sábado, 15 de septiembre de 2007

Capítulo7

Natalia, Enrique, y un cementerio

- Esto es todo –preguntó Boris.

- Todo lo que te puedo decir yo – Exclamó con calma Enrique.

Enrique era el dueño de la librería “El Castillo” En Junín 381, casi esquina Corrientes. Un ser agradable y callado que conocía vida y obra de cada personaje nocturno de la noche de Buenos Aires.

Ayumi nunca le había conocido un amigo en el mundo a Boris salvo por ese hombre barbado de mirada serena y modales encantadores y educados.

Boris lo profesaba un profundo rendibú a sus conocimientos y cuando Ayumi quiso hacer una broma diciendo que era “mejor que la Internet”

Boris le dio una palmada en el trasero lo suficientemente fuerte como para dejarle la cola “picando”. Boris no era una persona que le tuviera mucha admiración y respeto a alguien o algo pero, sin embargo, Enrique parecía ser el único mortal sobre la tierra que él sentía algo parecido.

- ¿Y quien podría darme algún dato más...?

- Podrías...- Enrique guardo silencio y se quedó mirando la nada, sin embargo sus ojos se movían a toda velocidad revelando una tormentas de ideas. Luego miró dubitativamente el receptor telefónico y sin decir palabra marcó un numero y habló quedamente por unos instantes.

- Hay una chica, se llama Natalia. Vive en esta zona pero conoce mucho por que es artesana y vende sus productos de puerta en puerta. Ella fue la que pudo ver la “Joya” sin tener mayores problemas. Le pedí que viniera.

Ayumi tocó suavemente el brazo de Boris y le indicó con la mirada que saldría a la calle. Necesitaba aire fresco y pensar en lo que había pasado la noche anterior.

Luego de que Aiko le hubiese abierto la puerta de calle a su misteriosa y anónima amiga con la cual la encontró haciendo el amor, y que en un primer momento o golpe de vista o como quieran llamarlo, le pareció que era...

Bueno, no estaba segura de lo que pensó que era. Parecía un marciano de “Marte Ataca” de la película de Tim Burton.

Se acostó desganada en su cama temblando por que la noche había sido dura y por momentos aterradora.

Andá armada...

Todavía no había podido hablar con Boris sobre el tema, pero su advertencia le latía en los oídos con el ritmo de su propio corazón.

Un dolor tenue pero tenaz se le había instalado en la cabeza quitándole el apetito y el sueño y las ganas de cualquier cosa en general.

Aiko se sentó silenciosamente a su lado y le toco con dulzura la nalga izquierda en un código común que tenían para pedirse perdón mutuamente y disculparse haciendo el amor. Si entender por que Ayumi estalló.

- ¡¿Pero que te pasa nena?! ¿Seguís caliente? ¿No te alcanzo con tu amiguita que todavía querés coger conmigo? – se arrepintió en el mismo momento que la última silaba salía de su boca pero ya era tarde. Se quedó mirando a Aiko temblando de nervios y sin atinar a nada. Esperando que su amiga le propinara un merecido cachetazo y desapareciera de su habitación por esa o varias noches.

En cambio, Aiko la miró por unos segundos y luego con una sonrisa triste la abrazó y le obligo a hundir su cara entre sus breves pero cálidos pechos y así la sostuvo hasta que Ayumi perdió todo rastro de resistencia y comenzó a llorar en silencio hasta que se quedó dormida.

Supuso que luego Aiko la desnudo y la metió dentro de las frazadas. Cuando se despertó ya era de tarde y Aiko se hallaba tomando café y charlando quedó con Boris en la cocina.

Cuando se levantó Aiko le dio un beso rápido en los labios y con un seco “cuidate” se marchó.

Boris vió como Aiko se marchaba, pensativo. Luego se acercó suavemente a Ayumi, la abrazó y la beso tiernamente y le murmuró al oído: “No seas dura con Aiko. Te quiere más de lo que te imaginas”

Ayumi no le contestó, Se desprendió apaciblemente de Boris y se dirigió al baño y se quedó casi treinta minutos bajó la ducha. Cuando salió se sorprendió a ver a Boris “vestido” a la manera que ella denominaba de “combate”. Su impermeable, su sombrero de vaquero y el pañuelo que le ocultaba el rostro.

Se vistió rápidamente con un breve vestido tipo “musculosa” y unas zapatillas de básquet, tomó una campera abrigada y casi corriendo salió detrás de él que ya se encaminaba hacia la calle. No se atrevió a preguntarle si lo había ofendido y por eso reaccionaba así. Con Boris nunca, pero nunca se sabía.

El sonido estridente de un bocinazo la trajo de nuevo a la realidad. Adentro del local Boris y Enrique estallaron en una sonora carcajada y eso la tranquilizó. Si bien saber si Boris estaba ofendido o no era difícil, oírlo reír a carcajadas lo era mucho más.

Enrique lo acompaño hasta la puerta.

- Andá al “Bellagamba”, ahí la vas a encontrar. Buscá a alguien que esté con un muestrario de “bijou”

- ¿Te traigo unas empanadas? – preguntó con un guiño cómplice Boris

Enrique sonrió y levantó varias veces la cejas mientras se frotaba el estomago. Las empanadas del bar- rotíseria “Bellagamba” tenían fama poco menos que mundial. Al menos todos los bohemios, artistas, músicos y poetas lo conocían.

El “Bellagamba” queda en Rivadavia 2138, entre Junín y Uriburu. Allí frente a dos gloriosas empanadas de jamón y queso, una bella joven de unos 23 años se hallaba sentada. Supieron que era Natalia por que a su lado descansaba una carpeta repleta de aros, pulseras y collares artesanales.

Boris se presentó y luego lo hizo con Ayumi y tomó asiento frente a la joven. Ayumi que había perdido momentáneamente el interés en casi todas las cosas se dirigió hacia la bandeja de comidas, tomó un par de empanadas sin preocuparse de que estaban hechas y al pasar por la heladera una botella de cerveza “Quilmes” de litro. Mientras esperaban que le cobren en la caja recordaba la charla que había tenido durante las cuadras que separaban la librería del bar.

- Tuve mucho miedo...

- Te dije que fueras armada...

- Pero Boris... ¡Tendrías que haberme advertido algo más! – su vos se le quebró y lucho tenazmente para no llorar – ¡En una misma noche, conozco un fantasma, me trata de violar un borracho y casi me atrapa una cosa de otro mundo u otra dimensión o andá a saber que mierda... Y para colmo cuando llego a casa me la encuentro a Aiko cojiendo con un marciano que al final es una mina o anda a saber que mierda... Es como mucho ¿no...? –la vos de Ayumi se termino de diluir y el llanto afloro como una botella de gaseosa a medio destapar.

- Y, si... – exclamó apaciblemente Boris – Escuchándolo así: Suena forzado...

Ayumi lo miró atónita, con los ojos redondos como platos, sin saber que pensar. Era imposible saber si Boris estaba haciendo una broma. Su boca estaba cubierta por el pañuelo y ojos se hallaban velados por la lobreguez del sombrero.

Lo tomó del codo y lo obligó a detenerse. Desde la oscuridad, la silueta de Boris era amenazante. Solo podía ver su espalda y su sombrero recortado contra el cielo nocturno. Ayumi tragó saliva y no pudo articular palabra, temblaba de pies a cabeza y se frotaba los brazos para poder conferirse un poco de calor.

Los cielos se cerraron una ves más en ese invierno que decidió no dejar de llover jamás. Una gota enorme y dura como un botón cayó en su mejilla haciéndola parpadear. Se limpió la gota con furia, se sintió ahogada en su confusión y una profunda sensación de vulnerabilidad la embargó hasta mover impotente la cabeza en un gesto negativo.

La vos de Boris, dulce como el almíbar, le dijo “vamos” y todo rastro de pena salió de Ayumi como un ángel prófugo.

Luego de eso la tomó del hombro y la pegó a su cuerpo protegiéndola en parte de la lluvia, caminando en silencio hasta el bar.

Llegó hasta la mesa en donde Boris escuchaba y Natalia hablaba animosamente, la miró a Ayumi y le regaló una amplia sonrisa haciendo que Ayumi se sintiera cómoda de inmediato y se ganara su confianza inmediatamente.

- Todo comenzó con una apuesta – continuó Natalia su relato – Mi marido y yo estábamos cerca de Recoleta y con un grupo de amigos apostamos que nos podíamos meter en el cementerio de noche y sacar fotos, divertirnos, esas cosas... Tonterías que haces cuando tomás un poco de más...

En ese momento Boris estaba sirviendo cerveza en un vaso a Ayumi, al escuchar el comentario de Natalia detuvo en seco el movimiento, sopeso la cantidad que le había servido a Ayumi y juzgo que era suficiente.

Ella lo miró molesta, tomó la botella y se sirvió generosamente.

Una mano le pellizco suavemente un pezón de su pecho izquierdo, sobresaltándola y haciendo que derrame un poco de la ambarina bebida. En la semipenumbra del local nadie lo notó pero ella se sobresaltó sin desagrado. Ese tenía que ser Boris, el que la había pellizcado, pero... ¿Cómo diablos lo había hecho, si tenia ambas manos entrelazadas sobre la mesa y a la ves apoyaba su mentón en ellas mientras escuchaba con atención a Natalia?

¿Podría no haber sido él...? Tanto fantasma dando vueltas por ahí últimamente...

Boris la miró de reojo furtivamente y pudo ver en su mirada la chispa traviesa que de tanto en tanto anidaba en sus pupilas denunciando que indudablemente había sido él quien la había pellizcado. ¿Cómo? Bueno... Era Boris, patriarca de las cosas raras e imposibles, pero que indudablemente la cuidaba y se preocupaba por ella. Nunca le diría que la quería y mucho menos que la amaba... Pero le brindaba tranquilidad en ese momento y eso era todo lo que ella necesitaba.

Más serena decidió prestar atención a la historia de Natalia.

- Entrar al Cementerio no fue ningún problema – continúo la joven artesana que había dado cuenta de una de las empanadas y comenzaba alegremente a consumir la otra – Alan, mi marido, le dio unos pesos al cuidador que ya de por si estaba algo ebrio y nos dejó pasar. Al principio yo tenía miedo, pero después fue como que me acostumbre. De afuera venia bastante luz, los sonidos de la avenida, los autos. Estaban mis amigos y mi marido. Habíamos encontrado falso valor en la bebida, en fin... Lo típico.

Después Alan se puso a contar una historia de terror. Él es actor y tiene la voz impostada y realmente es muy bueno para contar historias. Nos sentamos al pie de un monumento mortuorio a escuchar su relato. Luego de ese vino otro y otro y otro más, hasta que de a poco comenzamos a asustarnos de verdad. Alan parecía estar disfrutando enormemente la situación. No notamos como sigilosamente habían desaparecido algunos de nuestros amigos. Cuando varios de ellos saltaron desde un pequeño muro en medio de la parte más aterradora del relato todos salimos corriendo despavoridos.

Yo solo corrí, me pareció que una de mis amigas corría a mi lado y me decía: “Dale Naty... Corré, corré... “ Pero no había nadie conmigo. No sé si me perdí o nunca hubo una amiga a mi lado. Recién cuando me calme y además no podía dar un paso más, me detuve y para mi terror no tenia la menor idea de donde estaba.

Pero lo que si sabia a ciencia cierta es que estaba sola en un cementerio... De noche.

Comencé a caminar siguiendo mi intuición y diciéndome a cada rato que no tenga miedo, que no podía pasarme nada que a lo sumo iban a aparecer en cualquier momento algunos de los tontos de mis amigos o mi marido preocupado y con cara de perro que tiró la olla, deshaciéndose en disculpas por haberme asustado. Por eso tenés que entender que cuando empezaron a pasar las primeras cosas raras no pensé que estaba frente a algo sobrenatural, pensé que era una broma de los chicos...

Jamás pensé que estaba atravesando el umbral que separa la tierra de los vivos a la de los muertos...

viernes, 7 de septiembre de 2007

Capítulo6

Una charla realmente a solas

- Le sugiero que se coloque esas cositas con las que escuchan música.

- ¿Se refiere a esto? –Ayumi le mostró unos minúsculos auriculares.

- Correcto. Pero no los conecte. Así podrá escucharme y la gente no pensará que está tan loca cuando me conteste o quiera preguntar algo.

“¿Tan loca?” Pensó. Pero a esta altura de los acontecimientos Ayumi hacía caso a casi todo lo que Jerónimo Sebastián le decía.

Caminando por la avenida Rivadavia le llevó tres cuadras comprobar que nadie notaba la presencia del poeta. Incluso paró a un policía y le preguntó una dirección que ya conocía y le pidió por lo bajo que la ayudara ya que pensaba que la venían siguiendo. El oficial la miró con unos serenos ojos celestes y luego observo por encima del hombro derecho de Ayumi y le espetó: “Si alguien la seguía ya no lo está haciendo” Ayumi giró y vió como JS se había sentado sobre el capot de un auto estacionado y tomaba notas en un cuaderno de tapas marrones, al notar que lo miraba saludo alegremente volviéndose a quitar su sombrero imaginario. Ayumi le agradeció al policía y cruzó la avenida viendo que el oficial la seguía con la mirada durante unos instantes y luego volvía a su ronda habitual.

Convencida se sentó en el Mac Donald de Uriburu y Rivadavia, se pidió una hamburguesa con queso y una coca y por puro reflejo se le escapo un “vos querés algo” que maldijo inmediatamente al saber que la cajera la miraba atónita y mientras JS le contestaba que “No gracias” la cajera le decía lo mismo en un perfecto dueto bizarramente sincronizado.

Se sentó en una mesa apartada en el piso superior y mientras fingía comer hablaba con su fantasmal amigo.

Jerónimo Sebastián Griballdi era un poeta advenedizo de comienzo del siglo veinte. En el año 1902 se enamoró de Doña Florencia Maria De Marquez y Terra que no era más que una chiquilla de dieciséis años que, ya estaba prometida a Elindo Marquez y Terra, un exportador de cueros vírgenes y pieles. Comerciante de circunspecta pero abundante fortuna. La joven no podía, según las leyes tácitas de los códigos morales de la época, darle su amor al poeta para el resto de la eternidad, pero si podía, digamos, prestárselo un ratito de tanto en tanto. Naturalmente los amantes comenzaron sus aventuras con precaución, pero el amor o la desidia hizo que cada vez más a menudo flaquearan las normas de seguridad.

Los encuentros emprendieron con sendas lecturas de poemas desde el balcón, luego en el living, finalmente en la alcoba y por último la lectura fue suplida por la practica de otras artes, la situación duró unos meses hasta que finalmente don Elindo los sorprendió en plena faena amorosa.

Elino Marquez y Terra era un hombre bueno según la leyenda y un perezoso

de primera según Jerónimo Sebastián, para cualquiera de los dos casos en lugar de lavar la afrenta con sangre solo se limitó a pedirles a los amantes que se despidieran y se largó a vivir a Europa con su amada mujercita dejando a JS solo y con un montón de poemas que leerle y más aún de ejercicios amatorios sin practicar.

Sin saber como reaccionar JS amenazó con matarse, pero esto no impresionó en lo absoluto a don Elindo y por cierto tampoco sobrecogió a doña Florencia que se hallaba ampliamente entusiasmada ante la posibilidad de conocer París la ciudad luz.

Por ende JS se suicido sin modificar mucho la vida social del Buenos Aires del momento, ni la de Doña Florencia Maria De Marquez y Terra que esa misma tarde embarco rumbo a Europa.

Inspirado en viejos relatos de “muertes blancas” JS se cortó las venas en el jardín del frente de la casa de Doña Florencia, sin tener la precaución de comprobar si la dueña de casa se hallaba habitándola aún.

De nada valieron los baladros de dolor emitidos por la angustiada garganta del poeta clamando por su amada. Cuando casi perdíó la conciencia por completo comprobó que su cortejada había emigrado en el día.

Por sus pocas fuerzas no pudo ni traspasar el portón de calle y entre convulsiones falleció en silencio.

Abrió los ojos y comprobó que las cosas no habían cambiado mucho, salvo que su cuerpo se hallaba tirado en un inmenso charco de sangre, se sentó atónito a observar mientras su cerebro le indicaba que finalmente había enloquecido de amor o de cualquier otra cosa y lo que estaba ocurriendo era solo jugarretas de su azolado cerebro.

Pero Siguiendo los procesos predecibles, es decir: la vecina que descubrió el cadáver y dio aviso a la policía, estos llegando al lugar, el carro con los enfermeros y el medico que dio constancia de su muerte, los sirvientes lavando todo y nuevamente la normalidad.

Todo ante un boquiabierto Jerónimo Sebastián que por fin comprendía que su existencia se había transformado en una no-entelequia.

Luego la historia es aún más sencilla. Decidido a purgar su amor durante toda la eternidad pasó un tiempo sentado en las escalinatas llorando y pensando en su amada, al menos hasta que descubrió que existían otros seres como él y su curiosidad como escritor pudo más que su alma de poeta dedicada a un amor frustrado y comenzó a deambular por donde se le permitía, que no era mucho, solo las tierras originales que pertenecían al oneroso Elindo que por otra parte decidió vender todo y radicarse en Francia.

Ayumi lo miraba con los ojos redondos como platos y obligándose a mirar hacia otro lado cada tanto y a mover la cabeza como si escuchase música. Pero por momentos se quedaba embelesada mirando a su “amigo” fantasmal y sin poder centrarse.

Desde que lo conocía a Boris que las cosas sobrenaturales se habían vuelto habituales, pero ya desde sus orígenes, su pueblo era muy creyente de esas cosas – Acusados de supersticiosos – pensó con ironía – Donde quedaran ahora las risas occidentales si les dijera que estaba en Mc Donald placidamente charlando con un fantasma.

-Así que antes de que lo pregunte joven niña: Si. Acaecen otros fantasmas – La sacó de sus cavilaciones Jerónimo Sebastián- Conozco a la “Joya que Ríe” y también puedo responderle si Dios existe o no. ¿Qué desea saber puntualmente?

- ¿Qué...? – Una azorada Ayumi miraba, para el espectador foráneo, la vacía silla enfrente suyo, con la boca semiabierta que contenía un pedazo de hamburguesa a medio masticar. Un cuadro no del todo encantador.

JS la miró por unos momentos con una clara mirada inquisitiva en los ojos, ambos permanecieron así por unos largos minutos. Finalmente elevando los ojos al cielo JS dejó escapar un suspiro, se cruzo de piernas y acomodando los volados de su camisa que asomaban por debajo de la manga de sus saco exclamó de forma afectada.

- Mi querida joven. En lo que a mi refiere, ya estoy muerto hace muchos años y por lo visto serán mucho más los que tendré que afrontar antes que mi situación se defina. Pero usted, pequeña niña, parece ser uno de esos seres conocidos como mortales y creo realmente que apreciaría saber que su tiempo, por más subjetivo que le parezca, es limitado. Y si me dice que es lo que desea saber, tanto usted como yo, podremos volver a nuestros asuntos. Y no es que no disfrute de su compañía, pero es por su tiempo que hago la aclaración.

- ¡Oh, por Dios! – Ayumi se apresuró a mascar el pedazo de comida que se hallaba en su boca con la velocidad de un ratón y casi antes de tragar preguntó -¿Existe la Joya que Ríe?

- ¡Por cierto que si! – Retomó con entusiasmo Jeremías – La “joya” posee la fascinante condición de devolver la vida a los muertos y si convenimos que a la mayoría que les sorprende la parca no desean abandonar aún el mundo mortal, su valor se vuelve mucho más gravoso todavía.

- ¿Cómo funciona?

- No estoy completamente seguro – Jeremías se rascó la barbilla soñadoramente y luego con un gesto teatral de socarronería agregó: “Pero si le puedo asegurar algo mi nipona amiga... Solo los muertos la pueden usar...”

-No me imagino a una persona viva pidiéndole a la joya que le dé vida... –comentó Ayumi con una mira vidriosa.

- Oh, no me refería a eso mi bella oriental. Solo los muertos la pueden usar por que... Si tocas la joya... Te mueres...

Ayumi caminó deambulando por las calles desiertas de Congreso tratando de acomodar sus ideas.

La charla con su primer fantasma la había dejado agotada y no de decidía volver a su casa aún. Tenía mil preguntas en su mente y no sabría como contarle algo a Aiko o que preguntarle a Boris si lo encontraba.

Jeremías le contó lo suficiente para saber como funcionaba la “Joya que Ríe” y donde encontrarla.

Aparentemente su origen era Egipcio pero sospechaba que era mucho más antigua aún.

Talismán perenne en el cuello de “Anubis”, el dios chacal. Era una ofrenda entregada por “Osiris” el dios de los muertos. Pero las hadas de las artes negras dicen que en realidad “Anubis” se lo robó a “Osiris” y que por eso la “guerra de las pirámides” terminaron con la existencia de los Faraones sobre la tierra y su capacidad de revivir, al romper la divina trinidad de “Osiris”, “Isis” y “Horus” cuando este hallo el equivalente a la muerte para un inmortal en mano de “Anubis”

Luego la joya fue robada una y otra ves, no por su valor monetario que ya de por si era abrumador sino por la incondicional fortuna de volver a la vida a los muertos.

Según escuchó Jeremías la conversación de los muertos “La Joya que Ríe” tenia el tamaño de una pequeña moneda con un orificio en el medio, que al levantarla al cielo al comenzar el ceremonial de inmortalidad, el viento que pasaba por su centro provocaba un sonido similar a la risa de pequeños niños.

“Si deseas encontrar la Joya, la puedes buscar tu misma Ayumi” – le dijo con una sonrisa magnánima Jeremías – “Pues no está lejos... En Recoleta. En el cementerio.

Algo se movió en la oscuridad detrás suyo.

Andá armada... La vos de Boris se deslizó por su mente como la lengua ansiosa de un gato.

Apretó el paso hacia la iluminada avenida cuando sintió el brazo enorme y fuerte cerrarse alrededor de su cuello.

No pudo ver a su atacante, la sujetaba con una ímpetu titánico dominándola por completo. Tal era su poderío que le costaba respirar. Ayumi pataleaba, daba codazos, y trataba de escabullirse de ese abrazo mortal, pero no lograba nada en absoluto salvo perder rápidamente su fuerzas. Pequeños puntos azules comenzaron a danzar frente a su ojos y comprendió que si no se desprendía de su agresor pronto moriría.

Los sonidos de la avenida comenzaron a volverse más distantes y apagados, respirar no le pareció de repente tan importante y de alguna forma oscura comprendió que estaba perdiendo la batalla. Entonces escucho, o creyo escuchar, con total claridad la voz de Boris gritando : ¡Ayumi, el arma, ahora!

Y con las pocas fuerzas que le quedaban pudo tomar la “Bersa” de la parte posterior de su cintura, la apoyo sobre el grueso antebrazo que parecía una tenaz boa alrededor de su cuello y disparó.

Un alarido semejante al de un ave prehistórica sonó en la noche como un enorme vidrio estrellándose contra el pavimento, la presión cesó de inmediato y Ayumi cayó de rodillas semidesvanecida, respirando a grandes bocanadas sintiendo como el aire que le entraba a los pulmones le quemaba la garganta como leche caliente.

Cuando tubo fuerzas suficientes para ponerse de pie y mirar su atacante había desaparecido sin dejar el menor rastro.

Asustada, se limpio las lagrimas del rostro y miro hacia la bóveda nocturna. Las nubes de tormenta comenzaban a cernirse nuevamente en una amenaza de lluvia torrencial que se desató de forma implacable y cruel. Entre las oscuras nubes, una forma pavorosa se alejaba volando silenciosamente.

Llegó a su departamento en un profundo estado de extenuación, abrió la puerta y la imagen que vió la hizo paralizarse en el acto.

Aiko completamente desnuda fornicaba con un ser indescriptible, mezcla de ser extraterrestre se las revistas “pulp” de los años 50 y humanoide. Cerro los ojos y sacudió la cabeza conciente de que sus ojos la habían engañado. Pudo sentir la exclamación de sorpresa de Aiko y el sonido de sus movimientos presurosos buscando su ropa.

- No... No pensé que ibas a llegar tan rápido... ¿Estas bien? – Preguntó acaloradamente Aiko mientras trataba de vestirse apresuradamente pero solo logrando enredarse más con la ropa.

- ¿Con quien estás? – Ayumi se dirigió directamente al mueble en el cual guardaba la botella de sake y se sirvió una generosa ración en un vaso de plástico que encontró y consideró medianamente limpio.

- Ah... una amiga... No pensé que ibas a venir tan rápido... Estaba preocupada...

- ¡Se nota!- Los ojos de Ayumis despedían chispas - ¿No podías irte a coger a tu casa...? Estoy cansada quisiera acostarme...

La cara de Aiko se nubló de pena pero no contesto. La interrumpió la aparición de la bellísima y misteriosa mujer que la habían interceptado en la calle.

Esta caminó desnuda hasta la parte de la mesada que oficiaba muchas veces de bar o de comedor diario y sin mediar palabra tomó la botella de sake y comenzó a beber directamente del envase.

Ayumi la observo con atención borrando de su mente la imagen anterior, de extraterrestre no tenia nada. Era la mujer más hermosa que había visto en su vida.

-No importa... _ Contestó Ayumi, furiosa sin entender muy bien por que,

pero supuso que muy intrínsecamente estaba celosa.

- No juzgues a tu amiga con tanta dureza – Exclamó repentinamente la extraña – Te ama más de lo que te imaginás... – caminó lentamente hasta una azorada Ayumi la tomó con firmeza pero con dulzura de los cabellos y la obligo a levantar el rostro para poder besarla con intensidad.

El beso fue prolongado y absolutamente delicioso. Ni aún Boris la había besado de esa forma, dejándola mareada y a punto de perder el equilibrio.

Ayumi no supo cuanto tiempo estuvo con los ojos cerrados pero pensó que no había sido más que unos segundos pero indudablemente fue más de lo que imaginó ya que la extraña estaba completamente vestida y a punto de marcharse.

La bella mujer volvió a beber un largo trago de la botella de licor y se la extendió a Ayumi sin decir palabra, esta la tomó y se abrazo al vidrio como para rescatar un poco del calor perdido por la falta de continuidad de el beso anterior.

La mujer miró a Aiko que le devolvió la mirada y sintió con la cabeza. Tomó las llaves y bajó a abrirle la puerta de calle a la extraña.

La mujer antes de irse, solo le dirigió un mirar evaluativo y tórrido a Ayumi y un guiño de ojos, un tanto obsceno a modo de despedida.

Pensando que había tenido demasiado por una noche Ayumi solo de dejó caer boca abajo en su cama.

sábado, 1 de septiembre de 2007

Capítulo5

-Ya llegamos ¿A ver la hora? – Aiko sacó su celular del cual colgaba un pequeño osito de peluche y consultó la hora.

- ¿Tiene algo que ver la hora? – preguntó Ayumi.

- Mucho. Mira la casa.

Al salir de la librería de Corrientes Ayumi guardó el libro de Prevert que había comprado en su mochila y luego tomó del cuello a una Aiko que no paraba de reírse. Mientras caminaban Aiko trataba de detener la risa de su compañera con distintas técnicas muy variadas que iban desde el estrangulamiento, las cosquillas, hacerse la ofendida, hasta, incluso, bajarle los pantalones. Pero esto ultimo no afectó en lo absoluto a su amiga y más vale consiguió el efecto contrario. Con el pantalón a media cadera y con una pequeña tanga cola less negra y plateada a la vista, un grupo de cuatro o cinco adolescentes las silbaron y comenzaron a decirle groserías. Ambas se sintieron mitad ofendidas y mitad ofensivas por lo que tomaron una actitud seria, casi solemne y se alejaron del grupo que en definitiva solo eran unos chiquillos inofensivos, pero ambas estallaron en risas contenidas al llegar a la esquina.

Al llegar a la esquina de Ayacucho y Corrientes Aiko sacó una petaca de licor de café de su mochila y se la extendió a Ayumi que la tomó maravillada y agradecida.

- ¿Qué haces, me leés la mente? – Pregunto Ayumi mientras destapaba la pequeña botella de licor.

Aiko no le contestó, se limitó a sonreír brevemente y permaneció callada mientras caminaban por Ayacucho. Recién rompió el silencio cuando se detuvo a mirar la hora en su celular.

- ¿Y que se supone que tengo que ver? – dijo Ayumi un poco más reconfortada por el alcohol.

- Prestá atención – los ojos de Aiko tenían un extraño brillo – Boris tenia razón...

Ayumi miró en dirección a donde se dirigía la vista de su amiga pero no pudo distinguir nada en un primer momento. Solo veía la ya conocida casa, supuestamente embrujada, que para ella era una casa vieja, antigua en realidad, bien conservada y con el movimiento normal de cualquier casa transformada en oficina.

Por supuesto que de noche se la veía un poco mas ominosa, tal ves algo espectral pero nada más que eso. Y la noche fría y lluviosa de julio no ayudaba en nada para conferirle el aspecto de un paisaje de Disneylandia.

-Daisy no veo na... –

- ¡Shhhhh...! – La joven oriental llevó ambos dedos índices a las distintas bocas lo que logró el silencio inmediato y un poco sobresaltado de Ayumi.

(En vos muy baja) – No me llames Daisy... y mirá bien...

Ayumi agudizó los ojos hasta casi transformarlos en dos ranuras y entonces lo

vió. Al principio con mucha dificultad pero luego la imagen era tan obvia que no comprendió como no pudo notarlo antes.

En las escaleras de mármol y en plena oscuridad se hallaba un joven, sentado con la cabeza gacha, parecía tener algo en su manos.

- ¿Quien es? – preguntó también en vos baja Ayumi, y luego agregó maliciosamente – Daisy...

- Se llama Sebastián... Jerónimo Sebastián...

- ¿Y quien es?

- No sé.

- ¿¡Como que no sabes!? ¿Y entonces que hacemos acá?

- No es tan importante lo que estamos haciendo nosotras – la vos de Aiko sonaba incógnita –lo importante es lo que está haciendo él...

- ¿Y que se supone que está haciendo?

- Volvé a mirar bien...

Y por más que al darse cuenta y en su cabeza trató de darle las vueltas suficientes para encontrarle una explicación, no la halló, y el temor se apoderó de ella de forma tan absoluta que ni el licor lograba aplacar la inquietud.

Ya que el joven estaba leyendo un libro... en la más absoluta oscuridad.

Un Encuentro

- ¿Cómo hace para ver? – Preguntó temerosa Ayumi.

- A lo mejor no le hace falta – Respondió Aiko con un tilde jocoso en la vos que Ayumi no pudo entender.

- ¿Qué...? ¿Lee braile?

- Shhh... Vamos que se está yendo.

Ayumi dirigió velozmente la mirada hacia la casa “embrujada” en cuyas escaleras el misterioso joven leía un libro en la oscuridad. Este se hallaba de pie en la vereda y caminaba en dirección de la Av. Rivadavia. Ambas mujeres comenzaron a caminar detrás de él a una distancia prudencial.

Ayumi, al pasar puntualmente por el frente de la casa, logró llamarle la atención los portones de la entrada. Eran pesados y enormes. Sin duda una persona los podría manipular sola pero no sin hacer ruido, y el muchacho no produjo ninguno al salir a la calle. El dato no le indico nada a Ayumi pero lo archivo en su carpeta de antecedentes incómodos que tarde o temprano le quitarían el sueño.

Caminaron detrás del individuo siguiéndolo por Ayacucho hasta que cruzó la Av. Rivadavia.

Ahora y ante los ojos de Ayumi la casa se le mostraba como una típica casa de terror de las películas.

Caminaron por Ayacucho, la calle luego de pasar la avenida, cambia de nombre como todas las demás y pasa a llamarse Sarandi.

Llegando casi en la esquina de Hipólito Irigoyen ocurrió.

- Aiko...

Una vos de mujer se desprendió de la oscuridad.

Ambas mujeres se inmovilizaron inmediatamente. La mano de Ayumi se deslizo de inmediato a la parte posterior de su espalda en donde descansaba su “Bersa” pero Aiko la detuvo con suavidad.

- No... Dejá... Me busca a mi...

De la oscuridad se desprendió la figura de una mujer. Una belleza de largos cabellos completamente vestida de negro. Tal ves la mujer occidental mas hermosa que Ayumi hubiese visto en su vida. Una extraña excitación la embargo de inmediato algo totalmente fuera de lo común ya que no era habitual que las mujeres la atrajeran de inmediato, si le ocurría con los hombres.

- Buenas noches... - la vos de la misteriosa extraña era aterciopelada y levemente cascada, lo que le produjo una adyacente humedad vaginal a Ayumi que se ruborizó de inmediato, como si dicha acción pudiese reflejársele en el rostro.

Aiko miró a Ayumi que con una mirada culpable, la abrazó y la beso brevemente en la boca.

- Estas sola desde acá – Boris me pidió que así fuese. No tengas miedo...

Ayumi la miro rayana en la desesperación pero sin atinar a decir nada. Su amiga desaparecía en la noche con una perfecta extraña, dueña de una belleza excepcional.

- Aiko... –atinó a decir.

Aiko se dió vuelta y corrió a abrazarla fuertemente. En sus ojos se podía ver un amor infinito y eso la tranquilizó.

- Apurate –le dijo mientras le frotaba tiernamente una mejilla – Lo vas a perder... –la tomó de los hombros y la obligó a girar, el muchacho casi se perdía de vista a dos cuadras de distancia. Con una palmadita en la cola Aiko la obligó a caminar a modo de despedida.

Ayumi comenzó a avanzar en dirección al chico pero volteaba la cabeza para poder mirar a su amiga alejándose.

Aiko le hacia señas de que continuara mientras caminaba a la par de la extraña mujer.

Cuando comenzó a perderlas de vista su instinto le dijo que corriera hacia el joven.

Marchó ágilmente en dirección contraria a Aiko. Con un ultimo vistazo hacia atrás le pareció ver que la mujer tomaba a su amiga de la cintura y la besaba con pasión. Una punzada de celos le recorrió el rostro sintiéndose irritada y humillada a la ves. Pensó que Aiko la iba acompañar hasta el final. No era su madre como para decirle que tenía que hacer, pero si eran las mejores amigas como para que la tenga en cuenta; y que no le presentara a la misteriosa dama la sacaba de lugar. No siempre compartían amantes y Aiko podía llegar a estar ausente durante meses. Le gustaba viajar y en una ocasión se fue a vivir unos meses con un pimpollo llamado Martín. Durante ese período Aiko la visitó poco y nada, suponía que pretendía hacer buena letra con el nuevo novio pero luego se entero que el chico era celoso y que le había prohibido verla. Dedujo que Aiko le hizo caso el tiempo que le duraba el enamoramiento y luego lo mandó honestamente al diablo diciéndole que se metiera sus celos ya sabía donde...

- No creas que tu amiga pretendía ofenderte...

La vos del muchacho la sobresalto de tal manera que sin pensarlo dio un pequeño respingo, se agacho y desenfundo su arma apuntándolo directamente a la cara.

- No te alarmes. El arma no es necesaria. No voy a hacerte daño...

- Perdón –dijo Ayumi guardando cuidadosamente el arma – Pero me asustó...

El hombre la miró con los ojos sonrientes y luego dirigió su mirada al cielo, respiró profundamente y estiro los brazos con placer. Comenzó a caminar dando quizás por descontado que Ayumi lo seguiría.

Ayumi comenzó a caminar despacio detrás de él para observarlo con atención. Sus rasgos eran amables y su vos educada, hablaba en castellano pero su acento parecía teñirse de una tonada foránea, antigua por momentos, nada llamativo del todo, sin embargo algo en su persona no terminaba de encajar. Cuando Jerónimo Sebastián pasó por debajo de un foco Ayumi pudo notar dos cosas. Que no era tan joven como creía y que su ropa parecía, a pesar de estar limpia y en perfecto estado, un tanto... Arcaica...

- ¿En que puedo ayudarte Ayumi?

- Por empezar... ¿Cómo sabe como me llamo? ¿Cómo sabe lo que le pasa a mi amiga? ¿Y por que piensa que puede ayudarme? (O por que pienso yo, o Boris, que este sujeto puede ayudarme) Claro que esto lo pensó, no lo dijo.

- Es una noche hermosa ¿Verdad? –Jerónimo Sebastián parecía estar paseándose por uno de los Jardines colgantes de Babilonia más que por una oscura calle de Balbanera, pensó Ayumi con pulla.

- Perdóneme que lo saque de su ensueño don JS pero hace frío, está por llover y la verdad que esta noche de hermosa no tiene un pito si me perdona la expresión.

- ¿Un pito? – Fue todo lo que le llamó la atención del chapucero comentario de Ayumi – Pobre Ur, pero creo conveniente señalar que la querida Babilonia pudo, a partir de ahí, predominar... digamos, en la Baja Mesopotámica. En especial a partir del reinado de Hammurabi. Gran hedonista por cierto...

.

- ¿De que miércoles me está hablando? Mire señor. Tenemos un amigo en común, el creé que usted puede ayudarme... –explotó Ayumi pero su acompañante no la dejo terminar.

- ¿Un amigo en común? – Hizo una caravana con un sombrero imaginario en un movimiento alegre y pintoresco -¿que amigo en común puede tener Jerónimo Sebastián Griballdi y una jovencita tan encantadora como usted?

- Boris – Lo dijo en vos baja. Como si le diera vergüenza y repentinamente comprendió que, si, sentía algo de vergüenza ya que si ese extraño sujeto le preguntase ¿Boris que o cual? no sabría que responderle.

Pero en lugar de eso, el rostro antes armonioso y radiante del mozo, se volvió oscuro e intimidante.

- Con que “Boris”... –la vos sonaba impasible y distante – ¿Y que relación creé tener usted con Boris?, si me permite preguntar... –se detuvo frente a ella y la miraba con altivez con una mano escondida en su espalda y la otra frente a su rostro. Por momentos examinaba sus uñas con estudiada atención, como para inferir una indiferencia a la pregunta que claramente le demostraba que no le era indiferente en absoluto.

- Bue- Bueno –tartamudeo desprolijamente tratando de atar cabos en su cabeza ( ¿Qué le digo? ¿Qué es mi amante? ¿Qué no tengo la menor idea de quien es pero que en la cama me hace sentir lo que nadie logró ni logrará jamás y que cada tanto comemos chau mien cocinado por Aiko siempre y cuando no estemos cojiendo o mi amiga se aleje en la noche con una perfecta desconocida dejándome sola con este tipo que no tengo la más pálida idea de que quiere ni de que quiero yo y que ya tendría que estar contestándole algo pero que no tengo la menor idea de lo que estoy pensando? Ja, ja, ja, ja, ja...)

- Chinita... Dame la guita...

Afortunadamente (por supuesto que lo de “afortunadamente” es una mera forma de decir), una vos proveniente de la oscuridad los interrumpió. Ayumi miró en dirección de donde provenía pero no pudo distinguir nada.

- Chinita... ¿So’ loquita pero me entende’?

Confusa Ayumi hizo un techo con su mano sobre los ojos, como si la persona viniera a la distancia bajo un terrible sol del mediodía.

- ¿Quién... que?

- Ah... Hablá’ bien al menó, no hablá’ en gringo así que me entendé’... Dame la plata chinita...

Entonces el dueño de la vos se dejó ver ingresando lentamente al arco de luz. Un joven de unos veinte años, vestido con ropas gastadas y sucias y con evidentes signos de embriaguez se le acercaba esgrimiendo un cuchillo de mesa cuya hoja había sido afilada de forma manual hasta volverla sensatamente peligrosa.

- Vamó chinita loca. Dame la guita o so´’ boleta- El harapiento sujeto movía el arma en lentos círculos concéntricos a la altura del rostro de Ayumi, quien sopesando el peligro decidió darle lo que tenía en la billetera que llevaba en el bolsillo trasero de su ajustado pantalón amarillo. Después de comprar el libro y pagar su parte de la cena con Aiko no le quedaría más de diez o quince pesos de todas maneras. Las tarjetas de crédito estaban en la mochila en su espalda y dudaba que el joven caco se percatará de que llevaba una.

Ayumi miró de reojo a JS y le dijo por lo bajo – Déjeme a mi... Posiblemente se conforme con lo que yo llevo –rebusco en su billetera y le arrojó dos billetes de diez y uno de dos al malhechor- Tomá... y dejanos en paz...

El joven sin quitarle los ojos de encima se agacho torpemente y tomó el dinero arrugándolos como si fueran pañuelos de papel para desechar.

- Bonita chinita loca... Que poca platita que tené’... Me parece que vamo’ a tene’ que hace´otra cosa, otro negocio... ¿Po´que no me hacé un “pete” y así te va’ tranquila? – Con la misma mano que sujetaba el dinero, el joven bajó la cremallera de su pantalón y sacó su miembro flácido y sucio que semejaba a la lengüeta de un zapato abandonado hacía tiempo.

Incrédula Ayumi miró primero al miembro del ladrón durante unos segundos y luego dirigió su mirada a JS que se encogió de hombros con solazada indiferencia.

- Dale chinita loca... Chupame la verga...

La cabeza de Ayumi estalló. Si un caricaturista manga la hubiese dibujado, la hubiese hecho como una olla de presión estallando y la tapa volando por los aires mientras el vapor salía por sus orejas.

- ¡Deja´...! –la primera patada desarmó al muchacho –...de llamarme...- la segunda patada le dio en el vientre haciéndolo doblar -...chinita loca... – la tercera le dio en el mentón arrojándolo hacia atrás en un vuelo de más de un metro.

Temblando y aún con la guardia en alto Ayumi se quedó en vano esperando alguna reacción de su fallido manilargo, pero este solo se movía quedamente en el piso. JS golpeteó sus manos en un mudo aplauso simbólico y pasó por encima del malogrado individuo sorteándolo con una exagerada zancada.

Ayumi aún consternada pero haciendo esfuerzos por recuperar la compostura pasó por al lado del atacante poniéndose rápidamente a la par de su fortuito acompañante.

- Chinita loca... pero sabe’ peliar... – La vos del joven sonaba como el bufido de un gato – Chinita loca... Hablá sola, pero sabé pelia’

Una descarga de tres mil voltios no hubieran tenido mayor resultado que esas palabras en el rostro de Ayumi. Se detuvo en seco con los ojos extremadamente dilatados y se volteó lentamente hacía el personaje en el suelo.

Se acerco a él y pudo percibir que le había quebrado la nariz y la sangre le cubría toda la parte inferior del rostro, se acuclillo a su lado y trató de limpiarle el rostro con la remera misma del joven, pero este la aparto de un manotazo débil.

-¿Hablo sola?- Exclamó Ayumi inquisidoramente.

- Chinita loca... – Murmuro a modo de respuesta el joven y cerro los ojos desvanecido.

Ayumi giró la cabeza tan rápidamente en dirección de la silueta de Jerónimo Sebastián Griballdi que sus largos cabellos la golpearon en el rostro como pequeñas disciplinas.

Este sonrío y repitiendo la caravana con un sombrero inexistente exclamó - Jerónimo Sebastián Griballdi, escritor, poeta, enamorado eterno de Doña Florencia Maria De Marquez y Terra y suicidado y condenado a vagar eternamente por un amor no correspondido...

Ayumi solo atino a mover la boca dos veces como si tratara de besar el aire, pero no pudo modular palabra.

- Así es mi estimada Ayumi Fénix, amiga o algo más de el poco comunicativo Boris, el cual puedo distar no le ha comentado mi suerte...

La joven solo podía mirarlo en silencio.

-Caminemos mi joven amiga. La noche esta muy bella... Al menos que le disguste caminar junto a un fantasma...

viernes, 24 de agosto de 2007

Capítulo4

Un nueva entrevista

El mozo les llevo, sorprendido, el pedido de las jóvenes. Dos tequilas dobles.

-¿Eso te contó Boris? – Preguntó Ayumi luego de un trago a su bebida.

- Si celosa. Me dijo que le prestara atención a las cosas que los demás pasan por alto. Es una calle céntrica, la mayoría de la gente esta de paso y los vecinos viven demasiado acostumbrados al “centro” y se mueven con la misma vertiginosidad como para notarlo.

- ¿Por qué te lo dijo a vos?

- Estas hinchapelotas ¿He? – Replicó de buen humor y bebió un trago - ¿Lo ves a Boris moviéndose de día o llamándote por celular?

- No.

-¿Entonces? Esta noche vamos a hacer algo mejor que estar mirando desde acá.

- ¿Qué...? ¿Entrar...? ¿Con que excusa?

- Con ninguna. No vamos a entrar. Vamos a hablar con uno de los inquilinos de la casa pero eso solo lo podemos hacer a la noche, bien tarde.

- Estas loca. Estamos locas.

- Ajá. Señal de que me vas a acompañar. ¿Vamos a cenar? Tengo hambre.

- ¿Pero que tenés nena , “la lombriz” que no paras de comer? ¿No estarás embarazada, no?

- No sé... Preguntale a Boris...

- ¡Pelotuda!

- ¡Ja, ja, ja, ja... Vamos a buscar un bodegón que quiero comer fideos con tuco.

- Que estúpida... ¿Por qué no haces esos chistes delante de Boris?

- Ay... Cortala.

- Que idiota...

- Basta...

- Idiota...

- No podes dejar que la última palabra la tenga la otra persona ¿no?

- Imbécil...

- Anda...

Ayumi permaneció mascullando largo rato maldiciones y otras yerbas ante el cada ves más creciente buen humor de Aiko.

Caminaron por Bartolomé Mitre hasta Callao y luego tomaron Sarmiento hasta casi la esquina de Montevideo en donde Aiko cambió la idea de los fideos por la de una pizza y optaron por el Paseo la Plaza.

El tequila le había abierto el apetito a una Ayumi más calmada, y comió gustosa dos porciones de una “chica” de jamón y morrones mientras que Aiko daba alegre cuenta de casi todo el resto.

Luego caminaron un poco por Corrientes mientras fumaban un cigarrillo, cosa que raramente hacían. Para ellas fumar no era un habito, mucho menos un vicio. Pero las veces que bebían un poco más de la cuenta disfrutaban uno o dos. En este caso Ayumi ufanamente hubiera deleitado un poco más de licor de cualquier tipo. No por el frío reinante, ni por la lluvia que amenazaba con recomenzar en cualquier momento, ni para sentirse más alegre, ni para fumarse un paquete entero de cigarrillos... La cosa era que tenía un poco de miedo sin saber muy bien por que. Pero su olfato nunca le fallaba, sabía que algo estaba por ocurrir esa noche. Algo como para que Boris le dijera que fuese armada. Algo a lo que no sabía si estaba dispuesta a soportar o a temer... Tocó disimuladamente la culata de su arma que descansaba en la parte posterior de su cintura justo por debajo del brazo de Aiko para buscar un poco de remota tranquilidad.

- Sigue ahí, no te preocupes no va a ir a ningún lado solita – pareció leerle la mente su amiga – Y además no la vas a necesitar. No si lo que dijo Boris es verdad.

Si, pero Boris también me dijo que venga armada...

-¿Vos tenés tu cañón encima como siempre?

- Si mi vida. Cerquita de mi tetita izquierda, calentito y dispuesto.

Ayumi ignoró la broma de doble sentido y solo rescató el hecho que su amiga también llevaba su arma. Aiko era una tiradora excelente (además de cinturón negro de karate) cualquiera que se metiera con ella se metía en un enorme problema inversamente proporcional a su menudo cuerpo.

Caminaron por la Avenida Corrientes deteniéndose en cada librería. Aiko revolvía los volúmenes con total despreocupación y cada tanto se detenía para ojear alguno; en cambio Ayumi miraba para todos lados constantemente como una ladrona a punto de cometer una fechoría.

Un tanto embarazada de su propia actitud Ayumi se decidió a concentrarse en los libros para desatascar su cabeza de los lóbregos pensamientos que la atiborraban. En un momento un libro en particular le despertó su curiosidad. Su atención se dirigió por completo a el: “Paroles” de Jaques Prevert. Lo había visto asomado en el morral de Boris pero nunca preguntó nada sobre él.

Una noche que caminaban por la Av. Costanera Rafael Obligado cerca del Club de Pescadores por propia iniciativa él le habló del libro.

Lo hizo porque a Boris le llamó su interés un banco en el cual había un anciano sentado, este miraba el piso y estaba completamente inmóvil. Era una bella noche de verano. Las olas del Río de la Plata golpeaban rítmicamente las paredes del malecón. Las parejas caminaban abrazadas y los grupos de jóvenes reían y jugaban entre ellos vestidos con típicas ropas livianas de estío. El anciano en cambio vestía con un largo y andrajoso sobretodo negro, era el único que se lo veía tan abrigado. Bueno... Salvo Boris que siempre vestía de la misma manera, invierno o verano.

- Le desespoir est assis sur un banc – exclamó con un perfecto acento francés que Ayumi reconoció en el acto.

- Le vieillard bleme? Preguntó a su ves Ayumi, con un acento igual de perfecto.

- ¿Humm...? Oh, perdón... Es que me acorde de un poema de Jaques Prevert: Le desespoir est assis sur un banc...

- Decime como es.

- Largo y aburrido...

- No, dale...

Boris se detuvo lentamente y miro hacía la oscura bóveda de cielo en donde río y firmamento se fundían en una sola línea. Al cabo de unos segundos comenzó a recitar en francés, con un acento que hubiera convencido a cualquier parisino y una vos tan bellamente articulada que no parecía suya.

<En una plaza en un banco

Hay un hombre que nos llama cuando pasamos por allí

Lleva gafas y un viejo traje gris

Fuma un pucho y está sentado

Y nos llama cuando pasamos por allí

O simplemente hace señas

No hay que mirarlo

No hay que oírlo

Hay que pasar de largo

Hacer de cuenta que no se lo ve

Que no se lo oye

Hay que pasar de largo y apretar el paso

Si se lo mira

Si se lo escucha

Hace señas y nadie puede evitar que vayamos a sentarnos a su lado

Entonces nos mira y sonríe

Y sufrimos atrozmente

Y el hombre continua sonriendo

Y sonreímos con la misma sonrisa

Exactamente

Cuanto más sonreímos más sufrimos

Atrozmente

Cuanto más sufrimos más sonreímos

Irremediablemente

Y nos quedamos allí

Sentados tiesos

Sonrientes en el banco

Los niños juegan alrededor de nosotros

Los paseantes pasan

Tranquilamente

Los pájaros vuelan

Dejando un árbol por otro

Y nos quedamos allí

En el banco

Y sabemos que nunca más jugaremos

Como esos niños

Sabemos que nunca más pasaremos

Tranquilamente

Como esos paseantes

Que ya nunca más volaremos

Dejando un árbol por otro

Como esos pájaros.> *

* Traducido del francés( n. del a.)

Luego Boris se dio vuelta y miró por un largo momento al anciano y solo exclamó un lacónico “vamos”. Ayumi tardó en seguirlo, se quedó pensando en el poema y mirando al anciano. Revolvió en su pequeña cartera con la forma de Pokemón buscando algunas monedas y preguntándose si el anciano las aceptaría o se ofendería por su actitud. Pero al levantar la vista el viejo estaba silenciosamente de pie delante de ella, a escasos centímetros de su cara. Le sonreía con una sonrisa sin labios, permitiendo ver las encías negras y los escasos dientes podridos. Los ojos casi sin párpados la miraban fijamente. Era el rostro de una calavera, de un cadáver. De todo su cuerpo desprendía un hedor insoportable a humedad y defecación.

Ayumi paralizada por el terror lo miraba encogida extendiendo lo único que encontró en su cartera, un arrugado billete de cinco pesos.

- ¿Podrías arreglar mi linterna Miriam...? Donde voy es muy oscuro y créeme que me haría falta una... Tal ves Santiago te dé algo... La voz del viejo sonaba como si gotas de agua helada cayeran sobre una superficie muy caliente y asentía con la cabeza una y otra ves mientras un ruido bajo y profundo similar a un gorgoteo se escapaba de su estomago...

- Lo... ún-único que tengo es esto... – Tartamudeo Ayumi extendiéndole el dinero hecho un bollo.

Los ojos descarnados bajaron lentamente hacia la mano de Ayumi y luego volvieron a subir con la misma lentitud hacia sus ojos. Su sonrisa se ensancho un poco más, abrió la boca y una roja lengua larga y puntiaguda se asomó por unos segundos. Luego sus ojos se detuvieron mirando algo por detrás de Ayumi y un velo de rencor nublo su mirada confiriéndole al fin algo de humanidad. ¿Qué había visto detrás de ella? Giró rápidamente, más por pánico que curiosidad, pero solo se encontró con Boris que miraba serenamente al anciano. Una oleada de aire fresco la invadió trayéndole el inconfundible aroma del río. Volvió a voltear pero el viejo, como si jamás se hubiese movido de allí, ya se hallaba sentado nuevamente en su banco.

Se abrazó instintivamente a Boris.

- ¿Qué fue eso? – Casi grito con la vos quebrada.

- Solo un viejo – Dijo quedamente Boris y Ayumi supo que mentía por primera vez... Pero no la última.

Desde el banco, el viejo levantó lánguidamente la cabeza y la miró. Ayumi abrazada a Boris comenzó a caminar alejándose del lugar. Cuando volteó al cabo de unos minutos pudo ver que el viejo continuaba mirándola. A pesar que solo pudo ver sus ojos flotando en la noche, como dos lunas ambarinas.

Lanzó un grito que resonó en toda la librería provocando que algunos clientes levantaran la vista sorprendidos. Aiko le había estado hablando y ella concentrada en sus recuerdos no le contestaba por lo cual su amiga decidió pellizcarle la nalga derecha. El chillido provocó un incontenible ataque de carcajadas en Aiko que mientras se desternillaba de la risa la arrastraba hacia fuera del local ante la mirada simpática de todos los clientes.

- Pará demente que quiero comprar este libro.

- Bueno – exclamó Aiko mientras se limpiaba las lágrimas del rostro – Te espero afuera.

“Hoy la mato a esta yegua” Pensó con tirria mientras abonaba el libro a una joven cajera.