que la secretaria del señor Ishikawa le había entregado...
“La joya que Rie...”
Algo raspaba suavemente la puerta de su departamento, se acerco despacio y miró por la mirilla.
Aiko.
Abrió sin tomarse la molestia de cubrirse, después de todo solo se trataba de
Aiko. Una bocanada de aire gélido la envolvió como una lengua húmeda, Aiko fingió vergüenza al verla semidesnuda luego la beso suavemente en los labios.
- Aún seguís con ese habito – Dijo Ayumi mientras deslindaba en Aiko la responsabilidad de cerrar la puerta.
- ¿Cuál habito? – Exclamo alegremente Aiko mientras cerraba con llave y colocaba los tres seguros.
- El de besarme en la boca en publico.
- No había nadie en el corredor.
-Pero podría haber habido.
- Eso tendrías que haberlo pensado antes de abrir la puerta desnuda, Cherry -contestó Aiko fingiendo estar distraída.
- No estoy desnuda – dijo con mal humor mientras se colocaba con movimientos bruscos una vieja camiseta – Y no me llames Cherry... “Daisy”.
- No me molesta que me llames Daisy. ¿Preparo el té?
- Si, por favor – La batalla estaba completamente perdida. En realidad a ninguna de las dos le molestaba sus apodos de niñas. Pero no sabían muy bien como irritarse mutuamente y esos motes eran lo único que tenían para sacarse cada tanto chispas y luego arreglarlo entre arrumacos en la cama. Pero no esta noche. Esta noche tenia que pensar en...
-Te llevo a cenar, vestite.
-¿No es un poco tarde?
-Ya sabes como dice el viejo refrán... “Nunca es tarde...” – Aiko no completo la frase por que tomó su celular y sus tarjetas de crédito y comenzó a llamar para comprobar cual tenía más solvencia. Eso decidiría a que lugar irían a comer.
-Voy a tomar una ducha antes de salir – Dijo Ayumi resignada.
En el cuarto de baño abrió ambos grifos para que el agua saliera prácticamente hirviendo. Se colocó debajo de la lluvia sintiendo como su piel respiraba excitada. Con los ojos cerrados no pudo evitar una sonrisa cuando sintió que la mampara de la bañera se deslizaba y luego los labios de Aiko comenzaron recorrerle la húmeda espalda.
En casa, de nuevo.
El trueno la despertó sin temor. Abrió los ojos y la oscuridad fosforescente de su habitación le devolvió la imagen de la inconfundible silueta enrollada de Aiko durmiendo.
Su amiga de la infancia era capaz de las hazañas más impactantes en la cama pero a la hora de dormirse lo hacía como cuando era una niña.
Luego de ir a cenar al “Cervantes” casi en la esquina de Perón y Callao, en donde siempre compartían un solo plato por lo poco que ambas comían y lo enorme de las porciones del restaurante, caminaron lentamente tomadas del brazo hasta el departamento de Ayumi, se quitaron mutuamente las ropas y se acostaron juntas en la cama en medio de un abrazo intenso y cálido.
Hubo un intento de beligerancia amorosa pero las dos se hallaban muy cansadas a esa hora de la noche como para pasar a algo mayor que unos besos y unas caricias más simbólicas que otra cosa; y luego como una pareja de ancianos amantes, sin intercambiar una palabra, ambas se durmieron cada una en los brazos de la otra.
Aiko y Ayumi crecieron juntas por ser la únicas familias japonesas que vivían cerca una de la otra en el barrio de San Telmo. Fue Aiko quien le enseño a besar a los ocho años y fue Aiko quien la ayudo cuando Ayumi decidió perder su virginidad a los trece. En la casa de Román, un apuesto jugador de básquet del Club Comunicaciones. Aiko ofició de centinela casi toda la noche cuidando de que nadie ingrese al cuarto de Román durante la fiesta de fin de curso. Luego la ayudo a llegar a su casa y la atendió. Ayumi sentía la vulva irritada y a punto de estallar. Román había tratado de ser cariñoso pero su torpeza denotaba también su virginidad y con su metro noventa y enorme pene no solo la desvirgo sino que además la lastimó. Ayumi no se sentía ni asustada ni le tomó aversión al sexo. Solo decidió que su próximo amante sería alguno de contextura más normal.
-Después dicen que el tamaño no es importante – Dijo con un breve gesto de dolor Ayumi.
- ¿Sabés que diferencia hay entre lástima y lastima? -preguntó Aiko.
- ¿El acento?
-No. El tamaño - bromeó Aiko colocando una nueva compresa entre las piernas de Ayumi y acostándose a su lado.
Al día siguiente las despertó la madre de Aiko diciéndoles que se levanten que pronto estaría la comida.
- Dejame ver como está eso – Murmuro una soñolienta Aiko y retiró la
compresa con extrema suavidad. La proximidad del rostro de su mejor
amiga en su entrepierna inquietaba a Ayumi y la excitaba a la vez, y deseaba de una manera nebulosa que su amiga le hiciera algo. Así permanecieron por lo que pareció una eternidad pero Ayumi sabía que la demora no se debía a que en su vagina hubiese algo malo ya que no le dolía más, sino que algo estaba por pasar. De manera que, cuando sintió la lengua de su amiga deslizarse por sus labios vaginales, se relajo agradecida y arqueo la espalda para que pudiera lamerla con mayor comodidad.
El beso que vino después fue más un pacto que una reacción sexual. Fue ea estipulación que por más hombres que hayan en su vidas serían amigas para siempre.
Unidas por ese amor que los hombres jamás podrán entender y que las mujeres ambicionan en secreto pero que no podrían reconocer así su vida dependiese de eso.
El segundo llamado de la madre las interrumpió. Se vistieron apresuradamente y bajaron entre risas cómplices que no eran novedad para la familia de ninguna de ellas.
Aiko se encargo de provocarla durante todo el almuerzo. La tocaba con el pie desnudo por debajo de la mesa. Comía con la boca abierta mostrándole como la comida se enroscaba con su lengua golosa o fingía colocarle la servilleta en el regazo y aprovechaba para tocarle la vulva. Ayumi se sentía mareada y sin apetito pero extremadamente feliz y cómoda. Sentía una inmensa necesidad de estar a solas con Aiko, una gigantesca curiosidad por el cuerpo de su amiga y de buscar las formas de satisfacerla como seguramente ella lo haría. Cuando la madre anunció que toda la familia saldría a dar un paseo asintieron con tranquilidad y casi al unísono esgrimieron sendas excusas para quedarse. La familia de Aiko que nunca sospecharían nada quedaron conformes y dejaron solas a las dos muchachas que se encerraron en el cuarto de Aiko toda la tarde.
Se sentaron de rodillas frente a frente, completamente desnudas y como las niñas que eran se exploraron una a la otra como jinetes en un campo nuevo, maravilladas por su propia curiosidad y plenas de gusto. Se amaron hasta entradas las primeras sombras de la noche. Brindándose una seguridad excepcional y cautivadora que las acompañaría el resto de sus vidas.
Incluso cuando compartieron amantes, incluso muchas, mujeres, lo de ellas no tenia igual.
Un nuevo relámpago y un ensordecedor trueno la trajo a la realidad. Ayumi cubrió a su compañera un poco más con la frazada sabiendo lo friolenta que era y sin hacer ruido se levantó. Tomó un cubrecama hecho de retazos embadurnado con las caritas de “Hello Kitty” y fue hasta la cocina a beber té y un poco de sake.
Los papeles del caso de “La Joya que Rie” le llamaron la atención y le arrebataron la calidez de sus pensamientos anteriores.
Boris
La distancia entre uno y otro de sus atacantes era la adecuada. Saltó y en el aire disparó ambas piernas en distintas direcciones sintiendo como la dentadura de uno y la quijada de otro se pulverizaban con el contacto de la suela de sus botas.
Aterrizo de pie mientras sus agresores aún de pie también miraban confundidos la nada, tal había sido la velocidad del contraataque que no reaccionarían hasta que sus terminales nerviosas les envió las señales inequívocas de dolor.
Sus dos atacantes cayeron de rodillas, inconscientes mucho antes de tocar el piso, otros seis agresores más bajaron apresuradamente de la larga camioneta negra que largaba un breve penacho de humo de su caño de escape. Lo rodearon rápidamente y pudo percibir que algunos llevaban armas orientales.
Tomó su bastón y lo hizo girar como aspas a una velocidad increíble. Dos de los primeros atacantes se le abalanzaron con grandes dagas con ondulantes hojas “kriss”. Fue como chocar contra un ventilador industrial. Las armas salieron volando clavándose profundamente en los pechos de otros dos bandidos que anonadados dejaron caer sus armas de fuego.
Finalmente los dos restantes atacaron al unísono, lo que provoco que sacara de adentro del bastón la fina hoja de acero toledano cortando el cuello hasta la mitad del primero y cegando de ambos ojos al segundo.
Volvió a guardar la espada dentro del bastón y de un salto trepó sobre el techo de la camioneta, rompió de un golpe el vidrio del tragaluz y sacó a su dos ocupantes. Al chofer simplemente lo arrojo a unos metros y atrajo al aterrorizado acompañante a uno centímetros de su cara.
-Por... Por favor... Boris “san”... ¡No me mate! – No... me... mat...
La mano de Boris se introdujo dentro de la boca del asustado joven oriental con la velocidad del rayo y sostuvo la lengua de este con la firmeza de una tenaza.
- No voy a matarte joven amigo – Exclamó Boris con voz fría – Pero decile a Adalberto que si vuelve a mandar a sus chicos para asustarme voy a ir a buscarlo... Y que deje trabajar a los supermercados de la zona en paz – El joven demasiado aterrado para contestar se limitó a asentir con la cabeza mientras sentía que la orina se le escapaba en los pantalones.
Boris lo soltó. Saltó a la calle y se alejo caminando con su acostumbrada dificultad. Una lluvia tenaz comenzó repentinamente ocultando la silueta del hombre de sombrero de alas anchas.
Boris llegó a su departamento en San Telmo. Llamarlo departamento era un tanto ambiguo ya que era el último piso de un abandonado edificio de oficinas. Al entrar la sensación general era la ingresar a una rara combinación de laboratorio antiguo con museo de arte. Con sus techos altísimos, los muros descarnados, las ventanas como ojos vacíos e infinidad de habitaciones que conformaban un laberinto de corredores y puertas, que en sus profundidades provocaban un estremecimiento sobrecogedor. Fantaseando imágenes espectrales.
En el salón central, cuyo rasgo dominante parecía ser su excesiva antigüedad y gran desolación producida por el tiempo, diminutos hongos se extendían por todo el techo, en algunos casos colgados del alero en una fina y intrincada tela de araña. Pero esto no tenía que ver con ninguna forma de destrucción. No se había caído ninguna parte de la mampostería, y parecía haber una extraña incongruencia entre la perfecta colocación de las partes y la disgregación de cada una de las obras de arte. Recordaba la aparente integridad de viejas maderas que se han podrido durante largos años en una cripta olvidada, sin que intervenga el soplo exterior. Aparte de este indicio de ruina general, la estructura daba pocas señales de inestabilidad. Quizá el ojo de un observador atento hubiera descubierto una fisura apenas perceptible, que, extendiéndose desde el techo a lo largo de la pared, cruzaba el muro en zigzag hasta perderse en las tenebrosas sombras de los rincones. Boris se quitó el impermeable y el sombrero, fue hasta una vieja heladera “Siam” y sacó una jarra de té de jengibre y vodka helado que bebió directamente de la jarra de vidrio tallado. En una subasta de antigüedades a ese recipiente lo habrían valuado en mil quinientos dólares. Claro que era el menor de los inestimables tesoros antiguos que lo rodeaban. Las obras de arte existían en el cuarto desde tiempos inmemoriales, por una peculiar sensibilidad de temperamento expresada, a lo largo de muchos años, en muchas y elevadas concepciones artísticas y, últimamente, manifestada en reiteradas obras de belleza muy generosas, aunque discretas, así como en una apasionada devoción a las preciosidades ortodoxas y fácilmente reconocibles. Las paredes se hallaban tapizadas de majestuosas alfombras persas distribuidas por los muros grises confiriéndole a la estancia un místico vapor, opaco, pesado, apenas perceptible, de color rojizo. Un Rafael, El Cardenal, (el original, no el que descansaba en el Museo del Prado en Madrid), adornaba una de sus gigantescas paredes, custodiado por dos armaduras del medioevo. Una apoyada sobre un escudo, la otra sobre una espada.
La luz amarillenta y acuosa daba un tono sepia a todo el ámbito, como una foto vieja. Un fonógrafo que era en realidad un pasa discos moderno descansaba en una mesilla de roble. Boris se acerco a el y puso un disco. Los artesonados de los techos, los sombríos tapices de las paredes, los suelos de negro ébano y los fantasmagóricos trofeos heráldicos que rechinaban al pasar el viento entre ellos se acallaron para oír la inconfundible vos de Charles Aznavour cantando “Jezebel” que cautivadoramente inundo dulcemente el aire.
En el fondo de la habitación un gigantesco sofá cubría de lado a lado la pared custodiada por dos grandes ventanales con aspecto de catedral. Las altas ventanas, estrechas y puntiagudas, quedaban a tanta distancia del suelo de negro roble, que eran completamente inaccesibles desde el interior. Débiles rayos de luz de luna, teñida de carmesí, atravesaban los cristales enrejados y servían para distinguir suficientemente los principales objetos alrededor; y luchaban en vano para alcanzar los rincones más apartados de la cámara o los huecos del techo abovedado y ornado con relieves. Oscuros tapices cubrían las paredes. El mobiliario era profuso, incómodo, anticuado y destartalado. Había muchos libros e instrumentos aparentemente médicos en desorden, que le conseguían dar una extraña vida a la escena. Se respiraba una atmósfera onírica. Un aire de melancolía lo envolvía y lo penetraba todo.
Tomó asiento justo en el centro del mismo y así se mantuvo inmóvil por dos horas.
Un relámpago ilumino sus ojos azules volviéndolos plateados.
Ya había perdido la noción del tiempo que estaba sentada mirando la nada. La calidez del sake y del te que había ingerido se habían disipado. Ayumi miró durante largo rato las hojas no decidiéndose a tocarlas. Sabia, o al menos creía saber, de que se trataba.
“La Joya que Rie...” Un titulo simpático para nombrar una de las leyendas más extrañas y más complejas del Japón. Es decir: que tubo su origen en Japón pero se combino en la Argentina con leyendas locales. Así pasó un tiempo más pero no podría decir cuanto.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
- Boris – Musito quedamente - ¿Dónde estas...? – Una mano se depositó con suavidad sobre su hombro. En otra oportunidad hubiera gritado aterrada pero sabía que era la mano de Boris.
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