sábado 15 de septiembre de 2007

Capítulo7

Natalia, Enrique, y un cementerio

- Esto es todo –preguntó Boris.

- Todo lo que te puedo decir yo – Exclamó con calma Enrique.

Enrique era el dueño de la librería “El Castillo” En Junín 381, casi esquina Corrientes. Un ser agradable y callado que conocía vida y obra de cada personaje nocturno de la noche de Buenos Aires.

Ayumi nunca le había conocido un amigo en el mundo a Boris salvo por ese hombre barbado de mirada serena y modales encantadores y educados.

Boris lo profesaba un profundo rendibú a sus conocimientos y cuando Ayumi quiso hacer una broma diciendo que era “mejor que la Internet”

Boris le dio una palmada en el trasero lo suficientemente fuerte como para dejarle la cola “picando”. Boris no era una persona que le tuviera mucha admiración y respeto a alguien o algo pero, sin embargo, Enrique parecía ser el único mortal sobre la tierra que él sentía algo parecido.

- ¿Y quien podría darme algún dato más...?

- Podrías...- Enrique guardo silencio y se quedó mirando la nada, sin embargo sus ojos se movían a toda velocidad revelando una tormentas de ideas. Luego miró dubitativamente el receptor telefónico y sin decir palabra marcó un numero y habló quedamente por unos instantes.

- Hay una chica, se llama Natalia. Vive en esta zona pero conoce mucho por que es artesana y vende sus productos de puerta en puerta. Ella fue la que pudo ver la “Joya” sin tener mayores problemas. Le pedí que viniera.

Ayumi tocó suavemente el brazo de Boris y le indicó con la mirada que saldría a la calle. Necesitaba aire fresco y pensar en lo que había pasado la noche anterior.

Luego de que Aiko le hubiese abierto la puerta de calle a su misteriosa y anónima amiga con la cual la encontró haciendo el amor, y que en un primer momento o golpe de vista o como quieran llamarlo, le pareció que era...

Bueno, no estaba segura de lo que pensó que era. Parecía un marciano de “Marte Ataca” de la película de Tim Burton.

Se acostó desganada en su cama temblando por que la noche había sido dura y por momentos aterradora.

Andá armada...

Todavía no había podido hablar con Boris sobre el tema, pero su advertencia le latía en los oídos con el ritmo de su propio corazón.

Un dolor tenue pero tenaz se le había instalado en la cabeza quitándole el apetito y el sueño y las ganas de cualquier cosa en general.

Aiko se sentó silenciosamente a su lado y le toco con dulzura la nalga izquierda en un código común que tenían para pedirse perdón mutuamente y disculparse haciendo el amor. Si entender por que Ayumi estalló.

- ¡¿Pero que te pasa nena?! ¿Seguís caliente? ¿No te alcanzo con tu amiguita que todavía querés coger conmigo? – se arrepintió en el mismo momento que la última silaba salía de su boca pero ya era tarde. Se quedó mirando a Aiko temblando de nervios y sin atinar a nada. Esperando que su amiga le propinara un merecido cachetazo y desapareciera de su habitación por esa o varias noches.

En cambio, Aiko la miró por unos segundos y luego con una sonrisa triste la abrazó y le obligo a hundir su cara entre sus breves pero cálidos pechos y así la sostuvo hasta que Ayumi perdió todo rastro de resistencia y comenzó a llorar en silencio hasta que se quedó dormida.

Supuso que luego Aiko la desnudo y la metió dentro de las frazadas. Cuando se despertó ya era de tarde y Aiko se hallaba tomando café y charlando quedó con Boris en la cocina.

Cuando se levantó Aiko le dio un beso rápido en los labios y con un seco “cuidate” se marchó.

Boris vió como Aiko se marchaba, pensativo. Luego se acercó suavemente a Ayumi, la abrazó y la beso tiernamente y le murmuró al oído: “No seas dura con Aiko. Te quiere más de lo que te imaginas”

Ayumi no le contestó, Se desprendió apaciblemente de Boris y se dirigió al baño y se quedó casi treinta minutos bajó la ducha. Cuando salió se sorprendió a ver a Boris “vestido” a la manera que ella denominaba de “combate”. Su impermeable, su sombrero de vaquero y el pañuelo que le ocultaba el rostro.

Se vistió rápidamente con un breve vestido tipo “musculosa” y unas zapatillas de básquet, tomó una campera abrigada y casi corriendo salió detrás de él que ya se encaminaba hacia la calle. No se atrevió a preguntarle si lo había ofendido y por eso reaccionaba así. Con Boris nunca, pero nunca se sabía.

El sonido estridente de un bocinazo la trajo de nuevo a la realidad. Adentro del local Boris y Enrique estallaron en una sonora carcajada y eso la tranquilizó. Si bien saber si Boris estaba ofendido o no era difícil, oírlo reír a carcajadas lo era mucho más.

Enrique lo acompaño hasta la puerta.

- Andá al “Bellagamba”, ahí la vas a encontrar. Buscá a alguien que esté con un muestrario de “bijou”

- ¿Te traigo unas empanadas? – preguntó con un guiño cómplice Boris

Enrique sonrió y levantó varias veces la cejas mientras se frotaba el estomago. Las empanadas del bar- rotíseria “Bellagamba” tenían fama poco menos que mundial. Al menos todos los bohemios, artistas, músicos y poetas lo conocían.

El “Bellagamba” queda en Rivadavia 2138, entre Junín y Uriburu. Allí frente a dos gloriosas empanadas de jamón y queso, una bella joven de unos 23 años se hallaba sentada. Supieron que era Natalia por que a su lado descansaba una carpeta repleta de aros, pulseras y collares artesanales.

Boris se presentó y luego lo hizo con Ayumi y tomó asiento frente a la joven. Ayumi que había perdido momentáneamente el interés en casi todas las cosas se dirigió hacia la bandeja de comidas, tomó un par de empanadas sin preocuparse de que estaban hechas y al pasar por la heladera una botella de cerveza “Quilmes” de litro. Mientras esperaban que le cobren en la caja recordaba la charla que había tenido durante las cuadras que separaban la librería del bar.

- Tuve mucho miedo...

- Te dije que fueras armada...

- Pero Boris... ¡Tendrías que haberme advertido algo más! – su vos se le quebró y lucho tenazmente para no llorar – ¡En una misma noche, conozco un fantasma, me trata de violar un borracho y casi me atrapa una cosa de otro mundo u otra dimensión o andá a saber que mierda... Y para colmo cuando llego a casa me la encuentro a Aiko cojiendo con un marciano que al final es una mina o anda a saber que mierda... Es como mucho ¿no...? –la vos de Ayumi se termino de diluir y el llanto afloro como una botella de gaseosa a medio destapar.

- Y, si... – exclamó apaciblemente Boris – Escuchándolo así: Suena forzado...

Ayumi lo miró atónita, con los ojos redondos como platos, sin saber que pensar. Era imposible saber si Boris estaba haciendo una broma. Su boca estaba cubierta por el pañuelo y ojos se hallaban velados por la lobreguez del sombrero.

Lo tomó del codo y lo obligó a detenerse. Desde la oscuridad, la silueta de Boris era amenazante. Solo podía ver su espalda y su sombrero recortado contra el cielo nocturno. Ayumi tragó saliva y no pudo articular palabra, temblaba de pies a cabeza y se frotaba los brazos para poder conferirse un poco de calor.

Los cielos se cerraron una ves más en ese invierno que decidió no dejar de llover jamás. Una gota enorme y dura como un botón cayó en su mejilla haciéndola parpadear. Se limpió la gota con furia, se sintió ahogada en su confusión y una profunda sensación de vulnerabilidad la embargó hasta mover impotente la cabeza en un gesto negativo.

La vos de Boris, dulce como el almíbar, le dijo “vamos” y todo rastro de pena salió de Ayumi como un ángel prófugo.

Luego de eso la tomó del hombro y la pegó a su cuerpo protegiéndola en parte de la lluvia, caminando en silencio hasta el bar.

Llegó hasta la mesa en donde Boris escuchaba y Natalia hablaba animosamente, la miró a Ayumi y le regaló una amplia sonrisa haciendo que Ayumi se sintiera cómoda de inmediato y se ganara su confianza inmediatamente.

- Todo comenzó con una apuesta – continuó Natalia su relato – Mi marido y yo estábamos cerca de Recoleta y con un grupo de amigos apostamos que nos podíamos meter en el cementerio de noche y sacar fotos, divertirnos, esas cosas... Tonterías que haces cuando tomás un poco de más...

En ese momento Boris estaba sirviendo cerveza en un vaso a Ayumi, al escuchar el comentario de Natalia detuvo en seco el movimiento, sopeso la cantidad que le había servido a Ayumi y juzgo que era suficiente.

Ella lo miró molesta, tomó la botella y se sirvió generosamente.

Una mano le pellizco suavemente un pezón de su pecho izquierdo, sobresaltándola y haciendo que derrame un poco de la ambarina bebida. En la semipenumbra del local nadie lo notó pero ella se sobresaltó sin desagrado. Ese tenía que ser Boris, el que la había pellizcado, pero... ¿Cómo diablos lo había hecho, si tenia ambas manos entrelazadas sobre la mesa y a la ves apoyaba su mentón en ellas mientras escuchaba con atención a Natalia?

¿Podría no haber sido él...? Tanto fantasma dando vueltas por ahí últimamente...

Boris la miró de reojo furtivamente y pudo ver en su mirada la chispa traviesa que de tanto en tanto anidaba en sus pupilas denunciando que indudablemente había sido él quien la había pellizcado. ¿Cómo? Bueno... Era Boris, patriarca de las cosas raras e imposibles, pero que indudablemente la cuidaba y se preocupaba por ella. Nunca le diría que la quería y mucho menos que la amaba... Pero le brindaba tranquilidad en ese momento y eso era todo lo que ella necesitaba.

Más serena decidió prestar atención a la historia de Natalia.

- Entrar al Cementerio no fue ningún problema – continúo la joven artesana que había dado cuenta de una de las empanadas y comenzaba alegremente a consumir la otra – Alan, mi marido, le dio unos pesos al cuidador que ya de por si estaba algo ebrio y nos dejó pasar. Al principio yo tenía miedo, pero después fue como que me acostumbre. De afuera venia bastante luz, los sonidos de la avenida, los autos. Estaban mis amigos y mi marido. Habíamos encontrado falso valor en la bebida, en fin... Lo típico.

Después Alan se puso a contar una historia de terror. Él es actor y tiene la voz impostada y realmente es muy bueno para contar historias. Nos sentamos al pie de un monumento mortuorio a escuchar su relato. Luego de ese vino otro y otro y otro más, hasta que de a poco comenzamos a asustarnos de verdad. Alan parecía estar disfrutando enormemente la situación. No notamos como sigilosamente habían desaparecido algunos de nuestros amigos. Cuando varios de ellos saltaron desde un pequeño muro en medio de la parte más aterradora del relato todos salimos corriendo despavoridos.

Yo solo corrí, me pareció que una de mis amigas corría a mi lado y me decía: “Dale Naty... Corré, corré... “ Pero no había nadie conmigo. No sé si me perdí o nunca hubo una amiga a mi lado. Recién cuando me calme y además no podía dar un paso más, me detuve y para mi terror no tenia la menor idea de donde estaba.

Pero lo que si sabia a ciencia cierta es que estaba sola en un cementerio... De noche.

Comencé a caminar siguiendo mi intuición y diciéndome a cada rato que no tenga miedo, que no podía pasarme nada que a lo sumo iban a aparecer en cualquier momento algunos de los tontos de mis amigos o mi marido preocupado y con cara de perro que tiró la olla, deshaciéndose en disculpas por haberme asustado. Por eso tenés que entender que cuando empezaron a pasar las primeras cosas raras no pensé que estaba frente a algo sobrenatural, pensé que era una broma de los chicos...

Jamás pensé que estaba atravesando el umbral que separa la tierra de los vivos a la de los muertos...

viernes 7 de septiembre de 2007

Capítulo6

Una charla realmente a solas

- Le sugiero que se coloque esas cositas con las que escuchan música.

- ¿Se refiere a esto? –Ayumi le mostró unos minúsculos auriculares.

- Correcto. Pero no los conecte. Así podrá escucharme y la gente no pensará que está tan loca cuando me conteste o quiera preguntar algo.

“¿Tan loca?” Pensó. Pero a esta altura de los acontecimientos Ayumi hacía caso a casi todo lo que Jerónimo Sebastián le decía.

Caminando por la avenida Rivadavia le llevó tres cuadras comprobar que nadie notaba la presencia del poeta. Incluso paró a un policía y le preguntó una dirección que ya conocía y le pidió por lo bajo que la ayudara ya que pensaba que la venían siguiendo. El oficial la miró con unos serenos ojos celestes y luego observo por encima del hombro derecho de Ayumi y le espetó: “Si alguien la seguía ya no lo está haciendo” Ayumi giró y vió como JS se había sentado sobre el capot de un auto estacionado y tomaba notas en un cuaderno de tapas marrones, al notar que lo miraba saludo alegremente volviéndose a quitar su sombrero imaginario. Ayumi le agradeció al policía y cruzó la avenida viendo que el oficial la seguía con la mirada durante unos instantes y luego volvía a su ronda habitual.

Convencida se sentó en el Mac Donald de Uriburu y Rivadavia, se pidió una hamburguesa con queso y una coca y por puro reflejo se le escapo un “vos querés algo” que maldijo inmediatamente al saber que la cajera la miraba atónita y mientras JS le contestaba que “No gracias” la cajera le decía lo mismo en un perfecto dueto bizarramente sincronizado.

Se sentó en una mesa apartada en el piso superior y mientras fingía comer hablaba con su fantasmal amigo.

Jerónimo Sebastián Griballdi era un poeta advenedizo de comienzo del siglo veinte. En el año 1902 se enamoró de Doña Florencia Maria De Marquez y Terra que no era más que una chiquilla de dieciséis años que, ya estaba prometida a Elindo Marquez y Terra, un exportador de cueros vírgenes y pieles. Comerciante de circunspecta pero abundante fortuna. La joven no podía, según las leyes tácitas de los códigos morales de la época, darle su amor al poeta para el resto de la eternidad, pero si podía, digamos, prestárselo un ratito de tanto en tanto. Naturalmente los amantes comenzaron sus aventuras con precaución, pero el amor o la desidia hizo que cada vez más a menudo flaquearan las normas de seguridad.

Los encuentros emprendieron con sendas lecturas de poemas desde el balcón, luego en el living, finalmente en la alcoba y por último la lectura fue suplida por la practica de otras artes, la situación duró unos meses hasta que finalmente don Elindo los sorprendió en plena faena amorosa.

Elino Marquez y Terra era un hombre bueno según la leyenda y un perezoso

de primera según Jerónimo Sebastián, para cualquiera de los dos casos en lugar de lavar la afrenta con sangre solo se limitó a pedirles a los amantes que se despidieran y se largó a vivir a Europa con su amada mujercita dejando a JS solo y con un montón de poemas que leerle y más aún de ejercicios amatorios sin practicar.

Sin saber como reaccionar JS amenazó con matarse, pero esto no impresionó en lo absoluto a don Elindo y por cierto tampoco sobrecogió a doña Florencia que se hallaba ampliamente entusiasmada ante la posibilidad de conocer París la ciudad luz.

Por ende JS se suicido sin modificar mucho la vida social del Buenos Aires del momento, ni la de Doña Florencia Maria De Marquez y Terra que esa misma tarde embarco rumbo a Europa.

Inspirado en viejos relatos de “muertes blancas” JS se cortó las venas en el jardín del frente de la casa de Doña Florencia, sin tener la precaución de comprobar si la dueña de casa se hallaba habitándola aún.

De nada valieron los baladros de dolor emitidos por la angustiada garganta del poeta clamando por su amada. Cuando casi perdíó la conciencia por completo comprobó que su cortejada había emigrado en el día.

Por sus pocas fuerzas no pudo ni traspasar el portón de calle y entre convulsiones falleció en silencio.

Abrió los ojos y comprobó que las cosas no habían cambiado mucho, salvo que su cuerpo se hallaba tirado en un inmenso charco de sangre, se sentó atónito a observar mientras su cerebro le indicaba que finalmente había enloquecido de amor o de cualquier otra cosa y lo que estaba ocurriendo era solo jugarretas de su azolado cerebro.

Pero Siguiendo los procesos predecibles, es decir: la vecina que descubrió el cadáver y dio aviso a la policía, estos llegando al lugar, el carro con los enfermeros y el medico que dio constancia de su muerte, los sirvientes lavando todo y nuevamente la normalidad.

Todo ante un boquiabierto Jerónimo Sebastián que por fin comprendía que su existencia se había transformado en una no-entelequia.

Luego la historia es aún más sencilla. Decidido a purgar su amor durante toda la eternidad pasó un tiempo sentado en las escalinatas llorando y pensando en su amada, al menos hasta que descubrió que existían otros seres como él y su curiosidad como escritor pudo más que su alma de poeta dedicada a un amor frustrado y comenzó a deambular por donde se le permitía, que no era mucho, solo las tierras originales que pertenecían al oneroso Elindo que por otra parte decidió vender todo y radicarse en Francia.

Ayumi lo miraba con los ojos redondos como platos y obligándose a mirar hacia otro lado cada tanto y a mover la cabeza como si escuchase música. Pero por momentos se quedaba embelesada mirando a su “amigo” fantasmal y sin poder centrarse.

Desde que lo conocía a Boris que las cosas sobrenaturales se habían vuelto habituales, pero ya desde sus orígenes, su pueblo era muy creyente de esas cosas – Acusados de supersticiosos – pensó con ironía – Donde quedaran ahora las risas occidentales si les dijera que estaba en Mc Donald placidamente charlando con un fantasma.

-Así que antes de que lo pregunte joven niña: Si. Acaecen otros fantasmas – La sacó de sus cavilaciones Jerónimo Sebastián- Conozco a la “Joya que Ríe” y también puedo responderle si Dios existe o no. ¿Qué desea saber puntualmente?

- ¿Qué...? – Una azorada Ayumi miraba, para el espectador foráneo, la vacía silla enfrente suyo, con la boca semiabierta que contenía un pedazo de hamburguesa a medio masticar. Un cuadro no del todo encantador.

JS la miró por unos momentos con una clara mirada inquisitiva en los ojos, ambos permanecieron así por unos largos minutos. Finalmente elevando los ojos al cielo JS dejó escapar un suspiro, se cruzo de piernas y acomodando los volados de su camisa que asomaban por debajo de la manga de sus saco exclamó de forma afectada.

- Mi querida joven. En lo que a mi refiere, ya estoy muerto hace muchos años y por lo visto serán mucho más los que tendré que afrontar antes que mi situación se defina. Pero usted, pequeña niña, parece ser uno de esos seres conocidos como mortales y creo realmente que apreciaría saber que su tiempo, por más subjetivo que le parezca, es limitado. Y si me dice que es lo que desea saber, tanto usted como yo, podremos volver a nuestros asuntos. Y no es que no disfrute de su compañía, pero es por su tiempo que hago la aclaración.

- ¡Oh, por Dios! – Ayumi se apresuró a mascar el pedazo de comida que se hallaba en su boca con la velocidad de un ratón y casi antes de tragar preguntó -¿Existe la Joya que Ríe?

- ¡Por cierto que si! – Retomó con entusiasmo Jeremías – La “joya” posee la fascinante condición de devolver la vida a los muertos y si convenimos que a la mayoría que les sorprende la parca no desean abandonar aún el mundo mortal, su valor se vuelve mucho más gravoso todavía.

- ¿Cómo funciona?

- No estoy completamente seguro – Jeremías se rascó la barbilla soñadoramente y luego con un gesto teatral de socarronería agregó: “Pero si le puedo asegurar algo mi nipona amiga... Solo los muertos la pueden usar...”

-No me imagino a una persona viva pidiéndole a la joya que le dé vida... –comentó Ayumi con una mira vidriosa.

- Oh, no me refería a eso mi bella oriental. Solo los muertos la pueden usar por que... Si tocas la joya... Te mueres...

Ayumi caminó deambulando por las calles desiertas de Congreso tratando de acomodar sus ideas.

La charla con su primer fantasma la había dejado agotada y no de decidía volver a su casa aún. Tenía mil preguntas en su mente y no sabría como contarle algo a Aiko o que preguntarle a Boris si lo encontraba.

Jeremías le contó lo suficiente para saber como funcionaba la “Joya que Ríe” y donde encontrarla.

Aparentemente su origen era Egipcio pero sospechaba que era mucho más antigua aún.

Talismán perenne en el cuello de “Anubis”, el dios chacal. Era una ofrenda entregada por “Osiris” el dios de los muertos. Pero las hadas de las artes negras dicen que en realidad “Anubis” se lo robó a “Osiris” y que por eso la “guerra de las pirámides” terminaron con la existencia de los Faraones sobre la tierra y su capacidad de revivir, al romper la divina trinidad de “Osiris”, “Isis” y “Horus” cuando este hallo el equivalente a la muerte para un inmortal en mano de “Anubis”

Luego la joya fue robada una y otra ves, no por su valor monetario que ya de por si era abrumador sino por la incondicional fortuna de volver a la vida a los muertos.

Según escuchó Jeremías la conversación de los muertos “La Joya que Ríe” tenia el tamaño de una pequeña moneda con un orificio en el medio, que al levantarla al cielo al comenzar el ceremonial de inmortalidad, el viento que pasaba por su centro provocaba un sonido similar a la risa de pequeños niños.

“Si deseas encontrar la Joya, la puedes buscar tu misma Ayumi” – le dijo con una sonrisa magnánima Jeremías – “Pues no está lejos... En Recoleta. En el cementerio.

Algo se movió en la oscuridad detrás suyo.

Andá armada... La vos de Boris se deslizó por su mente como la lengua ansiosa de un gato.

Apretó el paso hacia la iluminada avenida cuando sintió el brazo enorme y fuerte cerrarse alrededor de su cuello.

No pudo ver a su atacante, la sujetaba con una ímpetu titánico dominándola por completo. Tal era su poderío que le costaba respirar. Ayumi pataleaba, daba codazos, y trataba de escabullirse de ese abrazo mortal, pero no lograba nada en absoluto salvo perder rápidamente su fuerzas. Pequeños puntos azules comenzaron a danzar frente a su ojos y comprendió que si no se desprendía de su agresor pronto moriría.

Los sonidos de la avenida comenzaron a volverse más distantes y apagados, respirar no le pareció de repente tan importante y de alguna forma oscura comprendió que estaba perdiendo la batalla. Entonces escucho, o creyo escuchar, con total claridad la voz de Boris gritando : ¡Ayumi, el arma, ahora!

Y con las pocas fuerzas que le quedaban pudo tomar la “Bersa” de la parte posterior de su cintura, la apoyo sobre el grueso antebrazo que parecía una tenaz boa alrededor de su cuello y disparó.

Un alarido semejante al de un ave prehistórica sonó en la noche como un enorme vidrio estrellándose contra el pavimento, la presión cesó de inmediato y Ayumi cayó de rodillas semidesvanecida, respirando a grandes bocanadas sintiendo como el aire que le entraba a los pulmones le quemaba la garganta como leche caliente.

Cuando tubo fuerzas suficientes para ponerse de pie y mirar su atacante había desaparecido sin dejar el menor rastro.

Asustada, se limpio las lagrimas del rostro y miro hacia la bóveda nocturna. Las nubes de tormenta comenzaban a cernirse nuevamente en una amenaza de lluvia torrencial que se desató de forma implacable y cruel. Entre las oscuras nubes, una forma pavorosa se alejaba volando silenciosamente.

Llegó a su departamento en un profundo estado de extenuación, abrió la puerta y la imagen que vió la hizo paralizarse en el acto.

Aiko completamente desnuda fornicaba con un ser indescriptible, mezcla de ser extraterrestre se las revistas “pulp” de los años 50 y humanoide. Cerro los ojos y sacudió la cabeza conciente de que sus ojos la habían engañado. Pudo sentir la exclamación de sorpresa de Aiko y el sonido de sus movimientos presurosos buscando su ropa.

- No... No pensé que ibas a llegar tan rápido... ¿Estas bien? – Preguntó acaloradamente Aiko mientras trataba de vestirse apresuradamente pero solo logrando enredarse más con la ropa.

- ¿Con quien estás? – Ayumi se dirigió directamente al mueble en el cual guardaba la botella de sake y se sirvió una generosa ración en un vaso de plástico que encontró y consideró medianamente limpio.

- Ah... una amiga... No pensé que ibas a venir tan rápido... Estaba preocupada...

- ¡Se nota!- Los ojos de Ayumis despedían chispas - ¿No podías irte a coger a tu casa...? Estoy cansada quisiera acostarme...

La cara de Aiko se nubló de pena pero no contesto. La interrumpió la aparición de la bellísima y misteriosa mujer que la habían interceptado en la calle.

Esta caminó desnuda hasta la parte de la mesada que oficiaba muchas veces de bar o de comedor diario y sin mediar palabra tomó la botella de sake y comenzó a beber directamente del envase.

Ayumi la observo con atención borrando de su mente la imagen anterior, de extraterrestre no tenia nada. Era la mujer más hermosa que había visto en su vida.

-No importa... _ Contestó Ayumi, furiosa sin entender muy bien por que,

pero supuso que muy intrínsecamente estaba celosa.

- No juzgues a tu amiga con tanta dureza – Exclamó repentinamente la extraña – Te ama más de lo que te imaginás... – caminó lentamente hasta una azorada Ayumi la tomó con firmeza pero con dulzura de los cabellos y la obligo a levantar el rostro para poder besarla con intensidad.

El beso fue prolongado y absolutamente delicioso. Ni aún Boris la había besado de esa forma, dejándola mareada y a punto de perder el equilibrio.

Ayumi no supo cuanto tiempo estuvo con los ojos cerrados pero pensó que no había sido más que unos segundos pero indudablemente fue más de lo que imaginó ya que la extraña estaba completamente vestida y a punto de marcharse.

La bella mujer volvió a beber un largo trago de la botella de licor y se la extendió a Ayumi sin decir palabra, esta la tomó y se abrazo al vidrio como para rescatar un poco del calor perdido por la falta de continuidad de el beso anterior.

La mujer miró a Aiko que le devolvió la mirada y sintió con la cabeza. Tomó las llaves y bajó a abrirle la puerta de calle a la extraña.

La mujer antes de irse, solo le dirigió un mirar evaluativo y tórrido a Ayumi y un guiño de ojos, un tanto obsceno a modo de despedida.

Pensando que había tenido demasiado por una noche Ayumi solo de dejó caer boca abajo en su cama.

sábado 1 de septiembre de 2007

Capítulo5

-Ya llegamos ¿A ver la hora? – Aiko sacó su celular del cual colgaba un pequeño osito de peluche y consultó la hora.

- ¿Tiene algo que ver la hora? – preguntó Ayumi.

- Mucho. Mira la casa.

Al salir de la librería de Corrientes Ayumi guardó el libro de Prevert que había comprado en su mochila y luego tomó del cuello a una Aiko que no paraba de reírse. Mientras caminaban Aiko trataba de detener la risa de su compañera con distintas técnicas muy variadas que iban desde el estrangulamiento, las cosquillas, hacerse la ofendida, hasta, incluso, bajarle los pantalones. Pero esto ultimo no afectó en lo absoluto a su amiga y más vale consiguió el efecto contrario. Con el pantalón a media cadera y con una pequeña tanga cola less negra y plateada a la vista, un grupo de cuatro o cinco adolescentes las silbaron y comenzaron a decirle groserías. Ambas se sintieron mitad ofendidas y mitad ofensivas por lo que tomaron una actitud seria, casi solemne y se alejaron del grupo que en definitiva solo eran unos chiquillos inofensivos, pero ambas estallaron en risas contenidas al llegar a la esquina.

Al llegar a la esquina de Ayacucho y Corrientes Aiko sacó una petaca de licor de café de su mochila y se la extendió a Ayumi que la tomó maravillada y agradecida.

- ¿Qué haces, me leés la mente? – Pregunto Ayumi mientras destapaba la pequeña botella de licor.

Aiko no le contestó, se limitó a sonreír brevemente y permaneció callada mientras caminaban por Ayacucho. Recién rompió el silencio cuando se detuvo a mirar la hora en su celular.

- ¿Y que se supone que tengo que ver? – dijo Ayumi un poco más reconfortada por el alcohol.

- Prestá atención – los ojos de Aiko tenían un extraño brillo – Boris tenia razón...

Ayumi miró en dirección a donde se dirigía la vista de su amiga pero no pudo distinguir nada en un primer momento. Solo veía la ya conocida casa, supuestamente embrujada, que para ella era una casa vieja, antigua en realidad, bien conservada y con el movimiento normal de cualquier casa transformada en oficina.

Por supuesto que de noche se la veía un poco mas ominosa, tal ves algo espectral pero nada más que eso. Y la noche fría y lluviosa de julio no ayudaba en nada para conferirle el aspecto de un paisaje de Disneylandia.

-Daisy no veo na... –

- ¡Shhhhh...! – La joven oriental llevó ambos dedos índices a las distintas bocas lo que logró el silencio inmediato y un poco sobresaltado de Ayumi.

(En vos muy baja) – No me llames Daisy... y mirá bien...

Ayumi agudizó los ojos hasta casi transformarlos en dos ranuras y entonces lo

vió. Al principio con mucha dificultad pero luego la imagen era tan obvia que no comprendió como no pudo notarlo antes.

En las escaleras de mármol y en plena oscuridad se hallaba un joven, sentado con la cabeza gacha, parecía tener algo en su manos.

- ¿Quien es? – preguntó también en vos baja Ayumi, y luego agregó maliciosamente – Daisy...

- Se llama Sebastián... Jerónimo Sebastián...

- ¿Y quien es?

- No sé.

- ¿¡Como que no sabes!? ¿Y entonces que hacemos acá?

- No es tan importante lo que estamos haciendo nosotras – la vos de Aiko sonaba incógnita –lo importante es lo que está haciendo él...

- ¿Y que se supone que está haciendo?

- Volvé a mirar bien...

Y por más que al darse cuenta y en su cabeza trató de darle las vueltas suficientes para encontrarle una explicación, no la halló, y el temor se apoderó de ella de forma tan absoluta que ni el licor lograba aplacar la inquietud.

Ya que el joven estaba leyendo un libro... en la más absoluta oscuridad.

Un Encuentro

- ¿Cómo hace para ver? – Preguntó temerosa Ayumi.

- A lo mejor no le hace falta – Respondió Aiko con un tilde jocoso en la vos que Ayumi no pudo entender.

- ¿Qué...? ¿Lee braile?

- Shhh... Vamos que se está yendo.

Ayumi dirigió velozmente la mirada hacia la casa “embrujada” en cuyas escaleras el misterioso joven leía un libro en la oscuridad. Este se hallaba de pie en la vereda y caminaba en dirección de la Av. Rivadavia. Ambas mujeres comenzaron a caminar detrás de él a una distancia prudencial.

Ayumi, al pasar puntualmente por el frente de la casa, logró llamarle la atención los portones de la entrada. Eran pesados y enormes. Sin duda una persona los podría manipular sola pero no sin hacer ruido, y el muchacho no produjo ninguno al salir a la calle. El dato no le indico nada a Ayumi pero lo archivo en su carpeta de antecedentes incómodos que tarde o temprano le quitarían el sueño.

Caminaron detrás del individuo siguiéndolo por Ayacucho hasta que cruzó la Av. Rivadavia.

Ahora y ante los ojos de Ayumi la casa se le mostraba como una típica casa de terror de las películas.

Caminaron por Ayacucho, la calle luego de pasar la avenida, cambia de nombre como todas las demás y pasa a llamarse Sarandi.

Llegando casi en la esquina de Hipólito Irigoyen ocurrió.

- Aiko...

Una vos de mujer se desprendió de la oscuridad.

Ambas mujeres se inmovilizaron inmediatamente. La mano de Ayumi se deslizo de inmediato a la parte posterior de su espalda en donde descansaba su “Bersa” pero Aiko la detuvo con suavidad.

- No... Dejá... Me busca a mi...

De la oscuridad se desprendió la figura de una mujer. Una belleza de largos cabellos completamente vestida de negro. Tal ves la mujer occidental mas hermosa que Ayumi hubiese visto en su vida. Una extraña excitación la embargo de inmediato algo totalmente fuera de lo común ya que no era habitual que las mujeres la atrajeran de inmediato, si le ocurría con los hombres.

- Buenas noches... - la vos de la misteriosa extraña era aterciopelada y levemente cascada, lo que le produjo una adyacente humedad vaginal a Ayumi que se ruborizó de inmediato, como si dicha acción pudiese reflejársele en el rostro.

Aiko miró a Ayumi que con una mirada culpable, la abrazó y la beso brevemente en la boca.

- Estas sola desde acá – Boris me pidió que así fuese. No tengas miedo...

Ayumi la miro rayana en la desesperación pero sin atinar a decir nada. Su amiga desaparecía en la noche con una perfecta extraña, dueña de una belleza excepcional.

- Aiko... –atinó a decir.

Aiko se dió vuelta y corrió a abrazarla fuertemente. En sus ojos se podía ver un amor infinito y eso la tranquilizó.

- Apurate –le dijo mientras le frotaba tiernamente una mejilla – Lo vas a perder... –la tomó de los hombros y la obligó a girar, el muchacho casi se perdía de vista a dos cuadras de distancia. Con una palmadita en la cola Aiko la obligó a caminar a modo de despedida.

Ayumi comenzó a avanzar en dirección al chico pero volteaba la cabeza para poder mirar a su amiga alejándose.

Aiko le hacia señas de que continuara mientras caminaba a la par de la extraña mujer.

Cuando comenzó a perderlas de vista su instinto le dijo que corriera hacia el joven.

Marchó ágilmente en dirección contraria a Aiko. Con un ultimo vistazo hacia atrás le pareció ver que la mujer tomaba a su amiga de la cintura y la besaba con pasión. Una punzada de celos le recorrió el rostro sintiéndose irritada y humillada a la ves. Pensó que Aiko la iba acompañar hasta el final. No era su madre como para decirle que tenía que hacer, pero si eran las mejores amigas como para que la tenga en cuenta; y que no le presentara a la misteriosa dama la sacaba de lugar. No siempre compartían amantes y Aiko podía llegar a estar ausente durante meses. Le gustaba viajar y en una ocasión se fue a vivir unos meses con un pimpollo llamado Martín. Durante ese período Aiko la visitó poco y nada, suponía que pretendía hacer buena letra con el nuevo novio pero luego se entero que el chico era celoso y que le había prohibido verla. Dedujo que Aiko le hizo caso el tiempo que le duraba el enamoramiento y luego lo mandó honestamente al diablo diciéndole que se metiera sus celos ya sabía donde...

- No creas que tu amiga pretendía ofenderte...

La vos del muchacho la sobresalto de tal manera que sin pensarlo dio un pequeño respingo, se agacho y desenfundo su arma apuntándolo directamente a la cara.

- No te alarmes. El arma no es necesaria. No voy a hacerte daño...

- Perdón –dijo Ayumi guardando cuidadosamente el arma – Pero me asustó...

El hombre la miró con los ojos sonrientes y luego dirigió su mirada al cielo, respiró profundamente y estiro los brazos con placer. Comenzó a caminar dando quizás por descontado que Ayumi lo seguiría.

Ayumi comenzó a caminar despacio detrás de él para observarlo con atención. Sus rasgos eran amables y su vos educada, hablaba en castellano pero su acento parecía teñirse de una tonada foránea, antigua por momentos, nada llamativo del todo, sin embargo algo en su persona no terminaba de encajar. Cuando Jerónimo Sebastián pasó por debajo de un foco Ayumi pudo notar dos cosas. Que no era tan joven como creía y que su ropa parecía, a pesar de estar limpia y en perfecto estado, un tanto... Arcaica...

- ¿En que puedo ayudarte Ayumi?

- Por empezar... ¿Cómo sabe como me llamo? ¿Cómo sabe lo que le pasa a mi amiga? ¿Y por que piensa que puede ayudarme? (O por que pienso yo, o Boris, que este sujeto puede ayudarme) Claro que esto lo pensó, no lo dijo.

- Es una noche hermosa ¿Verdad? –Jerónimo Sebastián parecía estar paseándose por uno de los Jardines colgantes de Babilonia más que por una oscura calle de Balbanera, pensó Ayumi con pulla.

- Perdóneme que lo saque de su ensueño don JS pero hace frío, está por llover y la verdad que esta noche de hermosa no tiene un pito si me perdona la expresión.

- ¿Un pito? – Fue todo lo que le llamó la atención del chapucero comentario de Ayumi – Pobre Ur, pero creo conveniente señalar que la querida Babilonia pudo, a partir de ahí, predominar... digamos, en la Baja Mesopotámica. En especial a partir del reinado de Hammurabi. Gran hedonista por cierto...

.

- ¿De que miércoles me está hablando? Mire señor. Tenemos un amigo en común, el creé que usted puede ayudarme... –explotó Ayumi pero su acompañante no la dejo terminar.

- ¿Un amigo en común? – Hizo una caravana con un sombrero imaginario en un movimiento alegre y pintoresco -¿que amigo en común puede tener Jerónimo Sebastián Griballdi y una jovencita tan encantadora como usted?

- Boris – Lo dijo en vos baja. Como si le diera vergüenza y repentinamente comprendió que, si, sentía algo de vergüenza ya que si ese extraño sujeto le preguntase ¿Boris que o cual? no sabría que responderle.

Pero en lugar de eso, el rostro antes armonioso y radiante del mozo, se volvió oscuro e intimidante.

- Con que “Boris”... –la vos sonaba impasible y distante – ¿Y que relación creé tener usted con Boris?, si me permite preguntar... –se detuvo frente a ella y la miraba con altivez con una mano escondida en su espalda y la otra frente a su rostro. Por momentos examinaba sus uñas con estudiada atención, como para inferir una indiferencia a la pregunta que claramente le demostraba que no le era indiferente en absoluto.

- Bue- Bueno –tartamudeo desprolijamente tratando de atar cabos en su cabeza ( ¿Qué le digo? ¿Qué es mi amante? ¿Qué no tengo la menor idea de quien es pero que en la cama me hace sentir lo que nadie logró ni logrará jamás y que cada tanto comemos chau mien cocinado por Aiko siempre y cuando no estemos cojiendo o mi amiga se aleje en la noche con una perfecta desconocida dejándome sola con este tipo que no tengo la más pálida idea de que quiere ni de que quiero yo y que ya tendría que estar contestándole algo pero que no tengo la menor idea de lo que estoy pensando? Ja, ja, ja, ja, ja...)

- Chinita... Dame la guita...

Afortunadamente (por supuesto que lo de “afortunadamente” es una mera forma de decir), una vos proveniente de la oscuridad los interrumpió. Ayumi miró en dirección de donde provenía pero no pudo distinguir nada.

- Chinita... ¿So’ loquita pero me entende’?

Confusa Ayumi hizo un techo con su mano sobre los ojos, como si la persona viniera a la distancia bajo un terrible sol del mediodía.

- ¿Quién... que?

- Ah... Hablá’ bien al menó, no hablá’ en gringo así que me entendé’... Dame la plata chinita...

Entonces el dueño de la vos se dejó ver ingresando lentamente al arco de luz. Un joven de unos veinte años, vestido con ropas gastadas y sucias y con evidentes signos de embriaguez se le acercaba esgrimiendo un cuchillo de mesa cuya hoja había sido afilada de forma manual hasta volverla sensatamente peligrosa.

- Vamó chinita loca. Dame la guita o so´’ boleta- El harapiento sujeto movía el arma en lentos círculos concéntricos a la altura del rostro de Ayumi, quien sopesando el peligro decidió darle lo que tenía en la billetera que llevaba en el bolsillo trasero de su ajustado pantalón amarillo. Después de comprar el libro y pagar su parte de la cena con Aiko no le quedaría más de diez o quince pesos de todas maneras. Las tarjetas de crédito estaban en la mochila en su espalda y dudaba que el joven caco se percatará de que llevaba una.

Ayumi miró de reojo a JS y le dijo por lo bajo – Déjeme a mi... Posiblemente se conforme con lo que yo llevo –rebusco en su billetera y le arrojó dos billetes de diez y uno de dos al malhechor- Tomá... y dejanos en paz...

El joven sin quitarle los ojos de encima se agacho torpemente y tomó el dinero arrugándolos como si fueran pañuelos de papel para desechar.

- Bonita chinita loca... Que poca platita que tené’... Me parece que vamo’ a tene’ que hace´otra cosa, otro negocio... ¿Po´que no me hacé un “pete” y así te va’ tranquila? – Con la misma mano que sujetaba el dinero, el joven bajó la cremallera de su pantalón y sacó su miembro flácido y sucio que semejaba a la lengüeta de un zapato abandonado hacía tiempo.

Incrédula Ayumi miró primero al miembro del ladrón durante unos segundos y luego dirigió su mirada a JS que se encogió de hombros con solazada indiferencia.

- Dale chinita loca... Chupame la verga...

La cabeza de Ayumi estalló. Si un caricaturista manga la hubiese dibujado, la hubiese hecho como una olla de presión estallando y la tapa volando por los aires mientras el vapor salía por sus orejas.

- ¡Deja´...! –la primera patada desarmó al muchacho –...de llamarme...- la segunda patada le dio en el vientre haciéndolo doblar -...chinita loca... – la tercera le dio en el mentón arrojándolo hacia atrás en un vuelo de más de un metro.

Temblando y aún con la guardia en alto Ayumi se quedó en vano esperando alguna reacción de su fallido manilargo, pero este solo se movía quedamente en el piso. JS golpeteó sus manos en un mudo aplauso simbólico y pasó por encima del malogrado individuo sorteándolo con una exagerada zancada.

Ayumi aún consternada pero haciendo esfuerzos por recuperar la compostura pasó por al lado del atacante poniéndose rápidamente a la par de su fortuito acompañante.

- Chinita loca... pero sabe’ peliar... – La vos del joven sonaba como el bufido de un gato – Chinita loca... Hablá sola, pero sabé pelia’

Una descarga de tres mil voltios no hubieran tenido mayor resultado que esas palabras en el rostro de Ayumi. Se detuvo en seco con los ojos extremadamente dilatados y se volteó lentamente hacía el personaje en el suelo.

Se acerco a él y pudo percibir que le había quebrado la nariz y la sangre le cubría toda la parte inferior del rostro, se acuclillo a su lado y trató de limpiarle el rostro con la remera misma del joven, pero este la aparto de un manotazo débil.

-¿Hablo sola?- Exclamó Ayumi inquisidoramente.

- Chinita loca... – Murmuro a modo de respuesta el joven y cerro los ojos desvanecido.

Ayumi giró la cabeza tan rápidamente en dirección de la silueta de Jerónimo Sebastián Griballdi que sus largos cabellos la golpearon en el rostro como pequeñas disciplinas.

Este sonrío y repitiendo la caravana con un sombrero inexistente exclamó - Jerónimo Sebastián Griballdi, escritor, poeta, enamorado eterno de Doña Florencia Maria De Marquez y Terra y suicidado y condenado a vagar eternamente por un amor no correspondido...

Ayumi solo atino a mover la boca dos veces como si tratara de besar el aire, pero no pudo modular palabra.

- Así es mi estimada Ayumi Fénix, amiga o algo más de el poco comunicativo Boris, el cual puedo distar no le ha comentado mi suerte...

La joven solo podía mirarlo en silencio.

-Caminemos mi joven amiga. La noche esta muy bella... Al menos que le disguste caminar junto a un fantasma...

viernes 24 de agosto de 2007

Capítulo4

Un nueva entrevista

El mozo les llevo, sorprendido, el pedido de las jóvenes. Dos tequilas dobles.

-¿Eso te contó Boris? – Preguntó Ayumi luego de un trago a su bebida.

- Si celosa. Me dijo que le prestara atención a las cosas que los demás pasan por alto. Es una calle céntrica, la mayoría de la gente esta de paso y los vecinos viven demasiado acostumbrados al “centro” y se mueven con la misma vertiginosidad como para notarlo.

- ¿Por qué te lo dijo a vos?

- Estas hinchapelotas ¿He? – Replicó de buen humor y bebió un trago - ¿Lo ves a Boris moviéndose de día o llamándote por celular?

- No.

-¿Entonces? Esta noche vamos a hacer algo mejor que estar mirando desde acá.

- ¿Qué...? ¿Entrar...? ¿Con que excusa?

- Con ninguna. No vamos a entrar. Vamos a hablar con uno de los inquilinos de la casa pero eso solo lo podemos hacer a la noche, bien tarde.

- Estas loca. Estamos locas.

- Ajá. Señal de que me vas a acompañar. ¿Vamos a cenar? Tengo hambre.

- ¿Pero que tenés nena , “la lombriz” que no paras de comer? ¿No estarás embarazada, no?

- No sé... Preguntale a Boris...

- ¡Pelotuda!

- ¡Ja, ja, ja, ja... Vamos a buscar un bodegón que quiero comer fideos con tuco.

- Que estúpida... ¿Por qué no haces esos chistes delante de Boris?

- Ay... Cortala.

- Que idiota...

- Basta...

- Idiota...

- No podes dejar que la última palabra la tenga la otra persona ¿no?

- Imbécil...

- Anda...

Ayumi permaneció mascullando largo rato maldiciones y otras yerbas ante el cada ves más creciente buen humor de Aiko.

Caminaron por Bartolomé Mitre hasta Callao y luego tomaron Sarmiento hasta casi la esquina de Montevideo en donde Aiko cambió la idea de los fideos por la de una pizza y optaron por el Paseo la Plaza.

El tequila le había abierto el apetito a una Ayumi más calmada, y comió gustosa dos porciones de una “chica” de jamón y morrones mientras que Aiko daba alegre cuenta de casi todo el resto.

Luego caminaron un poco por Corrientes mientras fumaban un cigarrillo, cosa que raramente hacían. Para ellas fumar no era un habito, mucho menos un vicio. Pero las veces que bebían un poco más de la cuenta disfrutaban uno o dos. En este caso Ayumi ufanamente hubiera deleitado un poco más de licor de cualquier tipo. No por el frío reinante, ni por la lluvia que amenazaba con recomenzar en cualquier momento, ni para sentirse más alegre, ni para fumarse un paquete entero de cigarrillos... La cosa era que tenía un poco de miedo sin saber muy bien por que. Pero su olfato nunca le fallaba, sabía que algo estaba por ocurrir esa noche. Algo como para que Boris le dijera que fuese armada. Algo a lo que no sabía si estaba dispuesta a soportar o a temer... Tocó disimuladamente la culata de su arma que descansaba en la parte posterior de su cintura justo por debajo del brazo de Aiko para buscar un poco de remota tranquilidad.

- Sigue ahí, no te preocupes no va a ir a ningún lado solita – pareció leerle la mente su amiga – Y además no la vas a necesitar. No si lo que dijo Boris es verdad.

Si, pero Boris también me dijo que venga armada...

-¿Vos tenés tu cañón encima como siempre?

- Si mi vida. Cerquita de mi tetita izquierda, calentito y dispuesto.

Ayumi ignoró la broma de doble sentido y solo rescató el hecho que su amiga también llevaba su arma. Aiko era una tiradora excelente (además de cinturón negro de karate) cualquiera que se metiera con ella se metía en un enorme problema inversamente proporcional a su menudo cuerpo.

Caminaron por la Avenida Corrientes deteniéndose en cada librería. Aiko revolvía los volúmenes con total despreocupación y cada tanto se detenía para ojear alguno; en cambio Ayumi miraba para todos lados constantemente como una ladrona a punto de cometer una fechoría.

Un tanto embarazada de su propia actitud Ayumi se decidió a concentrarse en los libros para desatascar su cabeza de los lóbregos pensamientos que la atiborraban. En un momento un libro en particular le despertó su curiosidad. Su atención se dirigió por completo a el: “Paroles” de Jaques Prevert. Lo había visto asomado en el morral de Boris pero nunca preguntó nada sobre él.

Una noche que caminaban por la Av. Costanera Rafael Obligado cerca del Club de Pescadores por propia iniciativa él le habló del libro.

Lo hizo porque a Boris le llamó su interés un banco en el cual había un anciano sentado, este miraba el piso y estaba completamente inmóvil. Era una bella noche de verano. Las olas del Río de la Plata golpeaban rítmicamente las paredes del malecón. Las parejas caminaban abrazadas y los grupos de jóvenes reían y jugaban entre ellos vestidos con típicas ropas livianas de estío. El anciano en cambio vestía con un largo y andrajoso sobretodo negro, era el único que se lo veía tan abrigado. Bueno... Salvo Boris que siempre vestía de la misma manera, invierno o verano.

- Le desespoir est assis sur un banc – exclamó con un perfecto acento francés que Ayumi reconoció en el acto.

- Le vieillard bleme? Preguntó a su ves Ayumi, con un acento igual de perfecto.

- ¿Humm...? Oh, perdón... Es que me acorde de un poema de Jaques Prevert: Le desespoir est assis sur un banc...

- Decime como es.

- Largo y aburrido...

- No, dale...

Boris se detuvo lentamente y miro hacía la oscura bóveda de cielo en donde río y firmamento se fundían en una sola línea. Al cabo de unos segundos comenzó a recitar en francés, con un acento que hubiera convencido a cualquier parisino y una vos tan bellamente articulada que no parecía suya.

<En una plaza en un banco

Hay un hombre que nos llama cuando pasamos por allí

Lleva gafas y un viejo traje gris

Fuma un pucho y está sentado

Y nos llama cuando pasamos por allí

O simplemente hace señas

No hay que mirarlo

No hay que oírlo

Hay que pasar de largo

Hacer de cuenta que no se lo ve

Que no se lo oye

Hay que pasar de largo y apretar el paso

Si se lo mira

Si se lo escucha

Hace señas y nadie puede evitar que vayamos a sentarnos a su lado

Entonces nos mira y sonríe

Y sufrimos atrozmente

Y el hombre continua sonriendo

Y sonreímos con la misma sonrisa

Exactamente

Cuanto más sonreímos más sufrimos

Atrozmente

Cuanto más sufrimos más sonreímos

Irremediablemente

Y nos quedamos allí

Sentados tiesos

Sonrientes en el banco

Los niños juegan alrededor de nosotros

Los paseantes pasan

Tranquilamente

Los pájaros vuelan

Dejando un árbol por otro

Y nos quedamos allí

En el banco

Y sabemos que nunca más jugaremos

Como esos niños

Sabemos que nunca más pasaremos

Tranquilamente

Como esos paseantes

Que ya nunca más volaremos

Dejando un árbol por otro

Como esos pájaros.> *

* Traducido del francés( n. del a.)

Luego Boris se dio vuelta y miró por un largo momento al anciano y solo exclamó un lacónico “vamos”. Ayumi tardó en seguirlo, se quedó pensando en el poema y mirando al anciano. Revolvió en su pequeña cartera con la forma de Pokemón buscando algunas monedas y preguntándose si el anciano las aceptaría o se ofendería por su actitud. Pero al levantar la vista el viejo estaba silenciosamente de pie delante de ella, a escasos centímetros de su cara. Le sonreía con una sonrisa sin labios, permitiendo ver las encías negras y los escasos dientes podridos. Los ojos casi sin párpados la miraban fijamente. Era el rostro de una calavera, de un cadáver. De todo su cuerpo desprendía un hedor insoportable a humedad y defecación.

Ayumi paralizada por el terror lo miraba encogida extendiendo lo único que encontró en su cartera, un arrugado billete de cinco pesos.

- ¿Podrías arreglar mi linterna Miriam...? Donde voy es muy oscuro y créeme que me haría falta una... Tal ves Santiago te dé algo... La voz del viejo sonaba como si gotas de agua helada cayeran sobre una superficie muy caliente y asentía con la cabeza una y otra ves mientras un ruido bajo y profundo similar a un gorgoteo se escapaba de su estomago...

- Lo... ún-único que tengo es esto... – Tartamudeo Ayumi extendiéndole el dinero hecho un bollo.

Los ojos descarnados bajaron lentamente hacia la mano de Ayumi y luego volvieron a subir con la misma lentitud hacia sus ojos. Su sonrisa se ensancho un poco más, abrió la boca y una roja lengua larga y puntiaguda se asomó por unos segundos. Luego sus ojos se detuvieron mirando algo por detrás de Ayumi y un velo de rencor nublo su mirada confiriéndole al fin algo de humanidad. ¿Qué había visto detrás de ella? Giró rápidamente, más por pánico que curiosidad, pero solo se encontró con Boris que miraba serenamente al anciano. Una oleada de aire fresco la invadió trayéndole el inconfundible aroma del río. Volvió a voltear pero el viejo, como si jamás se hubiese movido de allí, ya se hallaba sentado nuevamente en su banco.

Se abrazó instintivamente a Boris.

- ¿Qué fue eso? – Casi grito con la vos quebrada.

- Solo un viejo – Dijo quedamente Boris y Ayumi supo que mentía por primera vez... Pero no la última.

Desde el banco, el viejo levantó lánguidamente la cabeza y la miró. Ayumi abrazada a Boris comenzó a caminar alejándose del lugar. Cuando volteó al cabo de unos minutos pudo ver que el viejo continuaba mirándola. A pesar que solo pudo ver sus ojos flotando en la noche, como dos lunas ambarinas.

Lanzó un grito que resonó en toda la librería provocando que algunos clientes levantaran la vista sorprendidos. Aiko le había estado hablando y ella concentrada en sus recuerdos no le contestaba por lo cual su amiga decidió pellizcarle la nalga derecha. El chillido provocó un incontenible ataque de carcajadas en Aiko que mientras se desternillaba de la risa la arrastraba hacia fuera del local ante la mirada simpática de todos los clientes.

- Pará demente que quiero comprar este libro.

- Bueno – exclamó Aiko mientras se limpiaba las lágrimas del rostro – Te espero afuera.

“Hoy la mato a esta yegua” Pensó con tirria mientras abonaba el libro a una joven cajera.

viernes 17 de agosto de 2007

Capítulo3

Charlas, Comida y Sexo

- ¿Aiko duerme?

- Como un bebe - ¿Querés té o sake?

- Los dos. Pero dejá... Yo los preparo.

Boris se puso de pie con su acostumbrada dificultad pero silencioso como un gato, miró de reojo a Ayumi que estaba cubierta por la cobija del simpático, aunque un tanto inexpresivo gatito blanco de “Hello Kitty”. Ella le sonrío y se sentó con las piernas recogidas y apoyo su mentón sobre las rodillas. Él se colocó el pantalón. Del bolsillo trasero asomaba el mango de un puñal antiguo, caminó apoyándose suavemente en las paredes.

La habitación de Ayumi, en la cual descansaba Aiko, tenía la puerta entreabierta, se la podía ver durmiendo boca abajo. Las cobijas se habían deslizado de lado y permitían ver la espalda y parte de su bien contorneado trasero desnudo. Boris la miró por unos instantes y luego desvió la mirada hacia Ayumi que le indico con un gesto que guardara silencio. Siempre como una sombra Boris se deslizó hasta el lado de Aiko y levanto los cobertores dejando un poco más al descubierto las nalgas de su amiga. Ayumi se desasía en gestos intentando persuadirlo de que se alejara, pero la tentación de risa mutaba los movimientos a los de un malabarista de circo. Boris, sonriendo, acarició las cachas de la jovencita que se movió en sueños. Ayumi, fingiendo enojo, le arrojo un conejo de peluche con pasmosa puntería golpeando de lleno la cabeza de Boris, rebotando y cayendo directamente sobre su amiga. Con formidables reflejos Boris lo tomó a centímetros de que el muñeco tocara la piel de la jovencita.

Extendiendo el pulgar en señal de aprobación Ayumi movió varias veces la cabeza asintiendo. Boris formo un circulo con el pulgar y el índice y guiño un ojo como muestra de entendimiento y luego, igualmente, dejó caer el juguete sobre las posaderas de Aiko que no se inmutó.

Ayumi tuvo que taparse la boca con las dos manos para no reír a carcajadas.

Cuando el té estuvo listo lo colocó al lado de la botella de sake y se sentaron en el piso con las piernas cruzadas, permitiendo que el aroma de la infusión los envolviera durante unos instantes. Un observador ajeno hubiese creído que la pareja se hallaba en un profundo trance de meditación.

Finalmente fue Boris el que rompió el silencio.

- Es peligroso... –

- Lo sé...

- No. No creo que sepas que tan peligroso.

- ¿Que sabes de esto?

Boris inspiró profundamente, contuvo el aire por un momento y luego lo soltó con un inaudible silbido. Bebió en silencio un sorbo de su té y luego un largo, larguísimo trago de zake. Miró con los ojos turbios a Ayumi en un gesto de interrogación. Ella se limitó a tomarle una de sus manos, beso su palma y luego se la froto con energía e hilaridad incitándolo a hablar. Con una sonrisa triste Boris se rindió y comenzó a hablar.

- ¿Por empezar que sabes de esta leyenda?

- Bien... Que es... Un, una... un...

- Bien. No sabes nada.

- No. Nada.

- No es una persona. No es una entidad, no es un monstruo, ni una enfermedad venérea... Se trata de una joya.

- Y... si... Me imaginé... – Boris le dirigió una mirada gélida, y agregó rápidamente como para salir del paso- ¿Tanto lío por una joya?

- Revive a los muertos.

- Ah...

Un ruido bajo procedente del cuarto de Ayumi los interrumpió. Aiko se quejaba en sueños.

- ¿Qué aspecto tiene esa joya?

- Nadie lo sabe, siempre esta dentro de una pequeña bolsa de terciopelo azul.

- ¿Y entonces...? ¿Cómo se sabe que es una joya? ¿Quién la vió? Si es que alguien la vió alguna ves... Por que alguien la vió alguna ves ¿No?

- Si. Los muertos que resucitaron...

- ¿Conoces alguno?- Pregunto en tono de sorna Ayumi, pero la sonrisa se le desdibujo de la cara al ver el rostro taciturno de Boris.

-El tema es por que el señor Ishikawa tiene interés en esa leyenda...- replico Boris evadiendo la pregunta.

- Tal ves tenga que resucitar a algún muerto. Eso si la leyenda es verdad... ¿La leyenda es verdadera Boris?

Boris la miró seriamente. Algo negro y pegajoso se debatía en el interior de sus ojos cavilando antes de dar una respuesta. Cuando abrió la boca para contestar una voz soñolienta lo interrumpió.

-Tengo hambre – Dijo Aiko, solo vestida con unas medias de red hasta la cintura y un revolver Colt, calibre 357, se frotaba los ojos con pereza.

Kenzo Ishikawa, caminaba por el cuarto como en un trance ceremonial, vestido con un kimono rojo sangre, toco una de las molduras de acero del sótano de su descomunal mansión. La puerta trampa dejó a la vista un complejo sistema de cerraduras electrónicas. Escáner óptico, escáner digital más una serie de nueve dígitos de números y letras. Luego de accionarlos todos una puerta se deslizó soltando un silbido de aire, permitiéndole el paso a un ascensor que lo llevaría cuarenta metros debajo de la casa con suma velocidad.

Cuando las puertas volvieron a silbar le brindó acceso a la enorme sala, fría y solitaria. Una tenue luz azul alumbraba el único objeto de la vasta habitación.

Ishikawa permaneció unos instantes mirando directamente al frente sin bajar la vista al elemento que descansaba sobre una aséptica mesa de acero inoxidable.

Finalmente deslizó los ojos lentamente hacia abajo e inmediatamente se le llenaron de lagrimas...

Lagrimas que se estrellaron como pequeñas granadas sobre la superficie del ataúd.

Aiko, en la misma sartén, aprovechando la grasita de la panceta que había freído hacia unos instantes, agregaba carne picada y la sazonaba con sal, pimienta y ajo. Incorporó la cebolla y rehogó un rato moviendo la sartén con asombrosa habilidad. La imagen de Aiko cocinando casi desnuda en donde por momentos para alcanzar algunos de los ingredientes abría las puertas de las alacenas inferiores con los pies o acuclillándose con rapidez para tomar alguno de los elementos o poniéndose de puntillas para alcanzar los estantes más altos permitiendo que de esa manera se le viera el trasero atrapado en esas medias de red era a la ves ágil y sensual.

- ¿Como puede tener hambre? Son las tres de la mañana – Exclamo fingiendo fastidio Ayumi cuando en realidad era más una mezcla de admiración e incredulidad.

- Tal ves se trate de un desayuno prematuro – Exclamó Boris en vos baja.

Ambos cambiaron una mirada de entendimiento y escondieron sus sonrisas. Sabían muy bien lo que la amiga de ambos deseaba.

Aiko añadió una cucharadita de aceite de oliva a los huevos con panceta y a las zanahorias y se siguió rehogando un rato más, incorporo el jengibre y se dio vuelta contenta con una cuchara de madera en la mano embadurnada de la preparación...

- Ya va a estar list... – Pero la frase le quedó colgada de los labios al ver que Ayumi y Boris hacían el amor sobre la manta de “Hello Kitty”. Aiko se sonrió, bajó el fuego de la preparación y se quitó las medias para unirse al acto de los amantes.

Lo que más le gustaba en la vida a Aiko era cocinar y hacer el amor con sus mejores amigos.

Ayumi se despertó abrazada a Aiko. Como siempre Boris había desaparecido.

Una nota enrollada en la brevísima bombachita de lycra que había usado ayer, como era acostumbrado según el extraño sentido del humor de Boris decía lo siguiente.

“Buscá La Casa Embrujada... En Riobamba 144, entre Bartolomé Mitre y Perón. Andá armada

Andá armada...

Bueno, La cosa es grave. Boris no se alarmaba muy fácilmente que digamos como para mandarla a armarse para hacer una investigación.

Se sentó frente a su tocador y busco la caja de zapatos que contenía una pequeña caja azul industrial con combinación de seguridad. Tecleó los cuatro números y extrajo una pequeña pistola calibre cuarenta de acero inoxidable con cachas de nácar. A diferencia de Aiko que prefería las armas grandes como esa 357 que la acompañaba a todos lados, ella estaba enamorada de su “Bersa”, una arma nacional que superaba ampliamente a las importadas. Las cachas de nácar las había tallado especialmente Boris agregándole sus iniciales.

Tomó una ducha y revisó su cajón de ropa interior; tomó un conjunto verde limón, se colocó unos jeans muy ajustados, zapatillas, una musculosa y un suéter amarillo. Miró por la ventana y comprobó que la lluvia había amainado pero no cesado, eso la decidió por una campera resistente al agua con capucha.

Se colocó la mochila de “Pucca” con las cosas que inseparablemente la acompañaban a todos lados y su celular. Colocó el arma en la parte posterior de su espalda y la cubrió con el suéter.

- ¿Qué hora es? – La vos adormecida de Aiko la detuvo antes de salir.

- Las 10 de la mañana. El café hay que hacerlo.

- ¿Vos no desayunas?

- Mi amor... Comimos “chau mien” a las cinco de la mañana...

- Ah... Cierto... ¿Quedó...? – Preguntó mientras se frotaba la parte de atrás del cuello y giraba la cabeza para ver que le aguijoneaba en ese sitio – Boris me dejó un flor de chupón.

- Con una sonrisa Ayumi exclamó a forma de despedida – Boris no fue... Fuí yo – y cerró la puerta.

Tal como presintió la lluvia comenzaba y se detenía con la misma pericia durante todo el día. Pasó unas tres veces frente a la casa que le había indicado Boris pero nada en ella logró llamarle la atención salvo por que parecía anacrónica en ese lugar rodeada de edificios de departamentos.

Una casa en impecable estado de comienzo de siglo. Una entrada principal a la cual se llegaba por una escalera de mármol. A la derecha de la misma una pequeña entrada de garaje con grandes ventanas de cortinados blancos y postigos verdes. Toda la casa estaba cercada por una verja que terminaba en puntas de lanzas curvas y una gigantesca palmera inclinada que daba sombra a todo el frente de la casa. Si no estuviese tan cuidada parecería espectral, pero era obvio que estaba habitada por la gente que entraba y salía del lugar.

Afortunadamente en la esquina frontal había un bar desde el cual podía vigilarla perfectamente sin llamar la atención. Entró se pidió un té y sacó un libro de historietas de Masakazu Katsura.

Al mediodía sabía que no podía pasar más tiempo solo con un té, además el lugar se estaba llenando de gente que ingresaba a almorzar, la mayoría oficinistas que le dedicaban una mirada apreciativa. Llamó al mozo y le pidió el menú. Aparentemente el joven decidió que la sola mención del menú implicaba que Ayumi iba a almorzar ya que además colocó un pequeño mantel de papel, una cestita con pan, una copa, cubiertos y servilletas. Ayumi selecciono lo único que pensó que su estomago podría aceptar luego del temprano banquete de Aiko y se pidió un file de merluza a la romana con puré y una Coca.

Cuando el movimiento de comensales se fue diluyendo afortunadamente ya eran las tres de la tarde y eso le permitió tener un registro bastante claro del movimiento de la casa.

Aparentemente funcionaba una especie de institución, ignoraba de que, pero parecía algo legal, normal, al menos en apariencia.

Cuando llamó al mozo por tercera o cuarta ves en el día este pareció aliviado de escuchar que le trajera la cuenta.

Fastidiosa salió a la calle y el frió polar le corto brevemente el aliento. No camino más de media cuadra cuando una lluvia de grandes gotas heladas se desató con furia.

Perfecto.

¿Celos?

- ¿Qué hacías con Boris?

- ¿Qué te pasa nena? ¿Estás celosa?

- Mmnoo... –

¿Celosa de Aiko? No, jamás... No eran celos. Era otra cosa. Como un escozor que daba bronca y placer a la ves. ¿Por que su mejor amiga tenia que estar con su amante a sus espaldas? Pero si en más de una ocasión los dejo a solas en su departamento con toda intención ya que le había dejado especificas instrucciones a Aiko de encontrarla haciendo el amor con Boris por que le fascinaba la idea de “llegar” y verlos a los dos en su cama y desvestirse lentamente mientras se servia un sake, prendía un sahumerio y se sentaba un momento a observarlos a la par que sentía el licor caldear su cuerpo y la excitación caldear su mente. Y luego, finalmente, sumarse a ellos con un placer superlativo, libre de prejuicios, dominado solo por el goce en un éxtasis de cariño y placer. Sabia que Aiko sería capaz de cortarse una mano antes de hacerle daño y Boris... Bueno, Boris era la cosa más impredecible del planeta y por supuesto eso lo hacia especial. Lo que sentía era puramente perversa diversión. Le encantaba su fastidio y le encantaba sentir esos celos infantiles.

-Ahora, prestame atención. Mirá la casa con detenimiento.

- Estoy mirando – Resopló Ayumi.

Solu una hora antes y sin saber que hacer, Ayumi caminó unos minutos por la vereda de enfrente a la mansión bajo una incipiente pero taladrante lluvia, luego volvió a su casa y se chocó en la puerta con Aiko a la ves que sonaba su celular. La llamada era de Aiko que al verla comenzó a reírse mientras cortaba. Se dirigía a toda velocidad precisamente a encontrarla y la estaba llamando por teléfono.

La dos jóvenes volvieron al bar frente a la casa “embrujada” ya pasada la tarde y empezando a caer la noche. El mozo la reconoció y le sonrió con cara de entendimiento y se atrevió a formular sus pensamientos en vos alta “Encontraste a tu amiga... Pobre, hoy te estuvo esperando un montón” Las dos chicas sonrieron con cortesía pero no hicieron comentario alguno y tomaron asiento en el mismo lugar que Ayumi ocupara durante el día.

- Fijate bien y decime que notás – Exclamó Aiko llevándose una papa frita cubierta en ketchup que el mozo les había alcanzado junto con un tostado que pidió Ayumi.

- Que ahora no hay gente entrando y saliendo – Dijo Ayumi con la boca llena.

- Bien, Sherlock – Si es una oficina seguramente deja de atender a las cinco o seis de la tarde como mucho y ahora son las siete... –

- Si... ¿Y...? – Ayumi se servia Coca-cola en un vaso con fingida indiferencia. Odiaba cuando Aiko se ponía en “maestrita”.

- Mirá bien. No estas mirando.

- ¿Qué tengo que ver...?

- Mirá esa hoja de papel, ese envoltorio de alfajor, creo...

- Si, lo veo ¿Qué tiene? -

- ¿Para donde lo lleva el viento? -

- Ehh... Para el lado de la avenida, supongo...

- Correcto. Ahora mirá las hojas de la palmera...

Acomodar sus ojos de la luz de la calle y el tráfico a la oscuridad reinante en la copa del árbol le llevo unos segundos pero cuando lo logro, un delgado escalofrío, como una gota de cristal liquido le recorrió lentamente la columna vertebral de Ayumi desde la base del cuello hasta sus nalgas. Se extendió por su espalda como un tentáculo espeluznante que la rodeo y se detuvo en sus mejillas provocándole un fuerte rubor.

-Inquietante... ¿No es verdad? – Aiko se llevó otra papa frita a la boca. Sonreía pero sus ojos estaban fríos como un témpano.

Las hojas de la palmera se movían frenéticamente en sentido contrario al viento.

viernes 10 de agosto de 2007

Capítulo2

En Casa

Solo vestida con su ropa interior, miraba pensativa por la ventana tratando de poner en orden sus pensamientos. Sobre la pequeña mesa de la sala

descansaban como un extraño abanico los papeles que la secretaria del señor Ishikawa le había entregado...

“La joya que Rie...”

Algo raspaba suavemente la puerta de su departamento, se acerco despacio y miró por la mirilla.

Aiko.

Abrió sin tomarse la molestia de cubrirse, después de todo solo se trataba de

Aiko. Una bocanada de aire gélido la envolvió como una lengua húmeda, Aiko fingió vergüenza al verla semidesnuda luego la beso suavemente en los labios.

- Aún seguís con ese habito – Dijo Ayumi mientras deslindaba en Aiko la responsabilidad de cerrar la puerta.

- ¿Cuál habito? – Exclamo alegremente Aiko mientras cerraba con llave y colocaba los tres seguros.

- El de besarme en la boca en publico.

- No había nadie en el corredor.

-Pero podría haber habido.

- Eso tendrías que haberlo pensado antes de abrir la puerta desnuda, Cherry -contestó Aiko fingiendo estar distraída.

- No estoy desnuda – dijo con mal humor mientras se colocaba con movimientos bruscos una vieja camiseta – Y no me llames Cherry... “Daisy”.

- No me molesta que me llames Daisy. ¿Preparo el té?

- Si, por favor – La batalla estaba completamente perdida. En realidad a ninguna de las dos le molestaba sus apodos de niñas. Pero no sabían muy bien como irritarse mutuamente y esos motes eran lo único que tenían para sacarse cada tanto chispas y luego arreglarlo entre arrumacos en la cama. Pero no esta noche. Esta noche tenia que pensar en...

-Te llevo a cenar, vestite.

-¿No es un poco tarde?

-Ya sabes como dice el viejo refrán... “Nunca es tarde...” – Aiko no completo la frase por que tomó su celular y sus tarjetas de crédito y comenzó a llamar para comprobar cual tenía más solvencia. Eso decidiría a que lugar irían a comer.

-Voy a tomar una ducha antes de salir – Dijo Ayumi resignada.

En el cuarto de baño abrió ambos grifos para que el agua saliera prácticamente hirviendo. Se colocó debajo de la lluvia sintiendo como su piel respiraba excitada. Con los ojos cerrados no pudo evitar una sonrisa cuando sintió que la mampara de la bañera se deslizaba y luego los labios de Aiko comenzaron recorrerle la húmeda espalda.

En casa, de nuevo.

El trueno la despertó sin temor. Abrió los ojos y la oscuridad fosforescente de su habitación le devolvió la imagen de la inconfundible silueta enrollada de Aiko durmiendo.

Su amiga de la infancia era capaz de las hazañas más impactantes en la cama pero a la hora de dormirse lo hacía como cuando era una niña.

Luego de ir a cenar al “Cervantes” casi en la esquina de Perón y Callao, en donde siempre compartían un solo plato por lo poco que ambas comían y lo enorme de las porciones del restaurante, caminaron lentamente tomadas del brazo hasta el departamento de Ayumi, se quitaron mutuamente las ropas y se acostaron juntas en la cama en medio de un abrazo intenso y cálido.

Hubo un intento de beligerancia amorosa pero las dos se hallaban muy cansadas a esa hora de la noche como para pasar a algo mayor que unos besos y unas caricias más simbólicas que otra cosa; y luego como una pareja de ancianos amantes, sin intercambiar una palabra, ambas se durmieron cada una en los brazos de la otra.

Aiko y Ayumi crecieron juntas por ser la únicas familias japonesas que vivían cerca una de la otra en el barrio de San Telmo. Fue Aiko quien le enseño a besar a los ocho años y fue Aiko quien la ayudo cuando Ayumi decidió perder su virginidad a los trece. En la casa de Román, un apuesto jugador de básquet del Club Comunicaciones. Aiko ofició de centinela casi toda la noche cuidando de que nadie ingrese al cuarto de Román durante la fiesta de fin de curso. Luego la ayudo a llegar a su casa y la atendió. Ayumi sentía la vulva irritada y a punto de estallar. Román había tratado de ser cariñoso pero su torpeza denotaba también su virginidad y con su metro noventa y enorme pene no solo la desvirgo sino que además la lastimó. Ayumi no se sentía ni asustada ni le tomó aversión al sexo. Solo decidió que su próximo amante sería alguno de contextura más normal.

-Después dicen que el tamaño no es importante – Dijo con un breve gesto de dolor Ayumi.

- ¿Sabés que diferencia hay entre lástima y lastima? -preguntó Aiko.

- ¿El acento?

-No. El tamaño - bromeó Aiko colocando una nueva compresa entre las piernas de Ayumi y acostándose a su lado.

Al día siguiente las despertó la madre de Aiko diciéndoles que se levanten que pronto estaría la comida.

- Dejame ver como está eso – Murmuro una soñolienta Aiko y retiró la

compresa con extrema suavidad. La proximidad del rostro de su mejor

amiga en su entrepierna inquietaba a Ayumi y la excitaba a la vez, y deseaba de una manera nebulosa que su amiga le hiciera algo. Así permanecieron por lo que pareció una eternidad pero Ayumi sabía que la demora no se debía a que en su vagina hubiese algo malo ya que no le dolía más, sino que algo estaba por pasar. De manera que, cuando sintió la lengua de su amiga deslizarse por sus labios vaginales, se relajo agradecida y arqueo la espalda para que pudiera lamerla con mayor comodidad.

El beso que vino después fue más un pacto que una reacción sexual. Fue ea estipulación que por más hombres que hayan en su vidas serían amigas para siempre.

Unidas por ese amor que los hombres jamás podrán entender y que las mujeres ambicionan en secreto pero que no podrían reconocer así su vida dependiese de eso.

El segundo llamado de la madre las interrumpió. Se vistieron apresuradamente y bajaron entre risas cómplices que no eran novedad para la familia de ninguna de ellas.

Aiko se encargo de provocarla durante todo el almuerzo. La tocaba con el pie desnudo por debajo de la mesa. Comía con la boca abierta mostrándole como la comida se enroscaba con su lengua golosa o fingía colocarle la servilleta en el regazo y aprovechaba para tocarle la vulva. Ayumi se sentía mareada y sin apetito pero extremadamente feliz y cómoda. Sentía una inmensa necesidad de estar a solas con Aiko, una gigantesca curiosidad por el cuerpo de su amiga y de buscar las formas de satisfacerla como seguramente ella lo haría. Cuando la madre anunció que toda la familia saldría a dar un paseo asintieron con tranquilidad y casi al unísono esgrimieron sendas excusas para quedarse. La familia de Aiko que nunca sospecharían nada quedaron conformes y dejaron solas a las dos muchachas que se encerraron en el cuarto de Aiko toda la tarde.

Se sentaron de rodillas frente a frente, completamente desnudas y como las niñas que eran se exploraron una a la otra como jinetes en un campo nuevo, maravilladas por su propia curiosidad y plenas de gusto. Se amaron hasta entradas las primeras sombras de la noche. Brindándose una seguridad excepcional y cautivadora que las acompañaría el resto de sus vidas.

Incluso cuando compartieron amantes, incluso muchas, mujeres, lo de ellas no tenia igual.

Un nuevo relámpago y un ensordecedor trueno la trajo a la realidad. Ayumi cubrió a su compañera un poco más con la frazada sabiendo lo friolenta que era y sin hacer ruido se levantó. Tomó un cubrecama hecho de retazos embadurnado con las caritas de “Hello Kitty” y fue hasta la cocina a beber té y un poco de sake.

Los papeles del caso de “La Joya que Rie” le llamaron la atención y le arrebataron la calidez de sus pensamientos anteriores.

Boris

La distancia entre uno y otro de sus atacantes era la adecuada. Saltó y en el aire disparó ambas piernas en distintas direcciones sintiendo como la dentadura de uno y la quijada de otro se pulverizaban con el contacto de la suela de sus botas.

Aterrizo de pie mientras sus agresores aún de pie también miraban confundidos la nada, tal había sido la velocidad del contraataque que no reaccionarían hasta que sus terminales nerviosas les envió las señales inequívocas de dolor.

Sus dos atacantes cayeron de rodillas, inconscientes mucho antes de tocar el piso, otros seis agresores más bajaron apresuradamente de la larga camioneta negra que largaba un breve penacho de humo de su caño de escape. Lo rodearon rápidamente y pudo percibir que algunos llevaban armas orientales.

Tomó su bastón y lo hizo girar como aspas a una velocidad increíble. Dos de los primeros atacantes se le abalanzaron con grandes dagas con ondulantes hojas “kriss”. Fue como chocar contra un ventilador industrial. Las armas salieron volando clavándose profundamente en los pechos de otros dos bandidos que anonadados dejaron caer sus armas de fuego.

Finalmente los dos restantes atacaron al unísono, lo que provoco que sacara de adentro del bastón la fina hoja de acero toledano cortando el cuello hasta la mitad del primero y cegando de ambos ojos al segundo.

Volvió a guardar la espada dentro del bastón y de un salto trepó sobre el techo de la camioneta, rompió de un golpe el vidrio del tragaluz y sacó a su dos ocupantes. Al chofer simplemente lo arrojo a unos metros y atrajo al aterrorizado acompañante a uno centímetros de su cara.

-Por... Por favor... Boris “san”... ¡No me mate! – No... me... mat...

La mano de Boris se introdujo dentro de la boca del asustado joven oriental con la velocidad del rayo y sostuvo la lengua de este con la firmeza de una tenaza.

- No voy a matarte joven amigo – Exclamó Boris con voz fría – Pero decile a Adalberto que si vuelve a mandar a sus chicos para asustarme voy a ir a buscarlo... Y que deje trabajar a los supermercados de la zona en paz – El joven demasiado aterrado para contestar se limitó a asentir con la cabeza mientras sentía que la orina se le escapaba en los pantalones.

Boris lo soltó. Saltó a la calle y se alejo caminando con su acostumbrada dificultad. Una lluvia tenaz comenzó repentinamente ocultando la silueta del hombre de sombrero de alas anchas.

Boris llegó a su departamento en San Telmo. Llamarlo departamento era un tanto ambiguo ya que era el último piso de un abandonado edificio de oficinas. Al entrar la sensación general era la ingresar a una rara combinación de laboratorio antiguo con museo de arte. Con sus techos altísimos, los muros descarnados, las ventanas como ojos vacíos e infinidad de habitaciones que conformaban un laberinto de corredores y puertas, que en sus profundidades provocaban un estremecimiento sobrecogedor. Fantaseando imágenes espectrales.

En el salón central, cuyo rasgo dominante parecía ser su excesiva antigüedad y gran desolación producida por el tiempo, diminutos hongos se extendían por todo el techo, en algunos casos colgados del alero en una fina y intrincada tela de araña. Pero esto no tenía que ver con ninguna forma de destrucción. No se había caído ninguna parte de la mampostería, y parecía haber una extraña incongruencia entre la perfecta colocación de las partes y la disgregación de cada una de las obras de arte. Recordaba la aparente integridad de viejas maderas que se han podrido durante largos años en una cripta olvidada, sin que intervenga el soplo exterior. Aparte de este indicio de ruina general, la estructura daba pocas señales de inestabilidad. Quizá el ojo de un observador atento hubiera descubierto una fisura apenas perceptible, que, extendiéndose desde el techo a lo largo de la pared, cruzaba el muro en zigzag hasta perderse en las tenebrosas sombras de los rincones. Boris se quitó el impermeable y el sombrero, fue hasta una vieja heladera “Siam” y sacó una jarra de té de jengibre y vodka helado que bebió directamente de la jarra de vidrio tallado. En una subasta de antigüedades a ese recipiente lo habrían valuado en mil quinientos dólares. Claro que era el menor de los inestimables tesoros antiguos que lo rodeaban. Las obras de arte existían en el cuarto desde tiempos inmemoriales, por una peculiar sensibilidad de temperamento expresada, a lo largo de muchos años, en muchas y elevadas concepciones artísticas y, últimamente, manifestada en reiteradas obras de belleza muy generosas, aunque discretas, así como en una apasionada devoción a las preciosidades ortodoxas y fácilmente reconocibles. Las paredes se hallaban tapizadas de majestuosas alfombras persas distribuidas por los muros grises confiriéndole a la estancia un místico vapor, opaco, pesado, apenas perceptible, de color rojizo. Un Rafael, El Cardenal, (el original, no el que descansaba en el Museo del Prado en Madrid), adornaba una de sus gigantescas paredes, custodiado por dos armaduras del medioevo. Una apoyada sobre un escudo, la otra sobre una espada.

La luz amarillenta y acuosa daba un tono sepia a todo el ámbito, como una foto vieja. Un fonógrafo que era en realidad un pasa discos moderno descansaba en una mesilla de roble. Boris se acerco a el y puso un disco. Los artesonados de los techos, los sombríos tapices de las paredes, los suelos de negro ébano y los fantasmagóricos trofeos heráldicos que rechinaban al pasar el viento entre ellos se acallaron para oír la inconfundible vos de Charles Aznavour cantando “Jezebel” que cautivadoramente inundo dulcemente el aire.

En el fondo de la habitación un gigantesco sofá cubría de lado a lado la pared custodiada por dos grandes ventanales con aspecto de catedral. Las altas ventanas, estrechas y puntiagudas, quedaban a tanta distancia del suelo de negro roble, que eran completamente inaccesibles desde el interior. Débiles rayos de luz de luna, teñida de carmesí, atravesaban los cristales enrejados y servían para distinguir suficientemente los principales objetos alrededor; y luchaban en vano para alcanzar los rincones más apartados de la cámara o los huecos del techo abovedado y ornado con relieves. Oscuros tapices cubrían las paredes. El mobiliario era profuso, incómodo, anticuado y destartalado. Había muchos libros e instrumentos aparentemente médicos en desorden, que le conseguían dar una extraña vida a la escena. Se respiraba una atmósfera onírica. Un aire de melancolía lo envolvía y lo penetraba todo.

Tomó asiento justo en el centro del mismo y así se mantuvo inmóvil por dos horas.

Un relámpago ilumino sus ojos azules volviéndolos plateados.

Ya había perdido la noción del tiempo que estaba sentada mirando la nada. La calidez del sake y del te que había ingerido se habían disipado. Ayumi miró durante largo rato las hojas no decidiéndose a tocarlas. Sabia, o al menos creía saber, de que se trataba.

“La Joya que Rie...” Un titulo simpático para nombrar una de las leyendas más extrañas y más complejas del Japón. Es decir: que tubo su origen en Japón pero se combino en la Argentina con leyendas locales. Así pasó un tiempo más pero no podría decir cuanto.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

- Boris – Musito quedamente - ¿Dónde estas...? – Una mano se depositó con suavidad sobre su hombro. En otra oportunidad hubiera gritado aterrada pero sabía que era la mano de Boris.

viernes 3 de agosto de 2007

Capítulo १

Historia primera: La Joya que Ríe

Ayumi Fénix se sentó al borde de la bañera pensativa. Pasó la pequeña toalla rosa por sus cabellos quitando las gotas que la ducha le había dejado como una corona de cristal.

-Solo Boris podría ayudarme– pero Boris no estaba, claro.

Caminó desnuda por la habitación, estremeciéndose por el frío imperante. Afuera la lluvia caía copiosamente, con una suavidad inexorable.

Me buscaras seguro

si corres peligro

y temes mucho

La oscuridad

es fría

y te intimida

Solo llámame tenuemente

Estaré en la noche

En la oscuridad.

La bella joven oriental pensó en Boris. En su espalda ancha y fuerte. Pensó en su forma violenta de tomarla, de romperle la ropa para hacerle el amor. De su aliento mezcla de tabaco y alcohol. De su barba incipiente raspándole los hombros mientras la penetraba con una dulzura que jamás vivió ni volvería a vivir con ningún hombre.

Lo recordaba desnudo, sentado, mirando la noche a través de su ventana, la pistola calibre 45 de bruñido plateado brillando en la mesita de noche y sus botas de cuero gastadísimas descansando sobre la alfombra. Ese era el “equipo” que siempre lo acompañaba a todas partes. Una pistolera colgada en banderola o ajustada a la cintura en donde llevaba el arma; una funda que adosaba a su espalda o le colgaba del hombro en la cual transportaba una escopeta del 12 y el cuchillo en la parte posterior de su cintura y por supuesto, su preferida, el estoque escondido en su bastón. Sabia también que nunca lo abandonaba una “Derringer” que solo le había visto usar una sola ves pero que ignoraba donde la ocultaba.

“Boris”, seguramente no se llamaba así. Seguramente no se llamaba de ninguna forma.

Me buscaras seguro

si corres peligro

y temes mucho

Todavía recordaba aquella noche que se animó a incursionar demasiado en su vida. Lo siguió subrepticiamente, era buena en esas situaciones, poseía un olfato especial para esconderse una milésima antes de que su fugitivo se diera vuelta presintiendo su presencia. No obstante en la Rotonda de la Boca lo perdió, Él solo se adentró en las sombras y simplemente pareció disolverse en ellas.

No tuvo tiempo de maldecirse. Obsesionada por seguir a Boris no se percató que se había metido en terreno peligroso. Demasiado tarde vislumbró a un grupo de “cabezas rapadas” que bebían cerveza sentados en la vereda mirándola en silencio. Para un grupo de racistas, sin nada que hacer en esa noche de semana, sentados alrededor de un barril de petróleo encendido para que les de calor, una joven oriental, bella y solitaria en medio de la oscuridad, era un plato exquisito servido en bandeja de plata. Si hubiesen sido dos o tres la aparentemente frágil Ayumi Fénix le hubiese dado una paliza de padre y señor nuestro, pero eran demasiados, demasiados incluso para ella. Trató de correr pero fueron excesivamente rápidos. Sus pequeñas zapatillas deportivas no estaban preparadas para andar por el resbaladizo empedrado mojado, no eran competencia contra los pesados borceguíes con suela de arrastre que se sujetaban a la piedra como ventosas. Corrieron detrás de ella mientras gritaban y arrojaban los envases de vidrio que se estrellaban cerca de ella bañándola con fragmentos de peligrosas gotas ámbar. Pensó que lograría ponerse a salvo al llegar a la parada del colectivo 64, que tal ves hubiese alguien que llamaría a la policía... Pero la parada se hallaba desierta a esa hora. La desazón la detuvo en seco por unos instantes, suficientes para que uno de ellos la golpeara con una patada en la base de su espalda con la suficiente violencia para hacerla caer casi desvanecida. De rodillas y sujetándose la parte posterior de la cadera trato de mantener el aliento y pensar en como defenderse. Alguien la tomo del cuello de la campera de plástico rojo que llevaba puesta y la levantó en vilo para arrojarla con ímpetu sobre el asfalto. La rodearon y en segundos le arrancaron la ropa. Su cerebro confundido por los golpes solo le daba una orden por conservación pura: ...permanecé quieta, que obtengan el sexo que desean, luego busca la forma de correr, golpearlos, huir, lo que sea... pero no dejés que te maten... Y luego sus ojos se nublaron y solo pudo percibir las gotas de lluvia en el rostro.

Las gotas de lluvia en el rostro...

El frío...

Los sonidos de lucha y los gritos de dolor...

Sin embargo... Le llamó la atención el hecho que no podía sentir sobre sí las manos de los “cabezas rapadas”, ni sus alientos espantosos oliendo a alcohol, ni sus risas cínicas... Algo más estaba ocurriendo.

Al cabo de un tiempo que le fue imposible calcular sintió, con un estremecimiento, unas manos enormes, enfundadas en guantes sin dedos, similar al de los motociclistas, que le colocaba un abrigo sobre los hombros. Notó que estaba completamente desnuda y empapada por la lluvia, solo cubierta por el piloto que él le había puesto delicadamente sobre sus espaldas. El aguacero era la única música que los envolvía a los dos y lavaba la sangre de los que cometieron el error de atacarla.

Cuando sintió que estaba perdida y de la misma nada, salió él, caminando con dificultad con su bastón y derroto a sus atacantes, dejándolos inconscientes o algo más en el piso.

La luz de la luna y el resplandor del fuego del barril daban un albor fantasmal a la escena.

El caminó unos segundos esquivando por sobre los cuerpos, mirando en que estado los había dejado a uno y otros. Tal ves diez o quince en total. Luego se acerco a ella y sin decir palabra le puso el brazo sobre los hombros y la acompaño a sentarse en un banco cercano.

Ayumi sintió la profunda necesidad de hablar, de gritar, pero más que nada de justificarse. De justificar la tremenda metida de pata que había sido seguirlo y provocar (aunque sea de manera indirecta, semejante carnicería)

- Es que no se nada de vos... – le dijo la muchacha temblando por el frío y la ansiedad - Solo te vi una ves en un bar y tomamos una copa en otro... No sé... No sé... ¡No sé ni de que trabajas...! – y ya sin saber que decir agregó desesperada - ¡O si tenés un segundo nombre...!

- Mi segundo nombre es Vicente y trabajo de payaso en un circo – contestó él secamente.

- ¡¿De pa... En un cir...?! – Apenas balbuceo entre estremecimientos - Entiendo. Y seguro que tampoco te llamás Vicente -

-Tampoco -

La oscuridad

es fría

y te intimida

Él le regalo una sonrisa, no la vió, la adivinó en sus ojos ya que casi siempre llevaba un pañuelo negro cubriéndole la boca. Se acomodó un poco el sombrero de vaquero de alas anchas del mismo color y desapareció en la noche, dejándola bañada por las rojas luces policiales.

Ya rebuscaba en su cabeza la forma de explicarle a la policía lo ocurrido cuando el rugido bajo y profundo de un motor le llamó la atención.

Un Ford 1938, que pensó negro en un primer momento pero que luego sabría que era de un marrón muy oscuro se detuvo a su lado.

La puerta se abrió sola y ninguna luz iluminó el interior, una extraña música que no pudo reconocer en un primer momento y que eventualmente se enteraría que se trataba de Charles Aznavour cantando “La Bohéme”, la inundo confiriéndole la primera calidez de esa noche.

-¿La llevo señorita? – La vos de Boris salió de la oscuridad como una bufanda aterciopelada y negra que se le enroscó por los tobillos hasta detenerse en sus senos provocándole escalofríos.

Subió al interior del coche con un saltito simpático y besó a Boris en la mejilla justo en el mismo momento en que el primer patrullero se asomaba en la esquina haciendo rechinar los neumáticos por al frenada.

-Pensé que me ibas a dejar aquí – Dijo Ayumi aún temblando un poco.

- Nha... Necesito recuperar mi impermeable.

Al llegar a el departamento de Ayumi en la calle Bartolomé Mitre al 2100 esta se bajo y le dio el impermeable quedando completamente desnuda en la puerta del edificio con una clara invitación a subir a su departamento en los ojos. Pero no se sorprendió cuando la puerta se cerró nuevamente sola y el auto arranco sin sonido alguno y se perdió en la esquina.

Angela, la encargada del edificio que se hallaba baldeando la vereda, la miro extrañada pero no del todo sorprendida y se apresuro a quitarse el guardapolvo que usaba habitualmente para cubrirla.

-¿Una noche movida, Ayumi?

Con una breve sonrisa Ayumi contesto: - ¡Como todas!

Un mes después y siempre de manera mágica apareció en su departamento y

sin mediar palabra la poseyó.

Solo por que él dejó caer su billetera descubrió una credencial de investigador privado. Y supo de alguna manera que lo había hecho a propósito. En la credencial su nombre era Boris, así de simple y así de inquietante, solo Boris. Ni nombre de pila, ni especificación si es que se trataba de su apellido o que. Pero la credencial era autentica o al menos reflejaba algún poder. La había utilizado con la policía en más de una oportunidad y los agentes cumplieron sus requerimientos con reverencia y, aunque esto es solo una suposición propia, algo de temor.

Solo llámame tenuemente

Estaré en la noche

En la oscuridad.

El haiku que Boris le había dejado escrito en una servilleta de papel y ella colocó pegándola con una chinche a la pared sonaba ominoso en lugar de reconfortante.

Le hubiera encanto poder llamarlo para contarle lo nerviosa que estaba esperando un llamado. Pero Boris no estaba para eso.

Se puso unos pantalones livianos de algodón y una camiseta enorme y calzó sus pies con sus clásicas pantuflas con caras de conejo. Se acerco a la ventana pero la noche solo le devolvió su reflejo.

-¿Dónde estás Boris? - Sabia que si lo pronunciaba tres veces a la noche... Boris aparecería - ¿Dónde estás Bor...? – El sonido de su celular la sobresalto.

- ¿Ayumi Fénix? – Dijo la firme vos de un hombre del otro lado de la

línea

- ¿Si? – Ayumi sintió aún más frío

- ¿Ese es su nombre autentico? –

- Si - mintió deliberadamente-

- Bien -dijo descreída la vos – Habla Kenzo Ishikawa. Venga inmediatamente a la redacción del “Tokio Baires” me interesó su propuesta.

- Oh... Bien. Estaré ahí en unos minut... – el sonido de la línea muerta la interrumpió... – Genial – Exclamo muy bajo y se levantó para cambiarse de ropa.

La Entrevista

- ¿Ayumi Nikkei?, pensé que su nombre era Ayumi Fénix – le dijo el hombre mirándola sarcásticamente por sobre los papeles que tenía en la mano.

- Nikkei es mi apellido real, “Fénix” es mi nombre de... de... batalla, digamos

( “Todo un discurso” pensó Ayumi y trago disimuladamente saliva.)

- ¿Nombre de batalla? – Ayumi movió los labios para decir algo pero la boca se le lleno de saliva y le ahogo la respuesta – Entiendo – completó el hombre y descartó la conversación poniéndose de pie.

Aún en la inmensa habitación al hombre se lo veía grande. Enorme para ser oriental. Kenzo Ishikawa era una de las fuerzas más poderosas en medios de comunicación de todo Japón y desde hacia seis meses había hecho base en Argentina. En este país la colonia japonesa era grande y aumentaba día a día por lo cual el magnate nipón decidió manejar personalmente la apertura de la versión “argentina” del periódico “Tokio City” más una revista que aun no tenía nombre. Una nueva revista no era novedad pero sí esta apuntaba también al mercado occidental haría que trabajar en un medio tan prestigioso como el “Tokio City (o su versión nacional “Tokio Baires”) ya fuese mucha cosa. Pero si además podía colaborar o estar en la planta permanente de esta nueva publicación con la poca experiencia que ella tenía sería más vale... Un milagro.

-Necesito a alguien como usted señorita Fénix ¿Debo llamarla Fénix? Alguien que tenga digamos... Esa visión... Un tanto occidental y porteña. ¿Nació en San Telmo, no es así?

- Si. De padres japóneses.

- Claro... Nikkei... ¿Habla japónes?

- Bueno… Yo… - balbuceó pero no llegó a formar una oración. Ishikawa se dió la vuelta y se estaba sirviendo bebida de una botella de cuello corto.

- ¿Le molesta si me sirvo una copa?

Ayumi no se molestó en contestar. Sabia que le molestara o no tomaría esa copa de todos modos.

- La investigación a la que quiero que se dedique es acorde a sus...Digamos... “talentos”...– camino resuelto hacia su enorme escritorio, reviso brevemente varios papeles y saco uno en particular que pareció provocarle una extraña y oscura alegría - ¿Detective privado? ¿Es usted periodista y detective privado?

Por algún motivo, tal ves por que Ayumi se sentía profanada en su intimidad o por que ese magnate, arrogante e inmortal se estaba deleitando con torturarla durante la entrevista sintió una furia fresca y dulce crecer dentro de ella que buscaba brotar como un beso espontáneo. Pensó que ningún trabajo merecía la pena pasar por esto y ese solo pensamiento la relajo inmediatamente. Decidió darle a la charla una oportunidad más pero la última, y sin miedo ni nada que perder (Bueno... Tal ves otros tres meses sin trabajo) respondió.

- Mi especialidad es la investigación señor Ishikawa. No existe mucha diferencia si lo que se investiga es el paradero de una historia como lo hace cualquier periodista o el de una persona o un determinado caso que...

-¿Y... Un marido infiel? – Interrumpió secamente Ishikawa –

-¿Perdón?

-¿Alguna vez tuvo que investigar a un marido infiel? – Ayumi trato de leer en los ojos del prohombre que trataba de decir, si estaba bromeando, o solo la estaba poniendo aprueba; pero una sombra oscura y cruel velaban sus ojos con una siniestra gravedad.

-No... No tomo... casos... de infidelidad– apenas alcanzo a articular Ayumi temblando como una hoja pero no desvió la mirada.

Ishikawa la miró por unos instantes más. Ayumi pudo sentir que en ese

momento estaba por catalogarla de forma definitiva y pronto le diría si estaba o no dentro del juego. Con una extraña y carnavalesca risa el magnate se acerco y le estrecho la mano derecha sujetándosela entre sus enormes manos, con sacudidas breves y vertiginosamente rítmicas y la sonrisa del gato “Maneki Neko” estampada en su rostro lo que lo desfiguraba un poco confiriéndole un aire más infausto que cómico o amable. Creando con esa actitud, tal vez la mayor de las confusiones en la cabeza de Ayumi esa noche.

Ella solo alcanzó a esbozar una breve sonrisa y a agradecer con pequeñas inclinaciones de cabeza acompañando los movimientos involuntarios de su mano.

- ¡Muy bien señorita Fénix! El puesto es suyo... Ahora bien. Le diré de que se trata la investigación – sin esperar reacción de ningún tipo se dirigió al pequeño bar y sirvió dos vasos de un liquido transparente que al probarlo Ayumi comprobó que era sake .

- La historia en si es sobre “La Joya que Rie” – Mi secretaria le dará los detalles... Ya es tarde y usted debe conducir. Buenas Noches – como si se tratase de una ceremonia Ishikawa se instaló de espaldas mirando la lluviosa noche por el inmenso ventanal que poseía su oficina ignorando por completo a Ayumi y dando por terminada la entrevista.

Ayumi ya entendía lo suficiente como para saber que el encuentro había concluido. Se inclino respetuosamente varias veces a espaldas de su nuevo jefe y se retiró en silencio.