viernes, 24 de agosto de 2007

Capítulo4

Un nueva entrevista

El mozo les llevo, sorprendido, el pedido de las jóvenes. Dos tequilas dobles.

-¿Eso te contó Boris? – Preguntó Ayumi luego de un trago a su bebida.

- Si celosa. Me dijo que le prestara atención a las cosas que los demás pasan por alto. Es una calle céntrica, la mayoría de la gente esta de paso y los vecinos viven demasiado acostumbrados al “centro” y se mueven con la misma vertiginosidad como para notarlo.

- ¿Por qué te lo dijo a vos?

- Estas hinchapelotas ¿He? – Replicó de buen humor y bebió un trago - ¿Lo ves a Boris moviéndose de día o llamándote por celular?

- No.

-¿Entonces? Esta noche vamos a hacer algo mejor que estar mirando desde acá.

- ¿Qué...? ¿Entrar...? ¿Con que excusa?

- Con ninguna. No vamos a entrar. Vamos a hablar con uno de los inquilinos de la casa pero eso solo lo podemos hacer a la noche, bien tarde.

- Estas loca. Estamos locas.

- Ajá. Señal de que me vas a acompañar. ¿Vamos a cenar? Tengo hambre.

- ¿Pero que tenés nena , “la lombriz” que no paras de comer? ¿No estarás embarazada, no?

- No sé... Preguntale a Boris...

- ¡Pelotuda!

- ¡Ja, ja, ja, ja... Vamos a buscar un bodegón que quiero comer fideos con tuco.

- Que estúpida... ¿Por qué no haces esos chistes delante de Boris?

- Ay... Cortala.

- Que idiota...

- Basta...

- Idiota...

- No podes dejar que la última palabra la tenga la otra persona ¿no?

- Imbécil...

- Anda...

Ayumi permaneció mascullando largo rato maldiciones y otras yerbas ante el cada ves más creciente buen humor de Aiko.

Caminaron por Bartolomé Mitre hasta Callao y luego tomaron Sarmiento hasta casi la esquina de Montevideo en donde Aiko cambió la idea de los fideos por la de una pizza y optaron por el Paseo la Plaza.

El tequila le había abierto el apetito a una Ayumi más calmada, y comió gustosa dos porciones de una “chica” de jamón y morrones mientras que Aiko daba alegre cuenta de casi todo el resto.

Luego caminaron un poco por Corrientes mientras fumaban un cigarrillo, cosa que raramente hacían. Para ellas fumar no era un habito, mucho menos un vicio. Pero las veces que bebían un poco más de la cuenta disfrutaban uno o dos. En este caso Ayumi ufanamente hubiera deleitado un poco más de licor de cualquier tipo. No por el frío reinante, ni por la lluvia que amenazaba con recomenzar en cualquier momento, ni para sentirse más alegre, ni para fumarse un paquete entero de cigarrillos... La cosa era que tenía un poco de miedo sin saber muy bien por que. Pero su olfato nunca le fallaba, sabía que algo estaba por ocurrir esa noche. Algo como para que Boris le dijera que fuese armada. Algo a lo que no sabía si estaba dispuesta a soportar o a temer... Tocó disimuladamente la culata de su arma que descansaba en la parte posterior de su cintura justo por debajo del brazo de Aiko para buscar un poco de remota tranquilidad.

- Sigue ahí, no te preocupes no va a ir a ningún lado solita – pareció leerle la mente su amiga – Y además no la vas a necesitar. No si lo que dijo Boris es verdad.

Si, pero Boris también me dijo que venga armada...

-¿Vos tenés tu cañón encima como siempre?

- Si mi vida. Cerquita de mi tetita izquierda, calentito y dispuesto.

Ayumi ignoró la broma de doble sentido y solo rescató el hecho que su amiga también llevaba su arma. Aiko era una tiradora excelente (además de cinturón negro de karate) cualquiera que se metiera con ella se metía en un enorme problema inversamente proporcional a su menudo cuerpo.

Caminaron por la Avenida Corrientes deteniéndose en cada librería. Aiko revolvía los volúmenes con total despreocupación y cada tanto se detenía para ojear alguno; en cambio Ayumi miraba para todos lados constantemente como una ladrona a punto de cometer una fechoría.

Un tanto embarazada de su propia actitud Ayumi se decidió a concentrarse en los libros para desatascar su cabeza de los lóbregos pensamientos que la atiborraban. En un momento un libro en particular le despertó su curiosidad. Su atención se dirigió por completo a el: “Paroles” de Jaques Prevert. Lo había visto asomado en el morral de Boris pero nunca preguntó nada sobre él.

Una noche que caminaban por la Av. Costanera Rafael Obligado cerca del Club de Pescadores por propia iniciativa él le habló del libro.

Lo hizo porque a Boris le llamó su interés un banco en el cual había un anciano sentado, este miraba el piso y estaba completamente inmóvil. Era una bella noche de verano. Las olas del Río de la Plata golpeaban rítmicamente las paredes del malecón. Las parejas caminaban abrazadas y los grupos de jóvenes reían y jugaban entre ellos vestidos con típicas ropas livianas de estío. El anciano en cambio vestía con un largo y andrajoso sobretodo negro, era el único que se lo veía tan abrigado. Bueno... Salvo Boris que siempre vestía de la misma manera, invierno o verano.

- Le desespoir est assis sur un banc – exclamó con un perfecto acento francés que Ayumi reconoció en el acto.

- Le vieillard bleme? Preguntó a su ves Ayumi, con un acento igual de perfecto.

- ¿Humm...? Oh, perdón... Es que me acorde de un poema de Jaques Prevert: Le desespoir est assis sur un banc...

- Decime como es.

- Largo y aburrido...

- No, dale...

Boris se detuvo lentamente y miro hacía la oscura bóveda de cielo en donde río y firmamento se fundían en una sola línea. Al cabo de unos segundos comenzó a recitar en francés, con un acento que hubiera convencido a cualquier parisino y una vos tan bellamente articulada que no parecía suya.

<En una plaza en un banco

Hay un hombre que nos llama cuando pasamos por allí

Lleva gafas y un viejo traje gris

Fuma un pucho y está sentado

Y nos llama cuando pasamos por allí

O simplemente hace señas

No hay que mirarlo

No hay que oírlo

Hay que pasar de largo

Hacer de cuenta que no se lo ve

Que no se lo oye

Hay que pasar de largo y apretar el paso

Si se lo mira

Si se lo escucha

Hace señas y nadie puede evitar que vayamos a sentarnos a su lado

Entonces nos mira y sonríe

Y sufrimos atrozmente

Y el hombre continua sonriendo

Y sonreímos con la misma sonrisa

Exactamente

Cuanto más sonreímos más sufrimos

Atrozmente

Cuanto más sufrimos más sonreímos

Irremediablemente

Y nos quedamos allí

Sentados tiesos

Sonrientes en el banco

Los niños juegan alrededor de nosotros

Los paseantes pasan

Tranquilamente

Los pájaros vuelan

Dejando un árbol por otro

Y nos quedamos allí

En el banco

Y sabemos que nunca más jugaremos

Como esos niños

Sabemos que nunca más pasaremos

Tranquilamente

Como esos paseantes

Que ya nunca más volaremos

Dejando un árbol por otro

Como esos pájaros.> *

* Traducido del francés( n. del a.)

Luego Boris se dio vuelta y miró por un largo momento al anciano y solo exclamó un lacónico “vamos”. Ayumi tardó en seguirlo, se quedó pensando en el poema y mirando al anciano. Revolvió en su pequeña cartera con la forma de Pokemón buscando algunas monedas y preguntándose si el anciano las aceptaría o se ofendería por su actitud. Pero al levantar la vista el viejo estaba silenciosamente de pie delante de ella, a escasos centímetros de su cara. Le sonreía con una sonrisa sin labios, permitiendo ver las encías negras y los escasos dientes podridos. Los ojos casi sin párpados la miraban fijamente. Era el rostro de una calavera, de un cadáver. De todo su cuerpo desprendía un hedor insoportable a humedad y defecación.

Ayumi paralizada por el terror lo miraba encogida extendiendo lo único que encontró en su cartera, un arrugado billete de cinco pesos.

- ¿Podrías arreglar mi linterna Miriam...? Donde voy es muy oscuro y créeme que me haría falta una... Tal ves Santiago te dé algo... La voz del viejo sonaba como si gotas de agua helada cayeran sobre una superficie muy caliente y asentía con la cabeza una y otra ves mientras un ruido bajo y profundo similar a un gorgoteo se escapaba de su estomago...

- Lo... ún-único que tengo es esto... – Tartamudeo Ayumi extendiéndole el dinero hecho un bollo.

Los ojos descarnados bajaron lentamente hacia la mano de Ayumi y luego volvieron a subir con la misma lentitud hacia sus ojos. Su sonrisa se ensancho un poco más, abrió la boca y una roja lengua larga y puntiaguda se asomó por unos segundos. Luego sus ojos se detuvieron mirando algo por detrás de Ayumi y un velo de rencor nublo su mirada confiriéndole al fin algo de humanidad. ¿Qué había visto detrás de ella? Giró rápidamente, más por pánico que curiosidad, pero solo se encontró con Boris que miraba serenamente al anciano. Una oleada de aire fresco la invadió trayéndole el inconfundible aroma del río. Volvió a voltear pero el viejo, como si jamás se hubiese movido de allí, ya se hallaba sentado nuevamente en su banco.

Se abrazó instintivamente a Boris.

- ¿Qué fue eso? – Casi grito con la vos quebrada.

- Solo un viejo – Dijo quedamente Boris y Ayumi supo que mentía por primera vez... Pero no la última.

Desde el banco, el viejo levantó lánguidamente la cabeza y la miró. Ayumi abrazada a Boris comenzó a caminar alejándose del lugar. Cuando volteó al cabo de unos minutos pudo ver que el viejo continuaba mirándola. A pesar que solo pudo ver sus ojos flotando en la noche, como dos lunas ambarinas.

Lanzó un grito que resonó en toda la librería provocando que algunos clientes levantaran la vista sorprendidos. Aiko le había estado hablando y ella concentrada en sus recuerdos no le contestaba por lo cual su amiga decidió pellizcarle la nalga derecha. El chillido provocó un incontenible ataque de carcajadas en Aiko que mientras se desternillaba de la risa la arrastraba hacia fuera del local ante la mirada simpática de todos los clientes.

- Pará demente que quiero comprar este libro.

- Bueno – exclamó Aiko mientras se limpiaba las lágrimas del rostro – Te espero afuera.

“Hoy la mato a esta yegua” Pensó con tirria mientras abonaba el libro a una joven cajera.

viernes, 17 de agosto de 2007

Capítulo3

Charlas, Comida y Sexo

- ¿Aiko duerme?

- Como un bebe - ¿Querés té o sake?

- Los dos. Pero dejá... Yo los preparo.

Boris se puso de pie con su acostumbrada dificultad pero silencioso como un gato, miró de reojo a Ayumi que estaba cubierta por la cobija del simpático, aunque un tanto inexpresivo gatito blanco de “Hello Kitty”. Ella le sonrío y se sentó con las piernas recogidas y apoyo su mentón sobre las rodillas. Él se colocó el pantalón. Del bolsillo trasero asomaba el mango de un puñal antiguo, caminó apoyándose suavemente en las paredes.

La habitación de Ayumi, en la cual descansaba Aiko, tenía la puerta entreabierta, se la podía ver durmiendo boca abajo. Las cobijas se habían deslizado de lado y permitían ver la espalda y parte de su bien contorneado trasero desnudo. Boris la miró por unos instantes y luego desvió la mirada hacia Ayumi que le indico con un gesto que guardara silencio. Siempre como una sombra Boris se deslizó hasta el lado de Aiko y levanto los cobertores dejando un poco más al descubierto las nalgas de su amiga. Ayumi se desasía en gestos intentando persuadirlo de que se alejara, pero la tentación de risa mutaba los movimientos a los de un malabarista de circo. Boris, sonriendo, acarició las cachas de la jovencita que se movió en sueños. Ayumi, fingiendo enojo, le arrojo un conejo de peluche con pasmosa puntería golpeando de lleno la cabeza de Boris, rebotando y cayendo directamente sobre su amiga. Con formidables reflejos Boris lo tomó a centímetros de que el muñeco tocara la piel de la jovencita.

Extendiendo el pulgar en señal de aprobación Ayumi movió varias veces la cabeza asintiendo. Boris formo un circulo con el pulgar y el índice y guiño un ojo como muestra de entendimiento y luego, igualmente, dejó caer el juguete sobre las posaderas de Aiko que no se inmutó.

Ayumi tuvo que taparse la boca con las dos manos para no reír a carcajadas.

Cuando el té estuvo listo lo colocó al lado de la botella de sake y se sentaron en el piso con las piernas cruzadas, permitiendo que el aroma de la infusión los envolviera durante unos instantes. Un observador ajeno hubiese creído que la pareja se hallaba en un profundo trance de meditación.

Finalmente fue Boris el que rompió el silencio.

- Es peligroso... –

- Lo sé...

- No. No creo que sepas que tan peligroso.

- ¿Que sabes de esto?

Boris inspiró profundamente, contuvo el aire por un momento y luego lo soltó con un inaudible silbido. Bebió en silencio un sorbo de su té y luego un largo, larguísimo trago de zake. Miró con los ojos turbios a Ayumi en un gesto de interrogación. Ella se limitó a tomarle una de sus manos, beso su palma y luego se la froto con energía e hilaridad incitándolo a hablar. Con una sonrisa triste Boris se rindió y comenzó a hablar.

- ¿Por empezar que sabes de esta leyenda?

- Bien... Que es... Un, una... un...

- Bien. No sabes nada.

- No. Nada.

- No es una persona. No es una entidad, no es un monstruo, ni una enfermedad venérea... Se trata de una joya.

- Y... si... Me imaginé... – Boris le dirigió una mirada gélida, y agregó rápidamente como para salir del paso- ¿Tanto lío por una joya?

- Revive a los muertos.

- Ah...

Un ruido bajo procedente del cuarto de Ayumi los interrumpió. Aiko se quejaba en sueños.

- ¿Qué aspecto tiene esa joya?

- Nadie lo sabe, siempre esta dentro de una pequeña bolsa de terciopelo azul.

- ¿Y entonces...? ¿Cómo se sabe que es una joya? ¿Quién la vió? Si es que alguien la vió alguna ves... Por que alguien la vió alguna ves ¿No?

- Si. Los muertos que resucitaron...

- ¿Conoces alguno?- Pregunto en tono de sorna Ayumi, pero la sonrisa se le desdibujo de la cara al ver el rostro taciturno de Boris.

-El tema es por que el señor Ishikawa tiene interés en esa leyenda...- replico Boris evadiendo la pregunta.

- Tal ves tenga que resucitar a algún muerto. Eso si la leyenda es verdad... ¿La leyenda es verdadera Boris?

Boris la miró seriamente. Algo negro y pegajoso se debatía en el interior de sus ojos cavilando antes de dar una respuesta. Cuando abrió la boca para contestar una voz soñolienta lo interrumpió.

-Tengo hambre – Dijo Aiko, solo vestida con unas medias de red hasta la cintura y un revolver Colt, calibre 357, se frotaba los ojos con pereza.

Kenzo Ishikawa, caminaba por el cuarto como en un trance ceremonial, vestido con un kimono rojo sangre, toco una de las molduras de acero del sótano de su descomunal mansión. La puerta trampa dejó a la vista un complejo sistema de cerraduras electrónicas. Escáner óptico, escáner digital más una serie de nueve dígitos de números y letras. Luego de accionarlos todos una puerta se deslizó soltando un silbido de aire, permitiéndole el paso a un ascensor que lo llevaría cuarenta metros debajo de la casa con suma velocidad.

Cuando las puertas volvieron a silbar le brindó acceso a la enorme sala, fría y solitaria. Una tenue luz azul alumbraba el único objeto de la vasta habitación.

Ishikawa permaneció unos instantes mirando directamente al frente sin bajar la vista al elemento que descansaba sobre una aséptica mesa de acero inoxidable.

Finalmente deslizó los ojos lentamente hacia abajo e inmediatamente se le llenaron de lagrimas...

Lagrimas que se estrellaron como pequeñas granadas sobre la superficie del ataúd.

Aiko, en la misma sartén, aprovechando la grasita de la panceta que había freído hacia unos instantes, agregaba carne picada y la sazonaba con sal, pimienta y ajo. Incorporó la cebolla y rehogó un rato moviendo la sartén con asombrosa habilidad. La imagen de Aiko cocinando casi desnuda en donde por momentos para alcanzar algunos de los ingredientes abría las puertas de las alacenas inferiores con los pies o acuclillándose con rapidez para tomar alguno de los elementos o poniéndose de puntillas para alcanzar los estantes más altos permitiendo que de esa manera se le viera el trasero atrapado en esas medias de red era a la ves ágil y sensual.

- ¿Como puede tener hambre? Son las tres de la mañana – Exclamo fingiendo fastidio Ayumi cuando en realidad era más una mezcla de admiración e incredulidad.

- Tal ves se trate de un desayuno prematuro – Exclamó Boris en vos baja.

Ambos cambiaron una mirada de entendimiento y escondieron sus sonrisas. Sabían muy bien lo que la amiga de ambos deseaba.

Aiko añadió una cucharadita de aceite de oliva a los huevos con panceta y a las zanahorias y se siguió rehogando un rato más, incorporo el jengibre y se dio vuelta contenta con una cuchara de madera en la mano embadurnada de la preparación...

- Ya va a estar list... – Pero la frase le quedó colgada de los labios al ver que Ayumi y Boris hacían el amor sobre la manta de “Hello Kitty”. Aiko se sonrió, bajó el fuego de la preparación y se quitó las medias para unirse al acto de los amantes.

Lo que más le gustaba en la vida a Aiko era cocinar y hacer el amor con sus mejores amigos.

Ayumi se despertó abrazada a Aiko. Como siempre Boris había desaparecido.

Una nota enrollada en la brevísima bombachita de lycra que había usado ayer, como era acostumbrado según el extraño sentido del humor de Boris decía lo siguiente.

“Buscá La Casa Embrujada... En Riobamba 144, entre Bartolomé Mitre y Perón. Andá armada

Andá armada...

Bueno, La cosa es grave. Boris no se alarmaba muy fácilmente que digamos como para mandarla a armarse para hacer una investigación.

Se sentó frente a su tocador y busco la caja de zapatos que contenía una pequeña caja azul industrial con combinación de seguridad. Tecleó los cuatro números y extrajo una pequeña pistola calibre cuarenta de acero inoxidable con cachas de nácar. A diferencia de Aiko que prefería las armas grandes como esa 357 que la acompañaba a todos lados, ella estaba enamorada de su “Bersa”, una arma nacional que superaba ampliamente a las importadas. Las cachas de nácar las había tallado especialmente Boris agregándole sus iniciales.

Tomó una ducha y revisó su cajón de ropa interior; tomó un conjunto verde limón, se colocó unos jeans muy ajustados, zapatillas, una musculosa y un suéter amarillo. Miró por la ventana y comprobó que la lluvia había amainado pero no cesado, eso la decidió por una campera resistente al agua con capucha.

Se colocó la mochila de “Pucca” con las cosas que inseparablemente la acompañaban a todos lados y su celular. Colocó el arma en la parte posterior de su espalda y la cubrió con el suéter.

- ¿Qué hora es? – La vos adormecida de Aiko la detuvo antes de salir.

- Las 10 de la mañana. El café hay que hacerlo.

- ¿Vos no desayunas?

- Mi amor... Comimos “chau mien” a las cinco de la mañana...

- Ah... Cierto... ¿Quedó...? – Preguntó mientras se frotaba la parte de atrás del cuello y giraba la cabeza para ver que le aguijoneaba en ese sitio – Boris me dejó un flor de chupón.

- Con una sonrisa Ayumi exclamó a forma de despedida – Boris no fue... Fuí yo – y cerró la puerta.

Tal como presintió la lluvia comenzaba y se detenía con la misma pericia durante todo el día. Pasó unas tres veces frente a la casa que le había indicado Boris pero nada en ella logró llamarle la atención salvo por que parecía anacrónica en ese lugar rodeada de edificios de departamentos.

Una casa en impecable estado de comienzo de siglo. Una entrada principal a la cual se llegaba por una escalera de mármol. A la derecha de la misma una pequeña entrada de garaje con grandes ventanas de cortinados blancos y postigos verdes. Toda la casa estaba cercada por una verja que terminaba en puntas de lanzas curvas y una gigantesca palmera inclinada que daba sombra a todo el frente de la casa. Si no estuviese tan cuidada parecería espectral, pero era obvio que estaba habitada por la gente que entraba y salía del lugar.

Afortunadamente en la esquina frontal había un bar desde el cual podía vigilarla perfectamente sin llamar la atención. Entró se pidió un té y sacó un libro de historietas de Masakazu Katsura.

Al mediodía sabía que no podía pasar más tiempo solo con un té, además el lugar se estaba llenando de gente que ingresaba a almorzar, la mayoría oficinistas que le dedicaban una mirada apreciativa. Llamó al mozo y le pidió el menú. Aparentemente el joven decidió que la sola mención del menú implicaba que Ayumi iba a almorzar ya que además colocó un pequeño mantel de papel, una cestita con pan, una copa, cubiertos y servilletas. Ayumi selecciono lo único que pensó que su estomago podría aceptar luego del temprano banquete de Aiko y se pidió un file de merluza a la romana con puré y una Coca.

Cuando el movimiento de comensales se fue diluyendo afortunadamente ya eran las tres de la tarde y eso le permitió tener un registro bastante claro del movimiento de la casa.

Aparentemente funcionaba una especie de institución, ignoraba de que, pero parecía algo legal, normal, al menos en apariencia.

Cuando llamó al mozo por tercera o cuarta ves en el día este pareció aliviado de escuchar que le trajera la cuenta.

Fastidiosa salió a la calle y el frió polar le corto brevemente el aliento. No camino más de media cuadra cuando una lluvia de grandes gotas heladas se desató con furia.

Perfecto.

¿Celos?

- ¿Qué hacías con Boris?

- ¿Qué te pasa nena? ¿Estás celosa?

- Mmnoo... –

¿Celosa de Aiko? No, jamás... No eran celos. Era otra cosa. Como un escozor que daba bronca y placer a la ves. ¿Por que su mejor amiga tenia que estar con su amante a sus espaldas? Pero si en más de una ocasión los dejo a solas en su departamento con toda intención ya que le había dejado especificas instrucciones a Aiko de encontrarla haciendo el amor con Boris por que le fascinaba la idea de “llegar” y verlos a los dos en su cama y desvestirse lentamente mientras se servia un sake, prendía un sahumerio y se sentaba un momento a observarlos a la par que sentía el licor caldear su cuerpo y la excitación caldear su mente. Y luego, finalmente, sumarse a ellos con un placer superlativo, libre de prejuicios, dominado solo por el goce en un éxtasis de cariño y placer. Sabia que Aiko sería capaz de cortarse una mano antes de hacerle daño y Boris... Bueno, Boris era la cosa más impredecible del planeta y por supuesto eso lo hacia especial. Lo que sentía era puramente perversa diversión. Le encantaba su fastidio y le encantaba sentir esos celos infantiles.

-Ahora, prestame atención. Mirá la casa con detenimiento.

- Estoy mirando – Resopló Ayumi.

Solu una hora antes y sin saber que hacer, Ayumi caminó unos minutos por la vereda de enfrente a la mansión bajo una incipiente pero taladrante lluvia, luego volvió a su casa y se chocó en la puerta con Aiko a la ves que sonaba su celular. La llamada era de Aiko que al verla comenzó a reírse mientras cortaba. Se dirigía a toda velocidad precisamente a encontrarla y la estaba llamando por teléfono.

La dos jóvenes volvieron al bar frente a la casa “embrujada” ya pasada la tarde y empezando a caer la noche. El mozo la reconoció y le sonrió con cara de entendimiento y se atrevió a formular sus pensamientos en vos alta “Encontraste a tu amiga... Pobre, hoy te estuvo esperando un montón” Las dos chicas sonrieron con cortesía pero no hicieron comentario alguno y tomaron asiento en el mismo lugar que Ayumi ocupara durante el día.

- Fijate bien y decime que notás – Exclamó Aiko llevándose una papa frita cubierta en ketchup que el mozo les había alcanzado junto con un tostado que pidió Ayumi.

- Que ahora no hay gente entrando y saliendo – Dijo Ayumi con la boca llena.

- Bien, Sherlock – Si es una oficina seguramente deja de atender a las cinco o seis de la tarde como mucho y ahora son las siete... –

- Si... ¿Y...? – Ayumi se servia Coca-cola en un vaso con fingida indiferencia. Odiaba cuando Aiko se ponía en “maestrita”.

- Mirá bien. No estas mirando.

- ¿Qué tengo que ver...?

- Mirá esa hoja de papel, ese envoltorio de alfajor, creo...

- Si, lo veo ¿Qué tiene? -

- ¿Para donde lo lleva el viento? -

- Ehh... Para el lado de la avenida, supongo...

- Correcto. Ahora mirá las hojas de la palmera...

Acomodar sus ojos de la luz de la calle y el tráfico a la oscuridad reinante en la copa del árbol le llevo unos segundos pero cuando lo logro, un delgado escalofrío, como una gota de cristal liquido le recorrió lentamente la columna vertebral de Ayumi desde la base del cuello hasta sus nalgas. Se extendió por su espalda como un tentáculo espeluznante que la rodeo y se detuvo en sus mejillas provocándole un fuerte rubor.

-Inquietante... ¿No es verdad? – Aiko se llevó otra papa frita a la boca. Sonreía pero sus ojos estaban fríos como un témpano.

Las hojas de la palmera se movían frenéticamente en sentido contrario al viento.

viernes, 10 de agosto de 2007

Capítulo2

En Casa

Solo vestida con su ropa interior, miraba pensativa por la ventana tratando de poner en orden sus pensamientos. Sobre la pequeña mesa de la sala

descansaban como un extraño abanico los papeles que la secretaria del señor Ishikawa le había entregado...

“La joya que Rie...”

Algo raspaba suavemente la puerta de su departamento, se acerco despacio y miró por la mirilla.

Aiko.

Abrió sin tomarse la molestia de cubrirse, después de todo solo se trataba de

Aiko. Una bocanada de aire gélido la envolvió como una lengua húmeda, Aiko fingió vergüenza al verla semidesnuda luego la beso suavemente en los labios.

- Aún seguís con ese habito – Dijo Ayumi mientras deslindaba en Aiko la responsabilidad de cerrar la puerta.

- ¿Cuál habito? – Exclamo alegremente Aiko mientras cerraba con llave y colocaba los tres seguros.

- El de besarme en la boca en publico.

- No había nadie en el corredor.

-Pero podría haber habido.

- Eso tendrías que haberlo pensado antes de abrir la puerta desnuda, Cherry -contestó Aiko fingiendo estar distraída.

- No estoy desnuda – dijo con mal humor mientras se colocaba con movimientos bruscos una vieja camiseta – Y no me llames Cherry... “Daisy”.

- No me molesta que me llames Daisy. ¿Preparo el té?

- Si, por favor – La batalla estaba completamente perdida. En realidad a ninguna de las dos le molestaba sus apodos de niñas. Pero no sabían muy bien como irritarse mutuamente y esos motes eran lo único que tenían para sacarse cada tanto chispas y luego arreglarlo entre arrumacos en la cama. Pero no esta noche. Esta noche tenia que pensar en...

-Te llevo a cenar, vestite.

-¿No es un poco tarde?

-Ya sabes como dice el viejo refrán... “Nunca es tarde...” – Aiko no completo la frase por que tomó su celular y sus tarjetas de crédito y comenzó a llamar para comprobar cual tenía más solvencia. Eso decidiría a que lugar irían a comer.

-Voy a tomar una ducha antes de salir – Dijo Ayumi resignada.

En el cuarto de baño abrió ambos grifos para que el agua saliera prácticamente hirviendo. Se colocó debajo de la lluvia sintiendo como su piel respiraba excitada. Con los ojos cerrados no pudo evitar una sonrisa cuando sintió que la mampara de la bañera se deslizaba y luego los labios de Aiko comenzaron recorrerle la húmeda espalda.

En casa, de nuevo.

El trueno la despertó sin temor. Abrió los ojos y la oscuridad fosforescente de su habitación le devolvió la imagen de la inconfundible silueta enrollada de Aiko durmiendo.

Su amiga de la infancia era capaz de las hazañas más impactantes en la cama pero a la hora de dormirse lo hacía como cuando era una niña.

Luego de ir a cenar al “Cervantes” casi en la esquina de Perón y Callao, en donde siempre compartían un solo plato por lo poco que ambas comían y lo enorme de las porciones del restaurante, caminaron lentamente tomadas del brazo hasta el departamento de Ayumi, se quitaron mutuamente las ropas y se acostaron juntas en la cama en medio de un abrazo intenso y cálido.

Hubo un intento de beligerancia amorosa pero las dos se hallaban muy cansadas a esa hora de la noche como para pasar a algo mayor que unos besos y unas caricias más simbólicas que otra cosa; y luego como una pareja de ancianos amantes, sin intercambiar una palabra, ambas se durmieron cada una en los brazos de la otra.

Aiko y Ayumi crecieron juntas por ser la únicas familias japonesas que vivían cerca una de la otra en el barrio de San Telmo. Fue Aiko quien le enseño a besar a los ocho años y fue Aiko quien la ayudo cuando Ayumi decidió perder su virginidad a los trece. En la casa de Román, un apuesto jugador de básquet del Club Comunicaciones. Aiko ofició de centinela casi toda la noche cuidando de que nadie ingrese al cuarto de Román durante la fiesta de fin de curso. Luego la ayudo a llegar a su casa y la atendió. Ayumi sentía la vulva irritada y a punto de estallar. Román había tratado de ser cariñoso pero su torpeza denotaba también su virginidad y con su metro noventa y enorme pene no solo la desvirgo sino que además la lastimó. Ayumi no se sentía ni asustada ni le tomó aversión al sexo. Solo decidió que su próximo amante sería alguno de contextura más normal.

-Después dicen que el tamaño no es importante – Dijo con un breve gesto de dolor Ayumi.

- ¿Sabés que diferencia hay entre lástima y lastima? -preguntó Aiko.

- ¿El acento?

-No. El tamaño - bromeó Aiko colocando una nueva compresa entre las piernas de Ayumi y acostándose a su lado.

Al día siguiente las despertó la madre de Aiko diciéndoles que se levanten que pronto estaría la comida.

- Dejame ver como está eso – Murmuro una soñolienta Aiko y retiró la

compresa con extrema suavidad. La proximidad del rostro de su mejor

amiga en su entrepierna inquietaba a Ayumi y la excitaba a la vez, y deseaba de una manera nebulosa que su amiga le hiciera algo. Así permanecieron por lo que pareció una eternidad pero Ayumi sabía que la demora no se debía a que en su vagina hubiese algo malo ya que no le dolía más, sino que algo estaba por pasar. De manera que, cuando sintió la lengua de su amiga deslizarse por sus labios vaginales, se relajo agradecida y arqueo la espalda para que pudiera lamerla con mayor comodidad.

El beso que vino después fue más un pacto que una reacción sexual. Fue ea estipulación que por más hombres que hayan en su vidas serían amigas para siempre.

Unidas por ese amor que los hombres jamás podrán entender y que las mujeres ambicionan en secreto pero que no podrían reconocer así su vida dependiese de eso.

El segundo llamado de la madre las interrumpió. Se vistieron apresuradamente y bajaron entre risas cómplices que no eran novedad para la familia de ninguna de ellas.

Aiko se encargo de provocarla durante todo el almuerzo. La tocaba con el pie desnudo por debajo de la mesa. Comía con la boca abierta mostrándole como la comida se enroscaba con su lengua golosa o fingía colocarle la servilleta en el regazo y aprovechaba para tocarle la vulva. Ayumi se sentía mareada y sin apetito pero extremadamente feliz y cómoda. Sentía una inmensa necesidad de estar a solas con Aiko, una gigantesca curiosidad por el cuerpo de su amiga y de buscar las formas de satisfacerla como seguramente ella lo haría. Cuando la madre anunció que toda la familia saldría a dar un paseo asintieron con tranquilidad y casi al unísono esgrimieron sendas excusas para quedarse. La familia de Aiko que nunca sospecharían nada quedaron conformes y dejaron solas a las dos muchachas que se encerraron en el cuarto de Aiko toda la tarde.

Se sentaron de rodillas frente a frente, completamente desnudas y como las niñas que eran se exploraron una a la otra como jinetes en un campo nuevo, maravilladas por su propia curiosidad y plenas de gusto. Se amaron hasta entradas las primeras sombras de la noche. Brindándose una seguridad excepcional y cautivadora que las acompañaría el resto de sus vidas.

Incluso cuando compartieron amantes, incluso muchas, mujeres, lo de ellas no tenia igual.

Un nuevo relámpago y un ensordecedor trueno la trajo a la realidad. Ayumi cubrió a su compañera un poco más con la frazada sabiendo lo friolenta que era y sin hacer ruido se levantó. Tomó un cubrecama hecho de retazos embadurnado con las caritas de “Hello Kitty” y fue hasta la cocina a beber té y un poco de sake.

Los papeles del caso de “La Joya que Rie” le llamaron la atención y le arrebataron la calidez de sus pensamientos anteriores.

Boris

La distancia entre uno y otro de sus atacantes era la adecuada. Saltó y en el aire disparó ambas piernas en distintas direcciones sintiendo como la dentadura de uno y la quijada de otro se pulverizaban con el contacto de la suela de sus botas.

Aterrizo de pie mientras sus agresores aún de pie también miraban confundidos la nada, tal había sido la velocidad del contraataque que no reaccionarían hasta que sus terminales nerviosas les envió las señales inequívocas de dolor.

Sus dos atacantes cayeron de rodillas, inconscientes mucho antes de tocar el piso, otros seis agresores más bajaron apresuradamente de la larga camioneta negra que largaba un breve penacho de humo de su caño de escape. Lo rodearon rápidamente y pudo percibir que algunos llevaban armas orientales.

Tomó su bastón y lo hizo girar como aspas a una velocidad increíble. Dos de los primeros atacantes se le abalanzaron con grandes dagas con ondulantes hojas “kriss”. Fue como chocar contra un ventilador industrial. Las armas salieron volando clavándose profundamente en los pechos de otros dos bandidos que anonadados dejaron caer sus armas de fuego.

Finalmente los dos restantes atacaron al unísono, lo que provoco que sacara de adentro del bastón la fina hoja de acero toledano cortando el cuello hasta la mitad del primero y cegando de ambos ojos al segundo.

Volvió a guardar la espada dentro del bastón y de un salto trepó sobre el techo de la camioneta, rompió de un golpe el vidrio del tragaluz y sacó a su dos ocupantes. Al chofer simplemente lo arrojo a unos metros y atrajo al aterrorizado acompañante a uno centímetros de su cara.

-Por... Por favor... Boris “san”... ¡No me mate! – No... me... mat...

La mano de Boris se introdujo dentro de la boca del asustado joven oriental con la velocidad del rayo y sostuvo la lengua de este con la firmeza de una tenaza.

- No voy a matarte joven amigo – Exclamó Boris con voz fría – Pero decile a Adalberto que si vuelve a mandar a sus chicos para asustarme voy a ir a buscarlo... Y que deje trabajar a los supermercados de la zona en paz – El joven demasiado aterrado para contestar se limitó a asentir con la cabeza mientras sentía que la orina se le escapaba en los pantalones.

Boris lo soltó. Saltó a la calle y se alejo caminando con su acostumbrada dificultad. Una lluvia tenaz comenzó repentinamente ocultando la silueta del hombre de sombrero de alas anchas.

Boris llegó a su departamento en San Telmo. Llamarlo departamento era un tanto ambiguo ya que era el último piso de un abandonado edificio de oficinas. Al entrar la sensación general era la ingresar a una rara combinación de laboratorio antiguo con museo de arte. Con sus techos altísimos, los muros descarnados, las ventanas como ojos vacíos e infinidad de habitaciones que conformaban un laberinto de corredores y puertas, que en sus profundidades provocaban un estremecimiento sobrecogedor. Fantaseando imágenes espectrales.

En el salón central, cuyo rasgo dominante parecía ser su excesiva antigüedad y gran desolación producida por el tiempo, diminutos hongos se extendían por todo el techo, en algunos casos colgados del alero en una fina y intrincada tela de araña. Pero esto no tenía que ver con ninguna forma de destrucción. No se había caído ninguna parte de la mampostería, y parecía haber una extraña incongruencia entre la perfecta colocación de las partes y la disgregación de cada una de las obras de arte. Recordaba la aparente integridad de viejas maderas que se han podrido durante largos años en una cripta olvidada, sin que intervenga el soplo exterior. Aparte de este indicio de ruina general, la estructura daba pocas señales de inestabilidad. Quizá el ojo de un observador atento hubiera descubierto una fisura apenas perceptible, que, extendiéndose desde el techo a lo largo de la pared, cruzaba el muro en zigzag hasta perderse en las tenebrosas sombras de los rincones. Boris se quitó el impermeable y el sombrero, fue hasta una vieja heladera “Siam” y sacó una jarra de té de jengibre y vodka helado que bebió directamente de la jarra de vidrio tallado. En una subasta de antigüedades a ese recipiente lo habrían valuado en mil quinientos dólares. Claro que era el menor de los inestimables tesoros antiguos que lo rodeaban. Las obras de arte existían en el cuarto desde tiempos inmemoriales, por una peculiar sensibilidad de temperamento expresada, a lo largo de muchos años, en muchas y elevadas concepciones artísticas y, últimamente, manifestada en reiteradas obras de belleza muy generosas, aunque discretas, así como en una apasionada devoción a las preciosidades ortodoxas y fácilmente reconocibles. Las paredes se hallaban tapizadas de majestuosas alfombras persas distribuidas por los muros grises confiriéndole a la estancia un místico vapor, opaco, pesado, apenas perceptible, de color rojizo. Un Rafael, El Cardenal, (el original, no el que descansaba en el Museo del Prado en Madrid), adornaba una de sus gigantescas paredes, custodiado por dos armaduras del medioevo. Una apoyada sobre un escudo, la otra sobre una espada.

La luz amarillenta y acuosa daba un tono sepia a todo el ámbito, como una foto vieja. Un fonógrafo que era en realidad un pasa discos moderno descansaba en una mesilla de roble. Boris se acerco a el y puso un disco. Los artesonados de los techos, los sombríos tapices de las paredes, los suelos de negro ébano y los fantasmagóricos trofeos heráldicos que rechinaban al pasar el viento entre ellos se acallaron para oír la inconfundible vos de Charles Aznavour cantando “Jezebel” que cautivadoramente inundo dulcemente el aire.

En el fondo de la habitación un gigantesco sofá cubría de lado a lado la pared custodiada por dos grandes ventanales con aspecto de catedral. Las altas ventanas, estrechas y puntiagudas, quedaban a tanta distancia del suelo de negro roble, que eran completamente inaccesibles desde el interior. Débiles rayos de luz de luna, teñida de carmesí, atravesaban los cristales enrejados y servían para distinguir suficientemente los principales objetos alrededor; y luchaban en vano para alcanzar los rincones más apartados de la cámara o los huecos del techo abovedado y ornado con relieves. Oscuros tapices cubrían las paredes. El mobiliario era profuso, incómodo, anticuado y destartalado. Había muchos libros e instrumentos aparentemente médicos en desorden, que le conseguían dar una extraña vida a la escena. Se respiraba una atmósfera onírica. Un aire de melancolía lo envolvía y lo penetraba todo.

Tomó asiento justo en el centro del mismo y así se mantuvo inmóvil por dos horas.

Un relámpago ilumino sus ojos azules volviéndolos plateados.

Ya había perdido la noción del tiempo que estaba sentada mirando la nada. La calidez del sake y del te que había ingerido se habían disipado. Ayumi miró durante largo rato las hojas no decidiéndose a tocarlas. Sabia, o al menos creía saber, de que se trataba.

“La Joya que Rie...” Un titulo simpático para nombrar una de las leyendas más extrañas y más complejas del Japón. Es decir: que tubo su origen en Japón pero se combino en la Argentina con leyendas locales. Así pasó un tiempo más pero no podría decir cuanto.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

- Boris – Musito quedamente - ¿Dónde estas...? – Una mano se depositó con suavidad sobre su hombro. En otra oportunidad hubiera gritado aterrada pero sabía que era la mano de Boris.

viernes, 3 de agosto de 2007

Capítulo १

Historia primera: La Joya que Ríe

Ayumi Fénix se sentó al borde de la bañera pensativa. Pasó la pequeña toalla rosa por sus cabellos quitando las gotas que la ducha le había dejado como una corona de cristal.

-Solo Boris podría ayudarme– pero Boris no estaba, claro.

Caminó desnuda por la habitación, estremeciéndose por el frío imperante. Afuera la lluvia caía copiosamente, con una suavidad inexorable.

Me buscaras seguro

si corres peligro

y temes mucho

La oscuridad

es fría

y te intimida

Solo llámame tenuemente

Estaré en la noche

En la oscuridad.

La bella joven oriental pensó en Boris. En su espalda ancha y fuerte. Pensó en su forma violenta de tomarla, de romperle la ropa para hacerle el amor. De su aliento mezcla de tabaco y alcohol. De su barba incipiente raspándole los hombros mientras la penetraba con una dulzura que jamás vivió ni volvería a vivir con ningún hombre.

Lo recordaba desnudo, sentado, mirando la noche a través de su ventana, la pistola calibre 45 de bruñido plateado brillando en la mesita de noche y sus botas de cuero gastadísimas descansando sobre la alfombra. Ese era el “equipo” que siempre lo acompañaba a todas partes. Una pistolera colgada en banderola o ajustada a la cintura en donde llevaba el arma; una funda que adosaba a su espalda o le colgaba del hombro en la cual transportaba una escopeta del 12 y el cuchillo en la parte posterior de su cintura y por supuesto, su preferida, el estoque escondido en su bastón. Sabia también que nunca lo abandonaba una “Derringer” que solo le había visto usar una sola ves pero que ignoraba donde la ocultaba.

“Boris”, seguramente no se llamaba así. Seguramente no se llamaba de ninguna forma.

Me buscaras seguro

si corres peligro

y temes mucho

Todavía recordaba aquella noche que se animó a incursionar demasiado en su vida. Lo siguió subrepticiamente, era buena en esas situaciones, poseía un olfato especial para esconderse una milésima antes de que su fugitivo se diera vuelta presintiendo su presencia. No obstante en la Rotonda de la Boca lo perdió, Él solo se adentró en las sombras y simplemente pareció disolverse en ellas.

No tuvo tiempo de maldecirse. Obsesionada por seguir a Boris no se percató que se había metido en terreno peligroso. Demasiado tarde vislumbró a un grupo de “cabezas rapadas” que bebían cerveza sentados en la vereda mirándola en silencio. Para un grupo de racistas, sin nada que hacer en esa noche de semana, sentados alrededor de un barril de petróleo encendido para que les de calor, una joven oriental, bella y solitaria en medio de la oscuridad, era un plato exquisito servido en bandeja de plata. Si hubiesen sido dos o tres la aparentemente frágil Ayumi Fénix le hubiese dado una paliza de padre y señor nuestro, pero eran demasiados, demasiados incluso para ella. Trató de correr pero fueron excesivamente rápidos. Sus pequeñas zapatillas deportivas no estaban preparadas para andar por el resbaladizo empedrado mojado, no eran competencia contra los pesados borceguíes con suela de arrastre que se sujetaban a la piedra como ventosas. Corrieron detrás de ella mientras gritaban y arrojaban los envases de vidrio que se estrellaban cerca de ella bañándola con fragmentos de peligrosas gotas ámbar. Pensó que lograría ponerse a salvo al llegar a la parada del colectivo 64, que tal ves hubiese alguien que llamaría a la policía... Pero la parada se hallaba desierta a esa hora. La desazón la detuvo en seco por unos instantes, suficientes para que uno de ellos la golpeara con una patada en la base de su espalda con la suficiente violencia para hacerla caer casi desvanecida. De rodillas y sujetándose la parte posterior de la cadera trato de mantener el aliento y pensar en como defenderse. Alguien la tomo del cuello de la campera de plástico rojo que llevaba puesta y la levantó en vilo para arrojarla con ímpetu sobre el asfalto. La rodearon y en segundos le arrancaron la ropa. Su cerebro confundido por los golpes solo le daba una orden por conservación pura: ...permanecé quieta, que obtengan el sexo que desean, luego busca la forma de correr, golpearlos, huir, lo que sea... pero no dejés que te maten... Y luego sus ojos se nublaron y solo pudo percibir las gotas de lluvia en el rostro.

Las gotas de lluvia en el rostro...

El frío...

Los sonidos de lucha y los gritos de dolor...

Sin embargo... Le llamó la atención el hecho que no podía sentir sobre sí las manos de los “cabezas rapadas”, ni sus alientos espantosos oliendo a alcohol, ni sus risas cínicas... Algo más estaba ocurriendo.

Al cabo de un tiempo que le fue imposible calcular sintió, con un estremecimiento, unas manos enormes, enfundadas en guantes sin dedos, similar al de los motociclistas, que le colocaba un abrigo sobre los hombros. Notó que estaba completamente desnuda y empapada por la lluvia, solo cubierta por el piloto que él le había puesto delicadamente sobre sus espaldas. El aguacero era la única música que los envolvía a los dos y lavaba la sangre de los que cometieron el error de atacarla.

Cuando sintió que estaba perdida y de la misma nada, salió él, caminando con dificultad con su bastón y derroto a sus atacantes, dejándolos inconscientes o algo más en el piso.

La luz de la luna y el resplandor del fuego del barril daban un albor fantasmal a la escena.

El caminó unos segundos esquivando por sobre los cuerpos, mirando en que estado los había dejado a uno y otros. Tal ves diez o quince en total. Luego se acerco a ella y sin decir palabra le puso el brazo sobre los hombros y la acompaño a sentarse en un banco cercano.

Ayumi sintió la profunda necesidad de hablar, de gritar, pero más que nada de justificarse. De justificar la tremenda metida de pata que había sido seguirlo y provocar (aunque sea de manera indirecta, semejante carnicería)

- Es que no se nada de vos... – le dijo la muchacha temblando por el frío y la ansiedad - Solo te vi una ves en un bar y tomamos una copa en otro... No sé... No sé... ¡No sé ni de que trabajas...! – y ya sin saber que decir agregó desesperada - ¡O si tenés un segundo nombre...!

- Mi segundo nombre es Vicente y trabajo de payaso en un circo – contestó él secamente.

- ¡¿De pa... En un cir...?! – Apenas balbuceo entre estremecimientos - Entiendo. Y seguro que tampoco te llamás Vicente -

-Tampoco -

La oscuridad

es fría

y te intimida

Él le regalo una sonrisa, no la vió, la adivinó en sus ojos ya que casi siempre llevaba un pañuelo negro cubriéndole la boca. Se acomodó un poco el sombrero de vaquero de alas anchas del mismo color y desapareció en la noche, dejándola bañada por las rojas luces policiales.

Ya rebuscaba en su cabeza la forma de explicarle a la policía lo ocurrido cuando el rugido bajo y profundo de un motor le llamó la atención.

Un Ford 1938, que pensó negro en un primer momento pero que luego sabría que era de un marrón muy oscuro se detuvo a su lado.

La puerta se abrió sola y ninguna luz iluminó el interior, una extraña música que no pudo reconocer en un primer momento y que eventualmente se enteraría que se trataba de Charles Aznavour cantando “La Bohéme”, la inundo confiriéndole la primera calidez de esa noche.

-¿La llevo señorita? – La vos de Boris salió de la oscuridad como una bufanda aterciopelada y negra que se le enroscó por los tobillos hasta detenerse en sus senos provocándole escalofríos.

Subió al interior del coche con un saltito simpático y besó a Boris en la mejilla justo en el mismo momento en que el primer patrullero se asomaba en la esquina haciendo rechinar los neumáticos por al frenada.

-Pensé que me ibas a dejar aquí – Dijo Ayumi aún temblando un poco.

- Nha... Necesito recuperar mi impermeable.

Al llegar a el departamento de Ayumi en la calle Bartolomé Mitre al 2100 esta se bajo y le dio el impermeable quedando completamente desnuda en la puerta del edificio con una clara invitación a subir a su departamento en los ojos. Pero no se sorprendió cuando la puerta se cerró nuevamente sola y el auto arranco sin sonido alguno y se perdió en la esquina.

Angela, la encargada del edificio que se hallaba baldeando la vereda, la miro extrañada pero no del todo sorprendida y se apresuro a quitarse el guardapolvo que usaba habitualmente para cubrirla.

-¿Una noche movida, Ayumi?

Con una breve sonrisa Ayumi contesto: - ¡Como todas!

Un mes después y siempre de manera mágica apareció en su departamento y

sin mediar palabra la poseyó.

Solo por que él dejó caer su billetera descubrió una credencial de investigador privado. Y supo de alguna manera que lo había hecho a propósito. En la credencial su nombre era Boris, así de simple y así de inquietante, solo Boris. Ni nombre de pila, ni especificación si es que se trataba de su apellido o que. Pero la credencial era autentica o al menos reflejaba algún poder. La había utilizado con la policía en más de una oportunidad y los agentes cumplieron sus requerimientos con reverencia y, aunque esto es solo una suposición propia, algo de temor.

Solo llámame tenuemente

Estaré en la noche

En la oscuridad.

El haiku que Boris le había dejado escrito en una servilleta de papel y ella colocó pegándola con una chinche a la pared sonaba ominoso en lugar de reconfortante.

Le hubiera encanto poder llamarlo para contarle lo nerviosa que estaba esperando un llamado. Pero Boris no estaba para eso.

Se puso unos pantalones livianos de algodón y una camiseta enorme y calzó sus pies con sus clásicas pantuflas con caras de conejo. Se acerco a la ventana pero la noche solo le devolvió su reflejo.

-¿Dónde estás Boris? - Sabia que si lo pronunciaba tres veces a la noche... Boris aparecería - ¿Dónde estás Bor...? – El sonido de su celular la sobresalto.

- ¿Ayumi Fénix? – Dijo la firme vos de un hombre del otro lado de la

línea

- ¿Si? – Ayumi sintió aún más frío

- ¿Ese es su nombre autentico? –

- Si - mintió deliberadamente-

- Bien -dijo descreída la vos – Habla Kenzo Ishikawa. Venga inmediatamente a la redacción del “Tokio Baires” me interesó su propuesta.

- Oh... Bien. Estaré ahí en unos minut... – el sonido de la línea muerta la interrumpió... – Genial – Exclamo muy bajo y se levantó para cambiarse de ropa.

La Entrevista

- ¿Ayumi Nikkei?, pensé que su nombre era Ayumi Fénix – le dijo el hombre mirándola sarcásticamente por sobre los papeles que tenía en la mano.

- Nikkei es mi apellido real, “Fénix” es mi nombre de... de... batalla, digamos

( “Todo un discurso” pensó Ayumi y trago disimuladamente saliva.)

- ¿Nombre de batalla? – Ayumi movió los labios para decir algo pero la boca se le lleno de saliva y le ahogo la respuesta – Entiendo – completó el hombre y descartó la conversación poniéndose de pie.

Aún en la inmensa habitación al hombre se lo veía grande. Enorme para ser oriental. Kenzo Ishikawa era una de las fuerzas más poderosas en medios de comunicación de todo Japón y desde hacia seis meses había hecho base en Argentina. En este país la colonia japonesa era grande y aumentaba día a día por lo cual el magnate nipón decidió manejar personalmente la apertura de la versión “argentina” del periódico “Tokio City” más una revista que aun no tenía nombre. Una nueva revista no era novedad pero sí esta apuntaba también al mercado occidental haría que trabajar en un medio tan prestigioso como el “Tokio City (o su versión nacional “Tokio Baires”) ya fuese mucha cosa. Pero si además podía colaborar o estar en la planta permanente de esta nueva publicación con la poca experiencia que ella tenía sería más vale... Un milagro.

-Necesito a alguien como usted señorita Fénix ¿Debo llamarla Fénix? Alguien que tenga digamos... Esa visión... Un tanto occidental y porteña. ¿Nació en San Telmo, no es así?

- Si. De padres japóneses.

- Claro... Nikkei... ¿Habla japónes?

- Bueno… Yo… - balbuceó pero no llegó a formar una oración. Ishikawa se dió la vuelta y se estaba sirviendo bebida de una botella de cuello corto.

- ¿Le molesta si me sirvo una copa?

Ayumi no se molestó en contestar. Sabia que le molestara o no tomaría esa copa de todos modos.

- La investigación a la que quiero que se dedique es acorde a sus...Digamos... “talentos”...– camino resuelto hacia su enorme escritorio, reviso brevemente varios papeles y saco uno en particular que pareció provocarle una extraña y oscura alegría - ¿Detective privado? ¿Es usted periodista y detective privado?

Por algún motivo, tal ves por que Ayumi se sentía profanada en su intimidad o por que ese magnate, arrogante e inmortal se estaba deleitando con torturarla durante la entrevista sintió una furia fresca y dulce crecer dentro de ella que buscaba brotar como un beso espontáneo. Pensó que ningún trabajo merecía la pena pasar por esto y ese solo pensamiento la relajo inmediatamente. Decidió darle a la charla una oportunidad más pero la última, y sin miedo ni nada que perder (Bueno... Tal ves otros tres meses sin trabajo) respondió.

- Mi especialidad es la investigación señor Ishikawa. No existe mucha diferencia si lo que se investiga es el paradero de una historia como lo hace cualquier periodista o el de una persona o un determinado caso que...

-¿Y... Un marido infiel? – Interrumpió secamente Ishikawa –

-¿Perdón?

-¿Alguna vez tuvo que investigar a un marido infiel? – Ayumi trato de leer en los ojos del prohombre que trataba de decir, si estaba bromeando, o solo la estaba poniendo aprueba; pero una sombra oscura y cruel velaban sus ojos con una siniestra gravedad.

-No... No tomo... casos... de infidelidad– apenas alcanzo a articular Ayumi temblando como una hoja pero no desvió la mirada.

Ishikawa la miró por unos instantes más. Ayumi pudo sentir que en ese

momento estaba por catalogarla de forma definitiva y pronto le diría si estaba o no dentro del juego. Con una extraña y carnavalesca risa el magnate se acerco y le estrecho la mano derecha sujetándosela entre sus enormes manos, con sacudidas breves y vertiginosamente rítmicas y la sonrisa del gato “Maneki Neko” estampada en su rostro lo que lo desfiguraba un poco confiriéndole un aire más infausto que cómico o amable. Creando con esa actitud, tal vez la mayor de las confusiones en la cabeza de Ayumi esa noche.

Ella solo alcanzó a esbozar una breve sonrisa y a agradecer con pequeñas inclinaciones de cabeza acompañando los movimientos involuntarios de su mano.

- ¡Muy bien señorita Fénix! El puesto es suyo... Ahora bien. Le diré de que se trata la investigación – sin esperar reacción de ningún tipo se dirigió al pequeño bar y sirvió dos vasos de un liquido transparente que al probarlo Ayumi comprobó que era sake .

- La historia en si es sobre “La Joya que Rie” – Mi secretaria le dará los detalles... Ya es tarde y usted debe conducir. Buenas Noches – como si se tratase de una ceremonia Ishikawa se instaló de espaldas mirando la lluviosa noche por el inmenso ventanal que poseía su oficina ignorando por completo a Ayumi y dando por terminada la entrevista.

Ayumi ya entendía lo suficiente como para saber que el encuentro había concluido. Se inclino respetuosamente varias veces a espaldas de su nuevo jefe y se retiró en silencio.